Análisis
Rubalcaba, entre el populismo y la seriedad
sábado 09 de julio de 2011, 18:02h
Después de algunos aperitivos, el candidato del PSOE a las Elecciones Generales, Alfredo Pérez Rubalcaba, explicó las líneas argumentales que marcarán su campaña. Se verán en ellas mayores o menores novedades, pero pueden resumirse en dos: acercarse a los sectores sociales que producen más simpatía en medio de esta crisis, y convertirse en el enemigo declarado de quienes están en el momento más bajo de su popularidad. Es decir, los parados, los jóvenes y las minorías, por un lado y, por el opuesto, los bancos, los ricos y los mercados.
No ha sido, por tanto, su discurso, demasiado complejo. Y, desde luego, partía de una elipsis notable: ¿Por qué se lo ha callado durante todo el tiempo en que ha tenido responsabilidades gubernamentales? ¿Por qué su partido no lo ha llevado a cabo, sino todo lo contrario, y ni siquiera quiere hacerlo ahora que aún ocupa el Gobierno, y lo deja para dentro de unos meses?
Rubalcaba se expresó como siempre, con tono didáctico, coloquial, escasamente mitinero, lo que le da un plus de credibilidad por encima de lo que realmente dice. Porque es uno de esos políticos que blande siempre un "créanme" para el futuro, cuando otros entienden que eso es un "olvídenme" el pasado.
Así lo intentó ayer el candidato socialista, como si fuera un hombre que no viene de ninguna parte y es la inédita gran esperanza blanca. Como si sus numerosos pasos por los Gobiernos socialistas hubieran sido una mera preparación profesional llamada ahora a la epifanía hacia la revelación de la verdad.
Esa revelación fue concretada por Rubalcaba en guiños, más que en ejes. Porque la ofensiva contra la Banca queda bien en el papel, y está dirigida al ansioso y huérfano electorado de izquierdas. Pero es difícil ver al sensato Rubalcaba atacando la imagen del sistema financiero español, que, hay que recordar, es en buena medida multinacional. Y es aún más difícil aún enarbolar el hacha de guerra contra los grandes patrimonios, que son nacionales o extranjeros, y a quienes les cuesta un minuto de reloj migrar a otros pagos menos exigentes.
Por eso, el Gobierno socialista de Zapatero y Rubalcaba no han hecho ni una cosa ni la otra. Y es presumible que el nuevo candidato lo diga para ganar votos, pero habrá que ver lo que hace y con la suavidad con que lo hace, si llega al poder.
Respecto a los guiños a los jóvenes, también resultó interesante ver cómo el candidato achacaba todos los efectos del fracaso escolar, lo que él llama abandono, a la burbuja del ladrillo, como si ese problema no fuese endémico y como si no tuviera nada que ver con la política educativa emanada de la ideología socialista. Política que, por supuesto, no quiere cambiar, primero porque fue suya y, sobre todo, porque conviene a sus intereses ideológicos.
Rubalcaba quiere tener detrás la masa de votantes que está en las filas del paro juvenil, procedentes o no del fracaso escolar. Pero quiere mantener su ideología educativa. Lo que le lleva al difícil equilibrio de explicar a esos jóvenes que la culpa de sus problemas no es una educación basada en el mínimo esfuerzo y la mínima responsabilidad (la socialista) sino de los banqueros y demás fortunas. Luego tienen que ser ellos los que les saquen del paro.
Si se deja a un lado este discurso contradictorio, la posición expresada por Rubalcaba de incentivar el empleo, de potenciar a los emprendedores (palabra que se utiliza para evitar el denostado término empresarios), es perfectamente suscribible por todos. Es lo mismo que dice el PP, por ejemplo. La diferencia está en el diagnóstico del problema, y si Rubalcaba cree (que no es lógico, por su probada capacidad intelectual) que todo viene de la burbuja (que por cierto hace mucho que se pinchó, y el problema continúa), quizá esté más lejos de la solución de lo que cree.
No es mala, sin embargo, la idea del MIR para el profesorado, pero le ha costado décadas de trabajo en la política educativa encontrarla. Igual que argumentar ahora la necesidad del respeto al profesorado. Un par de asuntos que demuestran que, aunque Rubalcaba dice que no cambiará las leyes educativas, en el fondo se está haciendo una autocrítica.
Acierta Rubalcaba cuando habla de la necesidad de la innovación. También acertó al decirlo, junto a Zapatero, cuando estaba en el Gobierno. El problema no es que ése no sea el futuro, sino, una vez más, cómo piensa hacer ahora lo que no supo hacer antes. Pero, desde luego, el discurso del candidato sobre la competitividad no tiene objeciones. Salvo, quizá, que se fije demasiado en dos campos casi exclusivos: las energías renovables y el cambio climático. Sobre lo primero, ya experimentado, deja magro campo a los pequeños emprendedores. Y sobre el segundo, todo dependerá de la ideología dominante en el futuro.
Por lo demás, Rubalcaba hizo una encendida defensa de la Sanidad española (ya, por cierto, con poco papel en ella del Gobierno nacional) y eso lo comparte casi cualquiera. Pero, eso sí, se quiso colocar como el adalid de la Sanidad pública, como si otros la quisieran privatizar, lo que es un buen argumento electoral, aunque no necesariamente cierto.
Capítulo aparte merece el guiño al difuso 15-M, que más que un movimiento es un imaginario colectivo. Es decir, la referencia de Rubalcaba a un cambio de sistema electoral. Por supuesto, Rubalcaba no lo puede hacer solo, pero sí puede decirlo. Y su apuesta es el modelo alemán (proporcional personalista), que aparenta la elección de candidatos en distritos uninominales, pero que realmente vota a listas de partidos con mayor dispersión proporcional aún que la ley española. Es decir, que dificulta mucho las mayorías absolutas y lleva a Gobiernos de coalición, algo razonable en la mentalidad alemana, pero más complicado en la española, en la que las minorías, en bastantes ocasiones, tienden al interés particularista.
En fin, Rubalcaba cumplió su propio guión: serio (España pagará sus deudas), responsable (disciplina económica) y socialista (igualdad), con toques reformistas, populistas y conciliadores. Y como argumentos valdrán. Sólo tiene que lograr que los españoles se olviden de la gestión del Gobierno del PSOE (España se endeudó, no tuvo disciplina económica, tiene cinco millones igualmente parados) y crean que el próximo año, otros socialistas sí que lo harán bien.
Porque Rubalcaba tenía que explicar a todos los que han sufrido y sufren la crisis, que se olviden de por qué y con qué Gobierno cayeron, pues él tiene soluciones para levantarlos. Ése era, en el discurso de investidura como candidato, su trabajo. Y lo hizo técnicamente muy bien. Los votantes dirán, aunque el candidato les haya exigido un plus de fe en sus capacidades, por encima del malestar por las realidades.
Quizá algo de ello esté en el subconsciente. Como cuando Rubalcaba citó a un emprendedor (es decir, a un empresario) que le dijo: "En un negocio no se gana o se pierde: se gana o se aprende". Aplicado a la política, la cuestión está en saber si Rubalcaba va a ganar, o le toca ahora aprender.