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Debate, set y partido

miércoles 09 de noviembre de 2011, 18:09h
Enfrentarse a un debate político entre Rubalcaba y Rajoy supone una experiencia tan excitante como que unos amigos recién casados te sienten a ver las 620 fotos de su viaje de novios: el tiempo parece detenersey te invade una ligera sensación dedéjà vu. Con Rajoy y Rubalcaba nos pasa algo parecido: poco o nada podían decir, a estas alturas de la película, para que cambiáramos nuestra opinión de uno y de otro.

A pesar de esto, los tintes deépica yderrota que suelen rodear este tipo de eventos consiguieron que, a las diez en punto, servidor se encontrara clavado enfrente del televisor, dispuesto apresenciar una gran batalla. Padezco el mismo síndrome que el gran Enric González, quien se reconoce “incapaz de no tomar partido” y que le basta con ver “a dos adultos jugando a los barquitos” para decantarse por uno u otro de forma irremediable. A mí me pasa algo parecido, ya sea viendo un debate político o un partido de waterpolo de la liga turca: quiero ver una victoria y quiero ver una derrota. Me aburren los eventos que acaban en tablas y no soporto los empates a cero.

El debate, sin embargo, ya conseguía transmitir cierto aire rancio antes si quiera de empezar. Principalmente, debido al arcaico escenario en el que el cara a cara tuvo lugar, conun plató frío, una banda sonora inefable y una realización totalmente pasada de moda. En ciertos momento, a uno le invadía la sensaciónde que el moderador, en vez de Campo Vidal, era Antonio Alcántara y que, al acabar el debate, iban a aparecer cantando Los Brincos y Formula V.

Lejos de modernizar el campo de batalla, se trató de dar un toque juvenil a los actores, presentándose ambos candidatos con el pelo teñido, poseídos por esa solemne cursilada que se estila ahora en política de tener que disimular canas y llevar corbatas de tonalidades que inspiren sentimientos tales como “esperanza” o “cambio”. Semejante es esta espiral de metrosexualidad en la política actual, que cualquier día aparece Rubalcaba con las piernas depiladas y Rajoy con el flequillo de Justin Bieber.

Ya una vezmetidos en harina, el candidato socialista afrontó el primer bloque, el más delicado para él, refiriéndose a las crisis económicas en Estados Unidos y en Grecia como si fueran fenómenos meteorológicos, casi paranormales, que habían afectado a España por meras causas geográficas, como si hubiéramos sufrido el ataque de un violento tornado ante el que nada se podía hacer. Rajoy, visiblemente más cómodo durante esta parte, se limitó a dejar que la catarata de datos cayera sobre un abrumado Rubalcaba, que trataba de quitar hierro a las dramáticas cifras que deja el gobierno de Zapatero. A la hora de hablardel desempleo, los dos candidatos trataron de ganarse el cariño de los parados con la misma entrega y dedicación de dos padres divorciados, intentado mostrar al desencantadohijo en común eso de“yo te quiero más”.

En un momento dado, el candidato del Partido Popular, de forma inexplicable,decidió que iba a leer sus fichas lo que quedara de debate, restando a su discurso frescura, credibilidad y espontaneidad. Este hecho y el victimismo de un Rubalcaba acomodado en una extraña posición de entrevistador del futuro presidente, hicieron que el debate no estuviera, en algunos momentos, a la altura de las circunstancias.

Así pues, las cosassiguen igual tras el cara a cara: Rubalcaba, con todas las de perder,llegaba obligado a sacarse algún as de la manga, cual tahúr del Mississippi, para dar un vuelco a la situación. Sin embargo, no fue capaz de dar ese golpe de efecto para arañar votos y ponerse a una altura en la que poder competir de tú a tú el 20N. Rajoy, por su parte, mostró que se encuentra muy cómodo administrando su ventaja,en esa posición de pretendiente tenazde una novia hasta ahora esquiva, empezando a vislumbrar su conquista, eso sí, más bien por desgaste de los rivales que por encandilamiento.

El candidato del PSOE era conocedor del match point que jugaba ayer. Corrió la pista de un lado a otro e intentó devolver tantas bolas como pudo, con y sin criterio, pero al final Mariano Rajoy, sin gran esfuerzo aparente, se hizo con el debate, el set y el partido.

Alfredo Pérez Rubalcaba acabó cabizbajo, vencido y, tal vez, pensando aquello que dijo Eneas al ver Troya derrotada por los griegos:una salusvictisnullamsperaresalutem, esto es, la única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna.
El veinte de noviembre veremos quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos.

Y, sobre todo, si España tiene salvación alguna.
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