Zapatero: La bandera del fracaso
jueves 13 de octubre de 2011, 22:01h
En ciertas ocasiones no es necesario ser Nostradamus para presagiar el estrepitoso fracaso que acaban resultando ciertas ideas: la Coca-Cola sabor vainilla, pasarse horas en la playa sin protección solar o ver a un australiano, cogorza perdido y vestido de faralaes, correr delante de unos toros en San Fermines.
Algo en tu fuero interior te dice que se masca la tragedia.
Dentro de esta lista de peregrinas ideas condenadas a terminar en sonoros batacazos, podríamos incluir haber designado a alguien que no ha ganado un euro fuera de la política como el encargado de sacar a nuestro país de la mayor crisis económica que se recuerda.
Hace ya bastantes años, en un acto a mitad de camino entre lo romántico, lo estúpido y lo suicida, traté de impresionar a una chica, a la que había oído decir que se derretía con los cocinillas, mostrándome como un consumado cocinero. El brillante plan trazado en mi mente consistía en preparar un sofisticadísimo plato de fusión oriental (yo, que no había visto una sartén ni en fotos) de tal forma que, cuando aquella chica lo probara, dejaría caer el tenedor en el plato para lanzarse corriendo a mis brazos. Imbécil que era uno, oigan.
Huelga decir que el atentado a la gastronomía perpetrado en aquella cocina fue digno de pasar a los anales de la historia negra culinaria y de que me juzgara el Tribunal de La Haya por crímenes contra la humanidad.
La cuestión, no obstante, es que de todo se aprende y de mi experiencia entre fogones saqué en claro que uno no puede jugar a ser Ferrán Adriá cuando no ha freído un mísero huevo en su vida.
Del mismo modo, parece lógico concluir que uno no puede lidiar con una crisis económica de mayúsculas proporciones cuando la experiencia que ha tenido en el mundo de la economía se limita a leer los periódicos de color salmón. Y no se puede combatir el desempleo cuando no se ha tenido empleo alguno, más allá de un cargo político y una breve experiencia como “penene” de Derecho Constitucional.
Ahora que se adelantan elecciones para cortar esta sangría económica, ahora que los violinistas del PSOE tocan un réquiem mientras el Titanic se hunde, ahora que los indignados se echan a las calles y el cielo parece caerse sobre nuestras cabezas, conviene mirar por el retrovisor para comprender cómo de aquellos polvos vienen estos lodos.
Haciendo una pirueta memorística, volvamos la vista atrás, exactamente ocho años, hasta el 12 de octubre de 2003, cuando no había 5 millones de parados pululando por las calles, mis compañeros de facultad soñaban con trabajar en Lehman Brothers y Zapatero era el candidato a la presidencia.
La imagen más repetida en los noticiarios fue aquella en la que se veía cómo el por aquel entonces candidato al gobierno del país, José Luis Rodríguez Zapatero, permanecía sentado en su silla cuando la bandera norteamericana pasaba frente a él, mientras el resto de los ahí presentes se ponían en pie.
Uno ha de confesar que no es un patriotero de esos que se rompen la camisa cuando alguien habla mal de su país. Tampoco me gusta el uso excesivo de la bandera española, que como el perejil, parece que ahora vale para todo, ya sea adornando el cuello del polo, la muñeca, decorando el retrovisor del coche o el collar del perro. La bandera es el símbolo de un país, no un accesorio, ni un elemento decorativo. Y como tal ha de ser tratada. Y, por supuesto, respetada. Y en momentos como el del Desfile de las Fuerzas Armadas, alguien que se postula como presidente del gobierno de la nación, ha de ponerse en posición de firmes al paso de la bandera, ya sea la de Estados Unidos, la de Cuba o la de Suazilandia, por muchas discrepancias que pueda tener con el gobierno de turno. Y punto. Es una cuestión de respeto, educación, diplomacia y, si me apuran, inteligencia.
Zapatero defendió su postura como una valiente forma de rechazo a la política exterior de los Estados Unidos, lo que resulta hasta cómico proviniendo de alguien que ahora da palmaditas en la espalda a Obama por dar caza a Bin Laden y tirarlo al mar metido en una bolsa o que no duda en adherirse a escudos antimisiles diseñados por la Adminsitración Bush.
De seguir un par de meses más al frente del Gobierno y continuar su conversión, Zapatero podría haber acabar enarbolando la bandera norteamericana a modo de primitiva lanza contra el enemigo, al más puro estilo Mel Gibson en El Patriota.
Todos los años leemos cómo algún estudiante español de Erasmus acaba durmiendo en el calabozo de su país de acogida (generalmente escandinavo, que por ahí arriba aún son serios) porque, por una apuesta o por impresionar a una chica, toma la firme decisión, envalentonado tras una ingesta masiva de alcohol, de conquistar él solo ese país, como si de la toma de la Bastilla se tratara, y en nombre de los tercios españoles o de Johnnie Walker, vaya usted a saber, roba la bandera del país en cuestión para luego salir pitando con el botín de guerra hasta ser detenido.
Aquella actitud de Zapatero ante el paso de la bandera norteamericana, permaneciendo impasible cual vaca viendo pasar el tren, fue incluso más irrespetuosa, ignorante, vergonzosa e imperdonable que la de esos insensatos estudiantes haciendo el cafre por Europa.
Al final y al cabo, él ya era mayorcito y representaba a España como aspirante a la presidencia del país. Y la decisión la tomó sobrio. O, al menos, eso queremos pensar.
No. No hacía falta ser Nostradamus.