El presidente ruso, Vladimir Putin, expresa un "cauto optimismo" ante la posibilidad de alcanzar un acuerdo sobre el escudo antimisiles que Estados Unidos ha acordado instalar entre la República Checa y Polonia. Sin embargo, y dado que percibe la medida de seguridad como una amenaza directa para Moscú y para la estabilidad de la zona, las discrepancias entre los enemigos durante la Guerra Fría siguen teniendo un mayor peso.
Pero la
despedida oficial de los mandatarios, ya que abandonan sus respectivos cargos en pocos meses, ha tenido un cierto tono conciliador y parece que tendrá efectos positivos en las futuras relaciones bilaterales. Podría decirse que ninguno está dispuesto a ceder en su postura pero quieren evitar una impopular crisis diplomática ya que, según declararon al unísono en la cumbre de la OTAN en Bucarest,
la Guerra Fría ha acabado.
Sin embargo el actual sistema de alianzas y enemistades responde, aunque vagamente, a la estructura del conflicto armado que marcó la segunda mitad del pasado siglo. Los intereses militares (y civiles) del Occidente de Estados Unidos chocan una y otra vez con los de Rusia, al frente de un bloque oriental ya en vías de extinción.
Durante la reunión de Sochi, Bush y Putin presentaron un "marco de trabajo sin soluciones concretas". Es decir, Estados Unidos se ha comprometido a presentar "nuevas propuestas que podrían aliviar las
preocupaciones del Gobierno ruso".
Pero para que Moscú deje de preocuparse, Estados Unidos debe frenar, en vez de impulsar, la
expansión de la OTAN hacia el Este; tiene que compartir con Rusia un
escudo antimisiles mil kilómetros al sur del que está previsto sea instalado en Polonia; el sucesor de Bush se vería obligado a permitir a Irán desarrollar su controvertido
programa nuclear, por no mencionar la
independencia de Kosovo. Quizá, si hubiera una forma de que la primera potencia mundial revirtiera la independencia kosovar, el Kremlin quedaría más tranquilo. Al fin y al cabo, las divergencias entre estos dos países superan a los puntos que tienen en común. De otra forma no serían enemigos.
De cualquier modo, la prensa internacional (y española) destaca, por encima de todo, el
optimismo y la conciliación (formal) del encuentro de Sochi y de las intervenciones del presidente norteamericano y su homólogo ruso durante la cumbre de Bucarest. Es cierto que Putin se ha mostrado agradecido de las garantías ofrecidas por Estados Unidos, que ha decidido permitir inspeccionar a expertos rusos el sistema de enriquecimiento de uranio iraní y que sean ellos quienes determinen si Irán, u otro país hostil en el área, tíene capacidad de efectuar una prueba de misiles balísticos contra Europa.
Aunque la situación se mantiene intacta. Estados Unidos tratará de convencer a sus aliados de la OTAN de la importancia de situar la frontera de la seguridad Atlántica en la misma puerta de Rusia, lo que permitirá, ya que nadie se pregunta si Ucrania entrará en la Organización sino cuándo lo hará, un control riguroso de las actividades del recientemente "amigable" enemigo.
La reunión de Sochi sirvió también para que el presidente norteamericano tomara la medida a
Dimitri Medvedev, sucesor de Putin que romará posesión del cargo el próximo 7 de mayo. Aunque Putin, que será primer ministro, aseguró que Occidente no lo tendría más fácil con Medvedev, el magnate de la energía rusa ha expresado su intención de continuar adelante con la relación estratégica trazada por Putin y Bush, que es "un factor clave en la estabilidad internacional".
¿Por qué en Europa del Este y no en Azerbaiyán?
Bush insiste en que el propósito del escudo es "defensivo, no ofensivo" y que el dispositivo se dirige contra "regímenes que podrían intentar convertirnos en sus rehenes" y no está diseñado para hacer frente a "la capacidad de Rusia de lanzar múltiples cohetes".
Pero como dijo el ministro de Exteriores español, la posición rusa es lógica. Si la tesis de Estados Unidos sobre la necesidad de instalar el escudo antimisiles se fundamenta con la prevención de posibles ataques balísticos de
Oriente Medio, ¿Por qué no instalarlo en
Azerbaiyán, por ejemplo, que permitiría interceptar los ataques mucho antes de que penetraran en el espacio aéreo de Europa? Por varios motivos. Por un lado, y es la explicación más simplista de todas, porque la OTAN no podría defenderse de una eventual ofensiva rusa, en cuyo caso, la necesidad de justificar dicha medida restaría fuerza al argumento empleado.
Por otro, Estados Unidos quiere recompensar a sus aliados por los favores prestados en el pasado. Polonia y la República Checa, y dado que apoyaron sin condiciones la intervención estadounidense en Irak y no han llegado a retirarse, recibirán una importante inyección económica gracias a lo cual se generarán numerosos empleos para desarrollar el ambicioso proyecto. Pero además, la instalación del escudo antimisiles permitirá a la potencia norteamericana consolidar su presencia militar en dos países de gran relevancia estratégica.
Por si esto fuera poco, aceptar la propuesta de Rusia supondría favorecer económica y militarmente a un país no aliado y para hacerlo, además, Estados Unidos tendría que confiar en Azerbaiyán, un país musulmán, para repeler ataques de los países musulmanes hostiles de Oriente Próximo. Si Rusia se saliera con la suya, sería su aliado y no el de Estados Unidos el que saldría beneficiado de la operación que, para los analistas internacionales, tiene carácter económico más que defensivo y que trata de favorecer a los amigos y ganar posiciones estratégicas.
La nueva Guerra FríaLos rusos consideran que, con la caída del muro de Berlín, y con este la desaparición del
Pacto de Varsovia y el fin de la Guerra Fría, la OTAN pasó a ser, cuanto menos, prescindible, dado que ya habían logrado el objetivo que dio origen a la mayor coalición militar occidental. Sin embargo, y aunque décadas después ha desaparecido cualquier amenaza proveniente de los países del Este, la Alianza Atlántica continúa su expansión.

Rusia se opone frontalmente a que ex repúblicas soviéticas como
Ucrania o
Georgia se incorporen al sistema de seguridad occidental, contribuyendo, de este modo, a consolidar lo que Rusia denomina “
cinturón sanitario de Estados Unidos alrededor de sus fronteras”. Ante esta situación, el presidente Putin, decidió el verano pasado tomar una serie de decisiones de carácter estratégico.
Por un lado, bombarderos equipados con armamento nuclear por aire, al igual que buques y submarinos por mar, retomaron las patrullas alrededor de sus fronteras, lo que provocó inquietud en el seno de la OTAN y que algunos analistas calificaron de medidas propias de la Guerra Fría. Por otro, Rusia dejó de formar parte del
FACE, un tratado para evitar la proliferación de armamento convencional en todo el espacio europeo, incluida Rusia.
Según este acuerdo, Moscú podía requerir inspecciones en los acuartelamientos occidentales para ver si se cumplen los requerimientos del tratado al igual que los miembros de la OTAN podían hacer lo mismo en las instalaciones de los países que formaban parte del Pacto de Varsovia.