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Educación: ¡Esperanza!

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 06 de enero de 2012, 20:16h
Naturalmente, la justa en la gestión que desarrolle el flamante ministerio conservador. Sin llegar a un acuerdo nacional respecto a los primeros grados de la enseñanza y con el que se identifiquen con entusiasmo los dos grandes partidos, nada verdaderamente trascendente podrá alcanzarse. Pese a la buena voluntad y capacidad de diálogo del nuevo titular de tan importante cartera, será en extremo difícil llegar a tan ansiado objetivo. Su predecesor lo persiguió con ahínco y bona fides y no pudo lograrse en amplia medida por los obstáculos interpuestos por el PP. Dada la dinámica de la política española, es harto probable que la situación se reproduzca en la recién estrenada legislatura, por supuesto, con los actores cambiados.

Por desdicha, no provendrá de Alcalá, 34 –sede, como es bien sabido, del departamento de Educación- y ni tan siquiera de la Carrera de San Jerónimo la ardua fórmula que ponga término a la vía penitencial que recorre desde ha varias décadas la enseñanza en nuestro país. Por ello será, quizá, más puesto en razón volver a depositar la esperanza en el lugar en que siempre se ha albergado con preferencia en solar ibérico. Es decir, en los bancos de las escuelas infantiles y en las aulas de institutos y colegios. De allí saldrá lo mejor y más decisivo de una empresa cada vez más urgente y a la que la sociedad vuelve sus ojos con mirada crecientemente angustiada. Fuera de tal escenario no hay cambio sustancial posible para el desvencijado y desnortado sistema educativo español.

Una prueba más de ello la ha tenido, recién y felizmente, el articulista en su rincón provinciano. Al lado de un pequeño convento donde se oficia una de las liturgias más bellas del mundo, se enriqueció con el azaroso encuentro con una joven -14 o 15 años- en estado de trance por acabar de recibir un diploma que certificaba su éxito en un concurso de redacción literaria… Digna, en extremo simpática y sencilla y con una madurez insólita a su edad, la muchacha prodigaba, en presencia de un padre exultante, elogios y agradecimientos a la tarea de sus profesores. La alegre y firme decisión de estudiar Historia una vez ingresada en la Universidad colmó la fruición del cronista ante espectáculo tan infrecuente. Sus malhumores y aprehensiones frente al deterioro universal de las Humanidades en todos los espacios públicos y privados dieron entonces vado al retorno de nobles y ensoñados compromisos. Para que su atrevida y desenvuelta confidencia sea completa, el articulista ha de añadir que poco antes del referido lance acababa de contemplar, en un recinto académico, la imagen desazonante de tres mozalbetes enfrascados con pasión, en el intermedio de una clase a otra y en día muy remecido del calendario político, en una partida de cartas…

Las grandes crisis –y pocas hay en los anales de Occidente tan hondas como la presente-incitan a redescubrir viejos paisajes y a repristinar estampas desdoradas. Venturosamente, abundan en la iconografía y en la fotografía las que testimonian la entrega absorbente de maestros y maestras a la labor de instruir niños y niñas, con ardida esperanza de entrojar, en su comportamiento de adultos, los frutos más serondos de su trabajo. Todos los que han colocado ya su grano de arena en la formación de la adolescente mencionada, así deben experimentarlo en una atmósfera social menguadamente dispuesta al ejercicio de la gratitud.

Mas, probablemente, uno de los caminos principales por los que sea dable a la comunidad española acceder a horizontes de auténtico progreso y bienandanza radique en el trazado por su limpio y reconfortante ejemplo.
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