Egipto: de la primavera al caos
sábado 04 de febrero de 2012, 01:11h
No es, por desgracia, la primera vez que ocurren gravísimos hechos en un campo de fútbol, como los acaecidos en el estadio egipcio de Port Said -en el partido entre el equipo local, el Masry, y el Ahly,- que se saldaron con más de setenta muertos y más de mil heridos, además de una propagación de los disturbios a la capital egipcia cuando se suspendió el encuentro en el que iba a jugar el Zamalek y cientos de sus hinchas provocaron un incendio junto al estadio. El fútbol es un deporte que concita tan alto grado de pasión que en no pocas ocasiones ha desembocado en sangrientos altercados. Baste recordar algunos casos como el del estadio Lenin, de Moscú, donde, en 1982, murieron trescientas cincuenta personas, a causa de una avalancha humana, y lo mismo ocurrió en Lima, en 1964, donde perecieron más de trescientas, y en Heysel, en 1985, donde perdieron la vida cerca de cuarenta seguidores del Juventus.
Esa pasión se vive, sin duda, de una manera especialmente intensa en Egipto, por lo que no resulta descartable que razones deportivas fueran las que llevaran al brutal enfrentamiento a las dos hinchadas. No obstante, la tragedia egipcia ha tenido mucho de una tragedia anunciada e implica componentes que van más allá de un nuevo caso de violencia en el fútbol. No fueron pocas las voces que presagiaron que podía producirse estos días un sangriento desenlace en un partido, después de que Internet se convirtió en un hervidero de amenazas cruzadas entre aficionados, que sobrepasaban cualquier límite deportivo para internarse en terrenos ideológicos. Sin embargo, esos presagios, que desgraciadamente se cumplieron, no motivaron que se tomaran eficaces y contundentes medidas preventivas. Es más, parece que la Policía actuó con una total y absoluta negligencia y prácticamente no hizo nada para evitar en lo posible la tragedia.
Lo acaecido en Port Said ha puesto también de manifiesto la turbulenta y convulsa realidad que se vive en Egipto desde el comienzo hace un año de la Primavera Árabe y la caída de Mubarak. La Primavera Árabe abrió esperanzas de cambio hacia regímenes democráticos, pero parece que ahora esa primavera se deshilvana. Los hechos de Port Said están causando una gran desestabilización en el país. Su primer ministro, Kamal al Ganzuri, ha destituido a los dirigentes de la Asociación Egipcia de Fútbol (EFA) y al gobernador de Port Said., y la oposición exige la dimisión del ministro del Interior. Mientras se llora a los muertos, se suceden los cruces de acusaciones contra la Policía, la Junta Militar y los seguidores de Mubarak, buscándose desesperadamente un culpable claro de lo sucedido, y aumentan los enfrentamientos en numerosos puntos del país: en El Cairo hay ya cerca de setecientos heridos.
Es urgente evitar el caos, que solo puede conducir a una cada vez mayor inestabilidad en Egipto, ser una amenaza para su transición democrática, y contagiar a sus vecinos, socavando el iniciado camino hacia la libertad. Para ello un primer paso imprescindible es que se abra de manera inmediata una investigación independiente. Así lo ha pedido el Gobierno español, en la línea de lo declarado por la responsable de la diplomacia comunitaria, Catherine Asthton. La tragedia de Port Said no puede ser el detonante de que la Primavera Árabe antes incluso de haber llegado plenamente a su objetivo se marchite.