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Crítica de arte

Antonio López, en el Thyssen: mucho más que un pintor de vistas de Madrid

Elena Viñas
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elenavinaselimparciales/11/5/11/23
jueves 30 de junio de 2011, 21:10h
Actualizado el: 15 de diciembre de 2014, 18:49h
La exposición que dedica el Museo Thyssen a Antonio López reivindica la obra de un artista que difiere del resto, pese a que sorprenda, en que está vivo. No lo hace en nada más. López es experimental, polifacético – maneja con soltura la escultura y con maestría el lápiz- y arriesgado como tantos otros maestros del pincel. Sus obras de los años 50, 60 y 70 lo encumbran y lo definen en el oficio mientras que sus vistas de Madrid lo encasillan en una temática que, en ocasiones, se hace repetitiva sin desmerecer la dificultad que entraña su ejecución.
Pese a que la obra de Antonio López ha sido ligada por defecto a las vistas que ha pintado de Madrid, entre las que destaca por su calidad la de la Gran Vía, la visita a la exposición que el Museo Thyssen le dedica sirve al visitante para cerciorarse de que el artista, cuando lo es, se nota. No hay razones, pues, para encasillar a López, capaz de experimentar insaciablemente. Tampoco las hay para conformarse con apreciar sólo las obras que más suenan en los medios o que destacan por su gran formato. Importa, sobre todo, atender a los detalles y cerciorarse de la evidencia de que quien maneja el dibujo, maneja el arte. Antonio López es un ejemplo de ello.

Conmueve contemplar la destreza con la que trabaja con el lápiz; una simplicidad técnica que resulta esclarecedora, más si se atiende a la conocida discreción del artista. Sorprende también la variedad de materiales de los que se ha servido durante su trayectoria –bronce, madera policromada o escayola-, así como su condición de escultor que, de echar un pulso a su pintura, bien podría vencerla.
Artista conocedor de su oficio, ha sabido adoptar a su planteamiento de la figura humana los preceptos básicos de la escultura griega, de lo que da cuenta su obra “Hombre y mujer” (1968-1994), cuya figura masculina tiene reminiscencias del Doríforo de Policleto en la posición de la pierna izquierda, ligeramente doblada. Asimetría corporal que, sin embargo, no comparte su compañera, quien sí goza de gran expresividad y realismo. Ejemplos del conocimiento del artista de la anatomía y de las proporciones.

Conocidos son sus desnudos como también las esculturas en las que ha representado a sus hijas y a sus nietas, a las que permite conocer salpicadas entre las salas de la exposición, en lugares que sorprenden al paso del visitante. También lo hacen otras piezas, como “Antonio y Mari”, en la que él acusa en sus facciones una preocupación que nada tiene que ver con la serenidad de ella.

Su gusto por el contraste entre los sentimientos de sus representados, que casi siempre dibuja en pareja, se hace posible apreciarlo en la segunda parte de la exposición que, de no estar atento, el visitante puede olvidar visitar. Retratos de parejas de novios, de sus padres y de parejas de amigos preceden a una sala en la que los protagonistas son los interiores y, entre todos ellos, sus escenas de baños que, pese a lo escatológico del asunto, consiguen atraer la atención del espectador, tanto o más que sus obras más conocidas.


Capaz de dibujar lo cotidiano con maestría servido del hiperrealismo como estilo, pese a que el artista no se sienta identificado con el término, lo cierto es que la visita a su exposición deja constancia de su capacidad para sembrar la duda en el espectador, que se acerca a sus cuadros con tiento y atención preguntándose en alto: ¿es pintura o es fotografía?

Observar de cerca sus obras y contemplarlas en conjunto aporta una idea fidedigna de la capacidad insaciable del artista por reinventarse. Sus vistas, sus esculturas, sus desnudos y sus retratos nada significan sin el apoyo de otras piezas de vital importancia, como sus membrilleros, que ha dibujado hasta la saciedad.

Así pues, la variedad de las piezas expuestas hace de esta exposición una oportunidad para conocer algo más de sus trabajos, que tienen la capacidad de despertar en quienes los observa recuerdos del pasado, de cómo vestían nuestras abuelas, de cómo lucían los suelos de sus cocinas o de cómo era Madrid entre 1976 y 1982 desde Torres Blancas. El resto, descúbranlo ustedes.
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