De mal en peor
lunes 31 de octubre de 2011, 21:35h
Hace casi ocho años, el Gobierno Zapatero se estrenó con una pésima gestión en Bruselas, en relación con los fondos de la PAC, la Política Agraria Común. La ministra encargada en aquellos primeros momentos del zapaterismo de la agricultura rechazó, incluso, la ayuda que se le ofreció por quienes hasta entonces se habían ocupado de esas cuestiones. Pero los socialistas no querían deberle nada a un PP, al que estaban decididos a excluir de la escena política, a “tinelazo” limpio. Aquella incapacidad negociadora le costó a España unos sustanciosos millones de euros. Y solo era el principio. Zapatero había prometido que “España volvería al corazón de Europa”, una desvergonzada estupidez pues precisamente durante las dos legislaturas de Aznar, España, no solo no se había alejado sino que se había situado entre los actores decisivos de la UE. Y lo que sucedió desde entonces fue, precisamente, un progresivo alejamiento de los centros de poder y de esas reuniones informales donde a veces se toman las decisiones importantes. Se podría hacer la cuenta del dinero –mucho dinero- que ha perdido España por culpa de la penosa gestión del todavía Presidente del Gobierno. Pero se había encontrado con las arcas llenas y pensaba que éstas no tenían fondo.
Zapatero diría después en Nueva York, poco antes de una deslucida reunión con el rey de Marruecos, que “lo importante es la foto”, pero lo cierto es que ni siquiera ha logrado, a lo largo de su mandato, ese limitado objetivo de su política exterior, que perece consistir en hacerse con un abultado álbum personal de fotos. No “salía” en las fotos relevantes y cuando lo conseguía era todavía peor, como recordará cualquier ciudadano que haya seguido las andanzas zapateriles. Los reportajes gráficos le mostraban aislado y solitario mientras, un poco más allá, los líderes europeos conversaban animadamente. En ocasiones aparecía medio dormido y como ausente de cuanto ocurría a su alrededor. Otras veces se le vio, paradójicamente, intentando hacerse el encontradizo con el odiado Bush o no encontrando su sitio en la foto de familia, porque creía que debía colocarse en la “ES” de Estonia, sin enterarse de que debía buscar la ”SP” de Spain. Y cuando lograba la atención de las cámaras nos avergonzaba a todos los españoles con sus “salidas” a propósito de la “champions league” o del miedo que le tenían Berlusconi y Sarkozy. El anecdotario sería interminable.
Zapatero ha rematado esta “brillante” trayectoria exterior la semana pasada en Bruselas al dejar a la banca española y a toda España a los pies de los caballos aceptando unas exageradas exigencias de recapitalización bancaria. Hemos pasado de la tradicional pertinaz sequía –a la que en tiempos ya lejanos se atribuían todos nuestros males- a una sequía de otra naturaleza y mucho más grave, la del crédito que en adelante va a ser mucho más escaso y más caro, lo que dificultará la recuperación económica y retrasará la creación de puestos de trabajo. Ocho años después, Zapatero sigue sin saber que en la UE, todos y cada uno de sus miembros, van allí a defender sus intereses nacionales y que no se mueven de la silla antes de haber obtenido la satisfacción razonable de sus reivindicaciones. Aznar adquirió una bien ganada fama de “culo di ferro” porque no se levantaba de la mesa hasta que no conseguía lo que creía era justo para España. Lo hizo en Amsterdam, en Niza, en Berlín y en tantas otras ocasiones y a veces se alargaban las cumbres mucho más allá de la hora prevista. El Presidente del Gobierno de España nunca volvía con las manos vacías ni con nuevas cargas sobre los hombros de nuestro país, sino todo lo contrario.
Zapatero no ha aprendido a negociar. Una consecuencia de su peculiar ascenso de aparatchik a presidente de Gobierno, sin pisar eso que llamamos la sociedad civil que –como ya escribimos en otra ocasión- es un ejemplo perfecto del famoso principio de Peter. A partir de ahí, se llega indefectiblemente a la ley de Murphy según la cual si algo puede salir mal existe un alto grado de probabilidad de que, efectivamente, salga mal, como muestra el famoso ejemplo: la tostada siempre cae del lado de la mantequilla. Un matiz se impone, sin embargo, Murphy lo atribuía todo a la mala suerte. En este caso, sin embargo, son la incompetencia, el sectarismo y la incapacidad de aprender de los fracasos anteriores los que explicarían este continuado desastre. A lo largo de estos años España ha ido perdiendo a chorros el alto nivel de credibilidad y de prestigio que había ganado cuando era un país fiable y responsable. Pero, como los dineros, esos intangibles también se han dilapidado por la errática actuación de este Gobierno. La política exterior de Zapatero ha hecho de España –una “España menguante”, como se ha dicho- una potencia de tercera a la que nadie escucha y a la que todo el mundo se cree con derecho a darle una pedrada sin preocuparse por esconder la mano. De la última cumbre de Bruselas España ha salido como el segundo del “pelotón de los torpes”, detrás de Grecia. Y hasta la Italia de Berlusconi, que en tantos parámetros está peor que nosotros, ha sabido colocarse de modo que la mayor bofetada sea para la España de Zapatero.
Para acabarlo de arreglar, Zapatero ha ido a Paraguay a una deslucida cumbre iberoamericana, más notable por las ausencias que por las presencias. Menos mal que los Reyes de España dan lustre y defienden mejor que nadie la imagen de nuestro país. Don Juan Carlos conoce muy bien el papel que le asigna el artículo 56 de la Constitución como “la más alta representación del Estado español en la relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica”, lo cumple a la perfección y salva las carencias de un Gobierno que no da una. Pero es una pena que estas cumbres iberoamericanas –una iniciativa española- hayan llegado a esta situación de declive porque España, que había sido siempre su máximo impulsor, haya perdido prestigio y capacidad de convocatoria desde que Zapatero llegó a La Moncloa.
A estas alturas, con un Zapatero que se va pero que no acaba de irse y que aunque siga siendo formalmente Presidente del Gobierno todo el mundo sabe que ya es eso que los anglosajones llaman una “no entity”, ¿qué sentido tiene que Zapatero vaya de cumbre en cumbre arrastrando su penosa agonía? Todavía queda una cumbre de la UE en fechas en las que es muy posible que el nuevo Gobierno no se haya constituido. Lo menos que se le puede pedir a Zapatero es que no decida nada sin contar con quien entonces será ya presunto Presidente, con toda probabilidad Rajoy, pues podría rematar su lamentable trayectoria con más problemas de los que ya ha causado a España y a los españoles. Un Presidente en funciones, como lo será en diciembre, no puede comprometer a un país al que ya solo representa formal y residualmente. Mejor que no salga.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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