¿Oportunidades para el bienestar europeo tras la crisis?
jueves 21 de julio de 2011, 15:08h
Me gustaba observar los retratos de los ministros en los pasillos del Ministerio de Hacienda, donde figuraban sus nombres y la duración de sus mandatos, no superiores a unos pocos meses en muchísimas ocasiones. Era lo típico en el siglo XIX y bien entrado el XX. España debió ser un país ingobernable. Estoy leyendo ahora la Biografía de Isabel II de Isabel Burdiel y compruebo cómo los pronunciamientos militares, rebeliones y revueltas eran moneda corriente, así como un cierto paralelismo con los conflictos que se producían en Francia y en otros países europeos. El paso del antiguo al nuevo régimen y el reconocimiento de la soberanía popular no fueron fáciles. Posteriormente, cimentadas las bases de las naciones europeas, el malestar de los pueblos se proyectaba hacia el exterior y la primera mitad del siglo XX dejó nuestro continente marcado de trincheras y cruces blancas: comunismo y fascismo fueron manifestaciones sobre un debate acerca de quiénes debían disfrutar del bienestar generado por los descubrimientos científicos o cómo hacer posible que revertieran en la mejora general de las condiciones de vida. El paso a un Estado con responsabilidades sociales no fue sin coste.
Hay muchos elementos que caracterizan la Europa próspera de la post-guerra, pero destacaría tres: el reconocimiento del individuo y sus derechos, portador de los elementos esenciales sobre los que construir las reglas de la convivencia; la necesidad de garantizar su dignidad mediante la participación en el desarrollo humano – nutrición, sanidad y educación – incluso cuando el coste deba ser asumido de forma colectiva; y el carácter cosmopolita de estas conquistas humanas. Gabriel Tortella concluye en La Revolución del Siglo XX que uno de los logros que esa centuria nos deja es la sociedad del Estado del bienestar. Al mismo tiempo, la solidaridad no podía tener fronteras: la puesta europea en común, primero de intereses económicos, luego de logros políticos, han catalizado nuestras capacidades.
Esta compleja arquitectura, que tanta "sangre, sudor y lágrimas" ha costado, está hoy en riesgo La crisis la golpea dura e insistentemente. Y el debate al que asistimos entre los políticos y las herramientas de que nos hemos dotado no me permiten ser optimista: el primero gira sobre los problemas de la deuda pública y las dificultades financieras y como gran avance contamos desde el año pasado con el Mecanismo de Estabilización Financiera. Se concluye que son necesarias la austeridad, lo que se traslada en importantes reducciones de programas sociales, y las rebajas salariales, lo que implica reducir el nivel de vida. Pero, ¿por qué este debate? ¿Hay otras opciones?
Gabriel Tortella también explica que la crisis del 29 se prolongaba porque la fórmula tradicional para afrontar tales situaciones hasta entonces, las reducciones salariales, no funcionaba en la medida en que el reconocimiento de derechos laborales había introducido rigideces en el mercado de trabajo antes desconocidas. Fue Keynes quien propuso una alternativa: si no era posible actuar sobre los costes de producción en los términos necesarios, cabía actuar sobre la demanda agregada a través de la intervención del Estado. Curiosamente la discusión que me parece observar hoy parece una vuelta al pasado: los líderes europeos hablan de austeridad, esto es, disminuir el papel del Estado, y no pocos comentaristas, que no tienen coste político, explican que hay que bajar los sueldos. ¿Han ganado los neoliberales la batalla ideológica? ¿Por qué se da por supuesto una determinada respuesta económica y es la crisis financiera a la que se debe hacer frente principalmente? Porque se habla mucho de las primas de riesgo y de la colocación de la deuda pública, pero no tanto de planes de reactivación económica.
Con el euro, los Estados miembros han perdido varios instrumentos de política económica: no pueden modificar el tipo de cambio de la divisa, alterar la masa monetaria ni establecer el tipo de interés, decisiones que corresponden al Banco Central Europeo; la política fiscal está condicionada por los compromisos europeos: si bien pueden estimular la demanda a través de déficits presupuestarios, estas políticas se han coordinado a través del Plan de Recuperación Económica Europeo, están encorsetadas por las obligaciones de disciplina presupuestaria y se someten a revisión anualmente en los Programas de Estabilidad y Convergencia.
Así pues, los Estados mantienen como instrumento de política nacional el presupuesto, pero no pueden acompañarlo de las políticas monetarias. Al mismo tiempo, el recurso al gasto público queda constreñido, lo que se explica por la capacidad de los déficits públicos excesivos para entorpecer la buena marcha de la economía. En fin, menos herramientas y más rígidas. La pregunta lógica que sigue es: ¿Puede Europa reemplazar a los Estados en su papel de contribuir a la estabilidad y el crecimiento económico?
La política monetaria en un marco de libre circulación de capitales difícilmente puede servir para atender a la situación de determinadas regiones atrasadas del espacio monetario único. En cuanto a la política fiscal, nos encontramos con tres importantes restricciones: la obligación del equilibrio presupuestario, el techo del presupuesto de la Unión y su inexistente autonomía financiera. El Tratado obliga a un presupuesto equilibrado. Sí cabría utilizar sus recursos para impulsar la actividad donde fuera necesario. Sin embargo, esto requeriría mayor capacidad decisoria y financiera. Y los Estados miembros han decidido un techo de presupuesto muy bajo: entorno al 1% del PIB, que debe cubrir todas las políticas europeas y sus gastos de funcionamiento, cuando los teóricos indican que sólo las medidas de reactivación deberían alcanzar entre el 2 y el 7% del PIB, según a quién se le pida opinión. Debe añadirse que las Instituciones europeas no tienen una verdadera autonomía financiera: ni pueden por sí mismas elevar su techo de gasto ni disponen de tributos que modular en función de las necesidades planteadas por el contexto económico.
En fin, los Estados ven limitada su capacidad de reacción sin que Europa disponga de medios alternativos. Por eso las medidas para salvar la crisis financiera no dan resultados, porque hemos cercenado una verdadera capacidad para hacer política económica. Es el triunfo de unas tesis que ya demostraron sus limitaciones en el pasado para forjar sociedades cohesionadas, prosperas y pacíficas. Y es una lástima, puesto que con un poco más de esfuerzo solidario sería posible coordinar desde Bruselas transferencias financieras que permitieran reaccionar mejor ante los daños causados por unos mercados irresponsables.
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Doctor en Derecho e Inspector de Hacienda del Estado
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