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Análisis

Las Elecciones sólo servirán si hay cambio político

viernes 29 de julio de 2011, 19:04h
Zapatero ha decidido anticipar algo, hasta el 20-N, las Elecciones Generales, quizá porque él mismo no se cree que haya posibilidad de una recuperación económica sin cambio político. Tras siete años de oír a Rajoy solicitar "certidumbres", ahora es Zapatero el que usa ese argumento para justificar el adelanto.
Después de oír a Zapatero su enésima promesa de que la situación económica ya da síntomas de mejoría y que, a partir de ahora, las cosas van a ir muy bien, no se entiende que el corolario de este argumento sea que hay que adelantar las Elecciones. Y, pues ha decidido anticiparlas algo, al 20-N, tal vez sea porque él mismo no se cree que haya posibilidad de recuperación sin cambio político.

La magia que pretenden los socialistas es que parezca que ese cambio hacia la confianza lo puede protagonizar el mismo partido, y uno de los mismos gobernantes, que nos legaron esta España hecha un erial en lo económico, lo territorial, lo institucional y lo moral.

Después de escuchar siete años a Rajoy pidiendo “certidumbres”, ahora es Zapatero el que usa ese argumento para justificar el adelanto. Y tras muchos años de implorar un Gobierno que genere la confianza perdida en España, dentro y fuera, ahora es Rubalcaba el que se apropia de la bandera de la confianza, del yes we can. Libres serán los españoles de creérselo o no, aunque el argumento es bastante original: explicar que quienes mejor pueden dar las soluciones a los problemas es quienes han creado esos problemas.

Zapatero ha hecho lo único que podía hacer, porque hasta en su universo más onírico debía saber que la situación no aguantaba un minuto más. Él estará encantado con sus reformas, pero nadie se las cree ni dentro (apenas hay actividad capaz de generar empleo, si descontamos la temporada turística) ni allende las fronteras, donde los inversores internacionales, también llamados mercados, siguen con su tozuda manía de no querer ganar dinero apostando por España, por fácil que lo tengan teniendo en cuenta los estratosféricos intereses que pagamos por nuestra deuda.

Es lógico que Zapatero no quiera irse del Gobierno como el peor presidente de la Historia de España. Y es lógico que Rubalcaba quiera heredar su presidencia blanqueando su figura (o ennegreciéndola si hace falta, al estilo Obama). Pero todo esto son sombras chinescas.
La recuperación de la confianza no la van a dar las Elecciones, por el mero hecho de celebrarse. Lo único que de verdad puede impulsar de nuevo el crecimiento y el apoyo exterior es que de esas Elecciones se derive un cambio de Gobierno. De personas, de proyectos, de recuperación de la imagen ante el exterior, de lograr una llamada creíble a una empresa colectiva llamada España que discipline una Nación devastada en su esqueleto político e institucional, desestructurada en su composición estatal y confrontada en su convivencia.

Es cierto que el único medio para llegar a este fin regenerador está en las urnas. Y por eso hacía falta que Zapatero diera su brazo a torcer, lo que finalmente ha hecho en una última pirueta, aprovechando el escenario menos catastrófico de los posibles (si exceptuamos a los pepito grillo de Moody’s) gracias al empleo veraniego y a una encuesta oficial extremadamente oportuna para los intereses de quienes la han hecho.

Lo que Zapatero no podía evitar era dejar otro detalle morboso para su currículum: utilizar la fecha del 20-N, lo que servirá para alimentar tertulias en las que unos dirán que es un símbolo sobre la memoria histórica y otros que es una fecha propicia para las despedidas políticas.
Ni tampoco podía evitar Zapatero el detalle de prolongar un mes más de lo necesario la convocatoria, que podría haberse previsto para octubre. Pero ahí pesaba mucho la necesidad de Rubalcaba de alejarse de Zapatero, aunque ello fuera a costa de tener en funciones a un Gobierno que no tiene el más mínimo interés en gobernar ya, salvo en lo que pueda ayudar al candidato socialista desde el poder de La Moncloa.

Por su parte, Rajoy ya ha dicho que seguirá siendo él mismo. Es decir, que no se espere del candidato que se ponga cada día una nueva camiseta en las portadas de los periódicos. Rajoy se está tomando muy en serio su próxima Presidencia (de conseguirla, claro), aun a riesgo de que le afeen pasividad, pero también es cierto que el candidato del PP no tiene que reconstruirse la imagen ni que blanquear (ni ennegrecer) su pasado. Y que, lo diga con mayor o menor pasión, explica una verdad incontestable: hace falta seriedad, credibilidad, disciplina y orden en el caos económico y político de la España actual.

Sólo queda ahora un sueño, tal vez imposible. Que la campaña electoral, artificialmente prolongada por Zapatero, no se llene de triquiñuelas ni maniobras subterráneas. Aunque no sé si será esto mucho pedir, teniendo en cuenta la historia de quienes ahora temen perder el poder.
La ventaja es que, a partir de ahora, y despejado el carné de baile de Zapatero, se tratará de la confrontación de propuestas y personas. La desventaja es que la campaña no será de unas semanas sino de unos meses, como sádica ampliación de la agonía de la política española de esta Legislatura. Esperemos que los famosos mercados tengan la paciencia que se les ha vuelto a reclamar a los españoles, porque cuatro meses son muchos meses.
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