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Realismo socialista

Pedro González-Trevijano
sábado 12 de noviembre de 2011, 19:27h
La presente frase con la que, no les oculto, se apunta crípticamente el discurso lógico y estético de la Exposición que, con el título Aleksandr Deineka (1899-1969). Una Vanguardia para el proletariado, se puede ver estos días en la Fundación Juan March, resume el camino dialéctico que impregna el devenir de las Vanguardias y del proletariado en la Rusia revolucionaria y posteriormente estalinista. Una referencia literaria que bebe directamente en las mejores fuentes posibles de lo que fue la caída del régimen zarista, la revolución bolchevique y el totalitarismo estalinista de los tiempos posteriores. Una reflexión política y artística que se expresa contundentemente en dos de sus más sobresalientes protagonistas. El primero, para eso hablamos de arte, Kasimir Malevich. El segundo, el artífice ideológico de la propia Revolución roja: Lenin.

Para el padre del constructivismo, la modernidad, que es tanto como decir, la Revolución, que es tanto como decir el poder comunista, y que es tanto como decir el proletariado, implicaba subvertir radicalmente el orden jerárquico de los valores hasta entonces reinantes en la decadente sociedad prerrevolucionaria. Importará más en la nueva edad revolucionaria -nos dirá Malevich en 1919- el desmantelamiento de una simple tuerca que la demolición de la mismísima iglesia de San Basilio. Todo un decálogo axiológico del nuevo catecismo vanguardista, revolucionario, comunista y proletario. Una reflexión que acogerá también Lenin desde parámetros diferentes, es decir políticos, pero que desde luego bebe en las mismas concepciones ideológicas, en 1920, al afirmar que "el comunismo es el poder soviético más la electrificación".

Éste es el trasfondo epistemológico que guía el hilo conductor de la presente Exposición, donde brilla con luz propia, como no podía ser de otro modo, la figura de Aleksandr Deineka. Un artista capital para poder conocer y comprender toda la complejidad de un arte soviético, hoy preterido y por algunos denostado, pero que dura más de cincuenta años. Un movimiento que nace con los habituales rompedores aires vanguardistas, que se cosifica inicialmente a la Vanguardia del emergente proletariado, pero que finaliza anquilosándose en el realismo totalitario del férreo estalinismo. Por más que la Exposición es una ocasión inigualable para acercarnos al hacer de muchos de sus primeros vanguardistas en los míticos años de la mejor Vanguardia con mayúsculas. Estamos refiriéndonos a algunas obras de los indispensables Malevich, Ródchenko, Popova, El Lissitzky, etc... Y hasta hay alguna nota de color como el pequeño lienzo de Diego Rivera, de la Plaza Roja de Moscú, alguien adscrito, como su mujer Frida Khalo, desde su juventud al movimiento comunista, en cuya casa de Coyoacán llegaron a dar cobijo a un perseguido Trotsky por la asesina mano de Stalin.

Junto a la obra de los mencionados artistas, la Exposición recoge una interesantísima retahíla de carteles políticos y un más que descriptivo corto cinematográfico de los años revolucionarios y post revolucionarios. En suma, una Exposición que, brindando especial atención a su protagonista nominativo principal, Aleksandr Deineka, de quién podemos admirar un petrificado Autorretrato de pié, está excelentemente enmarcada en su contexto ideológico, social y político. Y así podemos detenernos en toda la iconografía recurrente de Deineka: deportistas de toda clase y condición, trabajadores industriales, agricultores, esforzados representantes de la utopia comunista... Una utopia, en realidad asfixiante y claustrofóbica, pero que permitía, no obstante, salir del país de la “felicidad socialista revolucionaria” a los más ortodoxos y fieles del sistema totalitario estalinista, del arte soviético oficial. Estamos en presencia, sin duda, del mejor exponente del denominado realismo socialista ("nacional en la forma, socialista en el contenido"), y de quién podemos ver alguna de sus obras más significativas, entre las que sobresalen, a pesar de ser tradicionalmente catalogadas como menores, sus grafismos, cartelería e ilustraciones para libros y revistas. Un Deineka autorizado, decíamos, a viajar por Europa y América, recorridos que plasma en tres obritas menores, pero interesantes, del ambivalente artista: Vista del Capitolio, Carretera a Mont Vernon y Filadelfia.

Aunque el final del materialismo histórico es bien conocido: en lo político, el establecimiento de un régimen brutal, esto es, la barbarie con rostro humano. Y en lo artístico, la caída en lo kitsch y el amaneramiento muerto y carente de vida, como explicita la factura y el motivo de la obra final que cierra la Exposición: la inauguración de una estación eléctrica. Pero si desean quedarse con una narración más artística y menos política, es decir, más optimista y llevadera, cerramos una época que va desde la vanguardista y utópica primera ópera futurista de Alekséi Kruchiónij, con decorados del recurrente Kasimir Malevich, hasta el año de 1953, año del fallecimiento del inflexible autócrata Yosif Stalin.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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