El interés de Afganistán
domingo 06 de abril de 2008, 22:18h
A principios de la semana pasada la luminosa ciudad de Sevilla dio acogida a unas interesantes jornadas académicas sobre el escenario estratégico internacional. Gracias a los auspicios de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, el Instituto Español de Estudios Estratégicos (organismo dependiente del Ministerio de Defensa) y el Instituto de Defensa Nacional de Portugal, un grupo de expertos militares y académicos españoles y portugueses tuvimos oportunidad de aportar información y debatir ante un público universitario sobre varios temas coincidentes con los que serían inmediatamente abordados con fines distintos (de gestión política) durante la última cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest.
Los participantes en las jornadas sevillanas pasamos revista a las cinco fuentes de amenaza a la seguridad mundial que ya fueron oficialmente reconocidas en diciembre de 2003 por el Consejo Europeo sobre la base de un documento elaborado por el Secretario General y Alto Representante de la Política Exterior y Seguridad Común de la Unión, el español Javier Solana. Concretamente, las amenazas sobre las que advirtiera el conocido documento Solana son cinco: terrorismo, proliferación de armas de destrucción masiva, conflictos regionales, descomposición de estados y crimen organizado. Como digo, ninguno de esos riesgos quedó sin discutir en Sevilla. No obstante, y al igual que sucediera después en el seno de la OTAN, la situación y el futuro de Afganistán ocuparía una parte considerable del tiempo de discusión durante las sesiones académicas que ahora comento. ¿Por qué? Se me ocurren dos razones fundamentales. La primera de ellas tiene que ver con la gravedad y la complejidad objetivas del escenario; la segunda con el papel que la OTAN y, especialmente España, están cumpliendo en Afganistán.
La situación actual en Afganistán comprende indudables mejoras en diversos aspectos de su vida política y civil pero al mismo tiempo sigue planteando un inmenso desafío desde el punto de vista de la seguridad. Dejo para otro día los datos precisos pero hago notar que las dificultades señaladas ilustran la confluencia en un mismo territorio de casi todos los riesgos globales antes citados: fragilidad de un Estado que aún permanece en fase de reconstrucción, conflictividad étnica y religiosa, terrorismo yihadista combinado con otras formas de violencia y un pingüe negocio ilegal (la producción de opio) que alimenta la corrupción, las mafias y ejércitos privados de varios señores de la guerra y la actividad de los talibán, quienes gozan de una intensa y desestabilizadora presencia en el sur y el este del país. Tampoco hay espacio para detallar el impagable servicio que Al Qaida, la geografía de la raya con Pakistán y la composición étnica de esa zona están prestando a la insurgencia afgana.
Como antes adelantaba, el segundo motivo por el que podría explicarse el interés despertado en un seminario académico acerca de la situación afgana también podría guardar relación con la función allí desempeñada por la OTAN y las tropas españolas. Sin duda, para muchos ciudadanos españoles, al igual que para los estudiantes de una Universidad sevillana, esa función resulta confusa. A su vez, la confusión no afecta sólo a los espectadores de la situación sino a los países y tropas que operan en ella bajo autoridad de la OTAN. Nadie duda sobre los riesgos que están afrontando los soldados españoles en Afganistán y sobre su entrega en esa coyuntura. Pero también sabemos otras cosas. Nuestras tropas deben afrontar el día a día con unas reglas de enfrentamiento enormemente restrictivas que aumentan su vulnerabilidad ante eventuales agresiones. Oficialmente la razón para esas restricciones tiene que ver con el carácter humanitario de su función, orientada a labores de reconstrucción, y no de combate. Pero ¿es posible desarrollar eficazmente esas labores sin contribuir en la dimensión más agresiva de la misión afgana? ¿Y es posible encontrar lógica y sentido en la división de tareas entre los diversos ejércitos europeos que participan en la misión ISAF, cuando unos gobiernos priorizan la seguridad de sus propios soldados mientras otros países ponen en riesgo la vida de los suyos a fin de reconstruir el país y aumentar la seguridad de su población civil? Sea cual sea la respuesta que cada uno pueda darles (la mía no es muy positiva), estas preguntas tienen un interés evidente para la ciudadanía española. Sin embargo, la información que nuestro Gobierno nos proporciona sobre lo que los militares españoles hacen en Afganistán, y sobre el sentido y las futuras expectativas de éxito de su misión son más bien escasas. Algo debería cambiar al respecto.