¿Reforma electoral? No, gracias. ¡Acuerdo en la izquierda!
viernes 09 de diciembre de 2011, 21:24h
La segunda reflexión sobre los resultados de las pasadas elecciones debiera reiterar el título de la primera: “bipartidismo en la alternancia” (perdón por la auto cita) ¿Por qué? Porque un análisis en profundidad de los datos, con perspectiva temporal y comparada, permite demostrar que tal título reflejaba de forma adecuada las consecuencias más significativas de lo ocurrido. En efecto, se mantiene el bipartidismo ya que se perpetúa la clásica distribución de votos habida desde las elecciones constituyentes: la suma de las formaciones de la izquierda representa unos siete millones de votantes, cifra similar a la que consiguen las de derecha. La suma de ambos grupos ideológicos ha supuesto como mínimo el 57% de los votos y 2/3 de los diputados. El resto de electores potenciales (de un censo que ha oscilado entre los 26 millones iniciales a los 35 de las últimas elecciones) se ha distribuido entre la abstención, los demás partidos parlamentarios y los 700.000 votos que han quedado sin representación (un 3%).
Este comportamiento electoral que obviamente ha sufrido oscilaciones debidas, al contexto y singularidades de cada proceso electoral es similar al que se produce en el resto de las democracias occidentales desde que se instauran. Los sistemas electorales se han ido adecuando a las demandas de políticos y ciudadanos, si bien nunca ha sido posible alcanzar en su plenitud los tres objetivos esenciales de toda elección: legitimar, producir representación y gobierno. Esto es así incluso en los sistemas proporcionales más puros, como el de Holanda. En las elecciones de 2006, con un 20% de abstención, un 1% de los votos sin representar, las once listas que han alcanzado escaños, han tenido que “emparentarse” (o coaligarse) previamente con alguna de las grandes formaciones (socialistas y democristianos) para poder alcanzar representación. Es decir, aunque los electores pueden elegir los candidatos y partidos con los que sientan mayor afinidad, en la práctica sus votos se adscriben a uno de los dos bloques ideológicos mayoritarios. Después, formó gobierno el principal partido de la derecha, con los liberales y aunque sumaban el 48% de los escaños agotó la legislatura. Estos datos se han reproducido en las elecciones de 2010 con distinto primer ministro.
Esta reflexión y ejemplo, reafirma el enunciado que hiciera sobre la persistencia del bipartidismo en España y también sirve para refutar alguna de las afirmaciones surgidas estos días al comentar lo ocurrido en las pasadas elecciones. Entre ellas, quizá la más reiterada haya sido la relativa a la demanda de reforma electoral, defendida desde medios de comunicación y sectores ideológicos y sociales diversos. El principal argumento para refutar las iniciativas de reforma, consiste en recordar que no existe ningún sistema electoral ideal. Los defectos y expectativas de un sistema electoral dependen de distintos factores. A un sistema electoral se le pueden plantear diversas exigencias, que se han de valorar y jerarquizar en el tiempo y en cuanto a su alcance. Ningún sistema electoral solventa de forma óptima los diversos retos con el consenso y la legitimidad suficientes. Además, las reglas de juego electoral no son neutrales y cualquier cambio en ellas implicaría alguna ventaja junto a alguna nueva dificultad y problema.
Esta realidad en gran medida explica que desde 1920 no haya cambiado ningún sistema electoral (de representación mayoritaria a proporcional o viceversa) salvo después de una dictadura, guerra o para instaurar un nuevo régimen y nunca entre 1945 y 1986. Después, solo se ha producido en cuatro casos: Francia, que solo utiliza una vez el sistema proporcional y cuyo impulsor (Mitterrand) perdió las elecciones. Después cambian sus sistemas electorales por otros mixtos en Nueva Zelanda, Japón e Italia, este último país 2 veces y la última (2006) su impulsor (Berlusconi) también perdió los comicios.
Los objetivos políticos que perseguían las reformas italianas se han conseguido en parte: se ha producido una fuerte bipolarización y sobre todo los electores antes de votar tienen la posibilidad de optar por una de las dos grandes coaliciones que podrán encargarse de formar el gobierno, conociendo de antemano los programas y los líderes. Esta reforma ha facilitado la alternancia, aunque no se ha garantizado la estabilidad de los gobiernos entre otras razones porque pese a los factores mayoritarios que premian a la coalición ganadora, el empate técnico entre las dos grandes opciones diluye el citado premio. La reciente introducción de voto preferencial en varios países, ha mostrado como solo una minoría lo utiliza y cuando ello ocurre sus efectos se compensan con otros mecanismos (barrera o cuota electoral) que impiden que se hagan efectivos.
Todo ello, justifica el rechazo a las propuestas de reforma electoral. Además, también recuerdo que las dos formaciones penalizadas forman parte de la izquierda, tanto en el caso de UPyD, escindida esencialmente cuando el PSOE de Zapatero cuestionaba la defensa de la nación española. Se trata de uno de los asuntos fundamentales que ha de dirimir el PSOE en su profunda y necesaria refundación para el bien de España. Es menester recordar también que Felipe González tras la pérdida de votos de diversas candidaturas socialistas en las elecciones de 1977, instó a que se incorporasen al PSOE. De una u otra forma, la historia muestra que la convivencia interna entre las diversas sensibilidades de cada bloque ideológico es necesaria.