Basura en Nápoles: la emergencia infinita
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
lunes 27 de junio de 2011, 12:58h
Mientras de forma innecesaria se discute el traslado de algunos Ministerios al Norte de Italia, Nápoles se hunde nuevamente en una emergencia que ni el cambio de alcalde parece capaz de solucionar. Toneladas de desechos, cúmulos de basura, incendios por toda la ciudad, parecen la forma elegida por la Camorra para saludar a De Magistris y ponerle de manifiesto que cumplir su promesa electoral de una “Nápoles limpia” le va a resultar mucho más difícil de lo que esperaba y deseaba. Mientras la camorra le desafía, la ciudad tiembla frente a la posibilidad una enésima emergencia sanitaria.
No cabía duda de que la labor de De Magistris no iba a resultar nada simple y que su promesa de vuelta a la legalidad y al orden iba a encontrar la resistencia de la Camorra, organización criminal acostumbrada a gobernar el territorio, decidiendo la suerte de sus habitantes. Resulta evidente que tras este triste espectáculo se esconde la longa manus de la basura, que lo considera un negocio altamente fructífero y de su exclusiva propiedad. Poco le importa el alto precio que pagan sus ciudadanos, su imagen irrecuperablemente perjudicada: Nápoles se convierte en sinónimo de desechos, suciedad y los turistas huyen horrorizados o se limitan a pasar por su territorio para irse a sus maravillosos alrededores (Capri, Pompeya, la Costiera amalfitana, Paestum…) Sin embargo, resultaría simplista culpar in toto a la Camorra de esta terrible situación: tras dos décadas, parece increíble que no se haya podido habilitar un sistema normal de recogida de basura y que la emergencia se haya convertido en la norma. De poco sirve la práctica de culpar al “otro”, al Gobierno Central, a la Región, a la Provincia, a la administración pública, a la compañía de recogida, al ayuntamiento, eludiendo constantemente las propias responsabilidades.
En este contexto preocupa la actitud del gobierno central, una vez más distante de los problemas reales de sus ciudadanos y más preocupados por las contiendas intestinas, por seguir buscando la manera para salvaguardar el mandato de Berlusconi. Además, la emergencia basura de Nápoles se ha convertido peligrosamente en un argumento de “conflicto” dentro del Gobierno, en una ocasión para sacar viejos rencores y poner de manifiesto antiguas fracturas, una posibilidad para sacar provecho y negociar sus propias ambiciones. La Liga del Norte -partido en el que milita el eurodiputado Salvini que cree que un casus belli es una cosa bella- se niega a aprobar el decreto que podría “aliviar” –no solucionar- la situación, bloqueándolo y utilizándolo como nueva ocasión de chantaje a la debilitada mayoría gubernamental para intentar satisfacer sus pretensiones políticas. Al mismo tiempo, la actitud de Berlusconi, distante y cauta, parece algo vengativa como si quisiera hacer realidad sus encolerizadas palabras tras la derrota administrativa “los napolitanos deberían encomendarse al buen Dios”: también podría ser que Berlusconi desee que la situación empeore un poco más para luego volver a presentarse como el salvador de la patria cuando en realidad estaría sólo cumpliendo su deber de jefe de Gobierno.
La situación no puede seguir así: la paradoja es que los napolitanos pagan la tasa de basuras más cara del país mientras no hay servicio de basuras. Es necesario construir nuevos vertederos, e incineradores, informar la gente sobre el reciclaje, acabar con el anterior sistema incentivando la recogida selectiva. Las palabras del nuevo alcalde resultan prometedoras, pero les deben seguir los hechos que acaben con un sistema gobernado por las infiltraciones camorristicas en la política. Aunque es cierto que Nápoles necesita ahora mismo un plan de emergencia para paliar los daños, un decreto urgente (la solidaridad de otras regiones para el traslado de los desechos), deberían buscarse soluciones eficaces frente a un drama recurrente.
La ciudad está harta de “meros parches”, soluciones paliativas, pequeños remedios a corto plazo, necesitando una política duradera y eficiente, una actitud responsable para una solución definitiva. De momento, parece indigno que un político o un partido especulen sobre un asunto tan dramático, intentando sacar provecho electoral o político de la desesperación de la gente. No se puede utilizar este problema como moneda de cambio en el tema de los Ministerios o en víspera de la discusión sobre los presupuestos. Igualmente, resulta lamentable que el presidente del Consejo no quiera proclamar el estado de emergencia sólo porque ese anuncio equivaldría a confirmar que en tres años en el Gobierno no ha hecho nada para solucionar esta grave crisis. Nápoles quiere respuestas, una actuación contundente y una asunción de responsabilidad general.
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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adonofriohotmailcom/9/9/17
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