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La suerte en el juicio contra Carcaño

miércoles 23 de noviembre de 2011, 21:21h
Son precisamente aquellos que siempre han disfrutado de la buena suerte, quienes más en duda ponen la importancia de la misma en cualquier ámbito de la vida. Lógico en todo caso, porque pocos humanos tendemos a valorar aquello de lo que hasta ese momento no hemos sentido su falta.

Apelamos en exclusiva a valores como la perseverancia, el coraje o la capacidad de trabajo para aplaudir los éxitos, como si la suerte, buena o mala, no tuviera nada que ver a la hora de alcanzar una meta. Sin embargo, cuántos casos conocemos en los que a pesar de la perseverancia, del trabajo incansable y del valor muchas veces demostrado, la carrera no culmina en éxito. O, peor aún, casos en los que, solucionado un contratiempo, no se dispone ni siquiera de un pequeño respiro antes de tener que vérselas con otro. La suerte, la buena, porque en nuestro idioma – para pesadilla de los extranjeros que lo estudian – si no lleva “apellido” se entiende que es positiva, es uno de esos porcentajes que nadie debería olvidar a la hora de juzgar, para bien o para mal, el balance vital de una persona.

La suerte planea como ave caprichosa y, aunque ahora los métodos de autoayuda inciden machaconamente en la importancia de “invocarla” a través del pensamiento positivo, lo cierto es que la pócima para regar con ella las acciones de nuestra vida aún no la venden en las farmacias, o donde corresponda venderla cuando la misma pueda ser embotellada. Suerte incluso en la mala suerte. Es decir, cuando en caso de llegar una desgracia, a uno le “sonríe” la suerte en forma de médico competente, si de lo que se trata es de enfrentarse a una enfermedad; o de inspiradora nueva vocación, en caso de fulminante despido. Por mucho que digan los que andan por el mundo sin haber pisado todavía un charco, la suerte hay que tenerla como aliada hasta a la hora de cometer un crimen perfecto, uno de esos asesinatos que siempre nos han querido vender como imposibles, pero que existen igual que las meigas, sin que lleguemos a verlas. Por eso son perfectos. Lo que ocurre es que la mayoría, por suerte de la buena, sólo tenemos relación directa con crímenes, perfectos o no, a través de la literatura, del cine o de la pequeña pantalla. Y desde que Kojak y Colombo nos metieron el gusanillo del crimen en el cuerpo, nadie se pone a ver una serie policiaca o a leer un thriller en los que al final el malo se marche de rositas y deje a los buenos con un palmo de narices. Pero eso es la ficción y, por mucho que nos guste, la realidad ofrece otros resultados mucho menos emocionantes o, en todo caso, mucho menos justos.

Lo que a veces la vida real nos deja, en cambio, es un amargo sabor de boca y demuestra que ese mítico crimen perfecto no depende tanto de una sofisticada mente criminal capaz de simular y encubrir, en definitiva, de actuar con la inteligencia que algunos trepidantes guiones han puesto al servicio del asesino. Al final lo atrapan, sí, pero antes hemos contemplado un juego de estrategias que el culpable parecía dominar muy por encima de sus perseguidores. Las declaraciones durante estos últimos días de los psiquiatras forenses que examinaron a Miguel Carcaño, el asesino confeso de Marta del Castillo, afirmando que el sujeto no padece enfermedad mental alguna, que es egocéntrico y egoísta, así como manipulador, pero con un coeficiente de inteligencia más bien mediocre, demuestran que, aunque el crimen de la joven sevillana no sea un crimen perfecto, la suerte ha tenido mucho que ver en los resultados del juicio, malos por desgracia, que ya se prevén antes de que se haya dictado sentencia. Ayer lo decía el propio padre de la víctima, lamentándose de la buena suerte que han tenido todos los implicados y asegurando que “si lo llegan a planificar así, no les sale”. Lo hacía a la hora de confirmar ante los medios de comunicación que las grabaciones de una cámara de seguridad del edificio en el que vivía la ex mujer del hermano de Carcaño, donde el primero aseguraba haber permanecido hasta bien entrada la noche, y que desmontaban su coartada, no eran susceptibles de ser aceptadas como prueba. Lo cierto es que, como asegura Antonio del Castillo, la suerte ha estado hasta ahora de parte de los implicados en el tremendo crimen y ha jugado mucho más a su favor que la pretendida inteligencia que puedan poseer unos y otros.

Y es de suponer que más que una jugada maestra, la misteriosa desaparición del cuerpo de la joven se deba también a esa suerte perversa que hasta el momento les ha venido injustamente acompañando para añadir aún más dolor a la familia.

Una suerte maléfica que nada tiene que ver con un superior intelecto de quienes cometieron el crimen, porque en el caso de Francisco Javier Delgado queda claro que no fue tan inteligente como para evitar que le grabara una cámara al abandonar precipitadamente el piso de su ex mujer. Ni siquiera para dar una dirección distinta al taxista que le trasladó horas más tarde desde el bar en el que trabajaba al escenario del crimen. Le ha acompañado la suerte y no la inteligencia: fue grabado pero las grabaciones no han resultado ser de la calidad exigida en el ámbito judicial; dos mujeres – la ex y la novia – siguen prodigiosamente sin enemistarse y, por tanto, sin quitarle ninguna de las dos coartadas que necesita y ha estado durante años olvidándose del taxista que podía situarle en el piso donde se cometió el crimen, porque otra mujer, esta vez la del testigo, impidió hasta ahora a su marido acudir a declarar “para que no se metiera en líos”.

Eso sí, la suerte, como buena caprichosa, es cambiante “qual piuma al vento” y casi peor que no conocerla nunca en todo su esplendor, puede resultar que a uno le abandone de repente después de haberla tenido siempre de cara. Si Hitchcock fue capaz de convencernos de que no existía el crimen perfecto y que hasta un asesino tan inteligente y premeditado como el que encarnaba Ray Milland era capaz de cometer un descuido tan tonto y acabar entre rejas, décadas después Woody Allen le contradecía con Match Point, utilizando el símil tenístico para ilustrar cómo la suerte juega un papel determinante y marca un resultado diferente dependiendo del lado del que caiga la bola después de golpear “the top of the net”. Y, por suerte, siempre acaba por llegar el momento en el que cae del lado contrario.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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