M. Vicent y el arte de escribir
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 03 de octubre de 2011, 21:35h
En los días cenitales de la actividad e influjo de uno de los grandes gurúes literarios y periodísticos de la España de la Transición, F. Umbral, el turiferario de guardia llegó a afirmar a propósito de la obra del autor vallisoletano Leyenda del Cristo Visionario –ajuste de cuentas con sus impugnadores para la Academia, disfrazado bajo el ropaje de tan desmañada novela-, que “era imposible escribir mejor el castellano”.
Dejemos a la corifea pluma indicada la responsabilidad de tan rotunda aseveración –no desprovista, en todo caso, de parcial exactitud-, e introduzcámonos in media res para opinar que el prosista valenciano ostenta hoy sin disputa el cetro del muy viejo oficio de poner negro sobre blanco ideas y sensaciones de singular hondura y belleza. El registro de los secretos para dominar una lengua tan rica y precisa como la española resulta ser en su variada obra inagotable. Al propio tiempo, la panoplia de términos y locuciones se descubre en sus artículos, ensayos y novelas envidiablemente abastada. Si, como quería su coterráneo Azorín – (¿es el maestro alicantino santo de su devoción? Creemos que no…)-, la clave del recado de escribir en castellano estriba en el dominio de las preposiciones, el autor de Verás el cielo abierto está en posesión de ella desde los inicios de su refulgente andadura literaria. Y en el supuesto de que, por el contrario, sea más acertado el parecer del mayor escritor en lengua catalana de la contemporaneidad, esto es, quien redactase en 1918-9, con 21-22 años, Cuaderno gris, según el cual, conforme se recordará, todo el éxito del ars literaria reside en la feliz y ajustada dominación de los adjetivos, Manuel Vicent se halla igualmente en la cumbre de los elegidos.
Pero, naturalmente, la buena escritura es algo más. Poder de evocación; capacidad verbal; sensibilidad tremente para captar la entraña de personas, lugares y cosas y expresarla con enjundia y vigor; fuerza mental; cultura gradualista y dosificada; proximidad anímica a las cuestiones que centran y desazonan desde el principio de los tiempos a los habitantes del planeta azul…; y todo ello pigmentado y vertido con acento original e intransferible. Probablemente, la decantación lógica de tal cocktail sea la prosa poética, que, desde luego, se antoja la mejor y justa manera de calificar o definir el estilo más genuino de una pluma que ha transitado, con granítica identidad, por todas las áreas del territorio de la escritura. Desde la crónica parlamentaria y la crítica artística al retrato político o la remembranza intimista, género éste, en verdad, en el que Vicent no tiene hoy rival en nuestro planeta literario.
Como tampoco lo tiene en el del esperpento y la sátira más salaz. Así las págs. 150-3 de uno de sus últimos libros –Aguirre, el magnífico (Madrid, 2010)- son las más enjoyadas y regocijantes muestras, desde los días al menos de D. Ramón Mª del Valle-Inclán, de la veta acaso más característica de la literatura española en el doble plano popular y culto. “Retrato ibérico”, se etiqueta la singular biografía acabada de mencionar, y así, verdaderamente, es. El mismo Quevedo –ejemplo insuperable en el canon de Occidente de escritor total- experimentaría sana envidia de poder leerla. Ojalá que prosiga la serie porticada con semblanza tan alquitarada de las gentes hodiernas del gay saber –madrileñas, sobre todo…-. La plenitud en todos los aspectos de que en la actualidad goza el autor levantino hace firme la esperanza
Unido tan solo –y muy superficialmente, por lo demás- al autor de Tranvía a la Malvarrosa por algún amigo común y -aquí, sí, estrechamente- por la añoranza permanente del segundo y ya, seguramente, último paraíso de la historia- la mar y la tierra valencianas-, el abajo firmante suscribiría con ardimiento –si para ello, claro, se le concediera una mínima autoridad…lectora- una propuesta para que M. Vicent fuese elegido, a la moda del día, en plebiscito mediático, como el heredero más directo de Cervantes y Galdós en el tiempo presente.