tribuna
El cojín rojo
viernes 26 de agosto de 2011, 08:18h
Celebración del Vía Crucis en el corazón madrileño, ante las tallas impresionantes de la fe artística española. Los jóvenes levantan la cruz peregrina al comienzo del acto. Entonces, un chico veinteañero, vestido de oscuro televisivo, se acerca con respeto, se inclina ante la cruz y deposita un cojín rojo para que el árbol de la vida repose sobre él. Desde este momento y tras cada movimiento del madero juvenil, el icono de la cruz de Jesucristo reposará, una y otra vez, en el cojín rojo llevado por el chico protagonista de estación en estación. A estas alturas, tras varios días del acto, esa imagen persiste en mis pupilas y me obliga a tomar partido en la batalla eclesial por mostrar una fe samaritana al mundo entero. Se lo comento.
El creyente, como su cruz con crucificado, debiera de ser ese cojín rojo en el que todas las cruces del mundo pudieran reposarse entre las diversas estaciones del dolor existencial que provoca el mero hecho de vivir en/con/por los demás. En cada lugar donde un creyente se encontrara, todos debieran saber con certeza que cuentan con un cojín rojo para reposar el dolor, la amargura, el odio, la nostalgia, las pérdidas, la desesperanza y tantas cosas más como cada quien lleva en su corazón humano. Como sucediera en el Vía Crucis madrileño. Nunca una cruz con su correspondiente crucificado sin alguno de nosotros que, a costa de lo que sea y por mucho que nos cueste, coloque algún cojín rojo para descansar de la dureza de un caminar inevitable. Nunca.
¿Pienso en el Cirineo cuando escribo del cojín rojo? Tal vez. En definitiva es lo mismo. De lo que se trata es de no llevar las cruces en soledad. Porque lo dijo el Maestro Santo: “Éste es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Y Él fue nuestro cojín rojo. Bien lo sabemos.