reseña de la película de Eterio Ortega
¿Al final del túnel?
viernes 23 de septiembre de 2011, 13:30h
Elías Querejeta asegura que con “Al final del túnel”, su última incursión en el tema vasco, pretende cerrar la trilogía que comenzó hace diez años con “Asesinato en febrero” y que siguió en 2004 con “Perseguidos”.
Dice Elías Querejeta que con “Al final del túnel”, su última incursión en el tema vasco, pretende cerrar la trilogía que comenzó hace diez años con “Asesinato en febrero” y que siguió en 2004 con “Perseguidos”. Si las dos primeras se centraban en las víctimas de ETA, en esta ocasión el cineasta, que en este documental se limita a firmar la idea original, ha preferido mostrar cómo se está viviendo lo que él considera un final inminente de la violencia, desde la perspectiva nacionalista.
Siempre es difícil –por no decir imposible- abarcar toda la realidad y más en problemas tan sumamente enquistados y enrocados como lo es el vasco, en el que los matices y percepciones de cada gesto y acción son cientos y contradictorios. El mismo Querejeta y el director del documental, Eterio Ortega, insistían en el espontáneo debate que se desarrolló tras la proyección del film durante el Festival de Cine de San Sebastián, en que han querido mostrar una parte de la realidad siendo conscientes de que hay muchas más. Sin embargo, en un asunto tan delicado como éste, más aún cuando se habla de víctimas, muerte y violencia y, sobre todo, del posible final de la misma, puede resultar confuso obviar a esa ‘otra parte’ que representa todo ese sector de la sociedad vasca que, no por ser no nacionalista, tiene menos qué decir acerca del futuro de Euskadi, Euskal Herria o como quiera llamársele.
El documental acierta en su tono intimista, en su acercamiento a los seis personajes que conforman en puzle de víctimas, tanto de ETA como del GAL, presos, ex etarras y perseguidos, casi como si se tratara de personajes anónimos. De hecho, se prescinde de cualquier clase de narrador, rótulo o cualquier otro recurso que contextualice a la persona –no conocemos sus nombres hasta los títulos de crédito-, de forma que de manera absolutamente cinematográfica, vamos descubriendo, conforme avanza el metraje el porqué de las palabras y circunstancias de los protagonistas. De este modo, el director consigue de forma magistral que nos acerquemos a testimonios que en muchos momentos de la película pueden resultar incómodos o, como mínimo, alejados de lo que comúnmente suele oírse sobre el tema vasco, desarmados de cualquier clase de prejuicio.
Impactante y revelador resulta escuchar de boca de un preso que ha pasado 28 años de su vida en la cárcel, que concibió a su hijo en prisión, reconocer que la violencia no ha servido para nada y que se arrepiente de haber antepuesto “la libertad de mi pueblo” a “la dignidad humana”. Pero más aún, con mayor vigencia si tenemos en cuenta el momento político actual, lo es el testimonio de Juan Karlos Ioldi, ex activista de la banda, que pasó 16 años en prisión, asumir que, a pesar de que “a nadie le gusta llegar a ese extremo” y de que hoy es una “herramienta” obsoleta, la “lucha armada” no sólo fue “absolutamente” necesaria y legítima en su día sino que “ha merecido la pena ya que estamos a poco de conseguir nuestros objetivos políticos”. Interesante, se comparta o no, resulta también conocer Cristina Sagarzazu, la viuda del ertzaina Montxo Doral, asesinado por ETA en 1996, renegar de la de la tesis de “los vencedores y los vencidos” porque “ellos también se han jugado mucho”. Sagarzazu acudió la pasada primavera a un acto homenaje al dirigente abertzale Santi Brouard, asesinado por el GAL en 1984, en el que se encontró con la hija del mismo, Edurne, que también aparece en el film. Era la primera vez que una víctima de ETA acudía a un acto de estas características.
La estupenda fotografía del documental acompaña a unos testimonios contradictorios entre sí e incluso incómodos pero absolutamente pertinentes y necesarios para cualquier persona realmente interesada en saber por qué pasa lo que pasa en Euskadi. Por qué en el mismo espacio en el que Ioldi considera que la violencia estuvo, al menos en su día, justificada, también existen personas como el sacerdote y profesor de la UPV Sabino Ayestarán, bautizado así en honor al fundador del nacionalismo, Sabino Arana, que no sólo abomina la violencia sino que, como es su caso, recibió amenazas de muerte en su propia facultad. “Hablé con gente de la izquierda abertzale y me dijeron que no me preocupara, que no me iban a hacer nada”, cuenta en el documental, mostrando la inquietante cotidianeidad con la que la violencia ha formado parte de la sociedad vasca durante muchos años. Porque aunque, Edurne Brouard, sólo mencione como ‘las víctimas del otro lado’ a las viudas de “los generales, coroneles” y “guardias civiles”, también las ha habido en colectivos ‘desarmados’ como lo son los periodistas, los profesores de universidad, los políticos, los empresarios, el de las amas de casa y hasta los vendedores de bicicletas… No hay muertes que estén más justificadas que otras, pero si es cierto que la hipótesis del “conflicto armado” se construye mejor si uno de los adversarios tiene el monopolio de la violencia, aunque sea legitimado por un “Estado asesino y represor”, obviando el hecho de que si hay algo que ha quedado claro en los últimos años es que esto no se puede reducir a un conflicto entre vascos y españoles.
Y este es inisisto, el único fallo que se le puede achacar a este documental valiente, correoso y punzante. Probablemente sin pretenderlo, al centrarse sólo en la mirada nacionalista puede inducir al ese error tan extendido de establecer una equivalencia casi absoluta entre el nacionalismo y la identidad vasca.
En cualquier caso, hay que alabar la valentía del este trabajo que, paradójicamente, a pesar de su título, deja una sensación incómoda en quien lo ve. Por qué si se puede extraer una conclusión de los testimonios de los personajes elegidos es que aún estamos muy lejos de ver la luz. Porque, como bien se vio en la discusión posterior al film, en la que participaron algunos de los protagonistas como Brouard, las posturas, incluso en el seno del nacionalismo –y de la propia izquierda abertzale- no sólo se acercan a lo irreconciliable sino que dibujan realidades opuestas. Una de las espectadoras criticaba a Ayestaran porque, a su juicio, las declaraciones del sacerdote asegurando que para los etarras que han asesinado la carga de las muertes en su conciencia va a quedar ahí siempre, destrozándolos, eran una invitación implícita al “suicidio”. Sin embargo, le guste o no a esta señora, lo cierto es que la muerte y la violencia han enquistado y distorsionado tanto las cosas durante el último medio siglo en el País Vasco que resultará difícil para todos superar el trauma. A la ETA activa parece quedarle muy poco y eso es casi un hecho. Pero los residuos de su acción y de todo lo ocurrido en Euskadi aún van a tardar mucho en dejar ver la luz al final del túnel.