2017 echa el telón como uno de los peores años que se recuerdan en el ámbito forestal. Más de 176.000 hectáreas han ardido a lo largo y ancho de la geografía española, dejando un saldo de diez víctimas mortales.
Según los últimos datos del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, (que llegan hasta el 30 de noviembre), durante el presente año han ardido 176.587 hectáreas, una cifra que duplica la media de los últimos diez años: 87.385 hectáreas. Sólo en 2012 se quemaron más árboles (220.000 hectáreas).
La peor parte sin duda se la llevó el noroeste peninsular, donde se produjeron más de la mitad de los siniestros que sacudieron el país. Ha sido un año especialmente duro para Galicia, donde nadie olvida ese fatídico fin de semana de mediados de octubre en el que arderían casi 50.000 hectáreas, durante una devastadora oleada de incendios que teñiría de rojo los cielos de la Comunidad.
Cuatro personas perderían la vida a causa del fuego durante esas grises jornadas: dos en el interior de un vehículo en Pontevedra, un orensano que trataba de sofocar las llamas de su granja, y una persona más en Vigo, también en pugna con otro incendio, al sufrir una caída mortal.
Varios meses después aún no está claro cuál fue el origen de los incendios, que el presidente gallego, Núñez Feijoo calificaría de "terrorismo incendiario". Algo que apoyan estudios como "España en Llamas", según el cual un 80 por ciento de los fuegos que se inician en la comunidad gallega son intencionados.
No obstante, además de la posible intervención humana, varios fueron, según los expertos, los factores decisivos que intervinieron en el fatal desenlace ígneo que asolaría Galicia entre el 9 y el 16 de octubre.
Por un lado, la pertinaz sequía, la peor en dos décadas, que asola la totalidad del país, y que no sólo ha provocado mínimos históricos en los embalses, sino que también ha desecado bosques y praderas convirtiéndolos en una suerte de enorme yesca, que funciona también combustible.
Por otro, el huracán Ofelia, que azotó Reino Unido e Irlanda, amplificó aún más los efectos del fuego en el noroeste peninsular, causando vientos fuertes y cálidos que facilitaron la propagación del fuego; y haciendo que la humedad se desplomara por debajo del 20 por ciento, en zonas donde suele superar el 50.
Además, en el caso de Galicia, la ola de incendios coincidió con el finiquito de varios centenares de brigadistas, que no tardarían en ser recontratados por la Junta, ante la gravedad de la situación. No obstante, los brigadistas siempre se han quejado de "la falta de medios y de previsión". "Llevamos todo el verano avisando de lo que podría pasar", señalaba José Azat Puente, presidente del comité de Seaga a EL IMPARCIAL.
En el resto de España el fuego también dejaría su ennegrecida huella. La Cabrera (León), sería testigo del incendio más importante de 2017, por extensión. En él se calcinaron 10.000 hectáreas y se convirtió en uno de los de mayores proporciones que se han producido en España en lo que va de siglo. Por el valor ecológico de la zona afectada destacó el fuego que se desató en Moguer (Huelva) en junio, que arrasó casi 8.500 hectáreas (de ellas 6.761 del Espacio Natural de Doñana) y que obligó a desalojar a unas 2.000 personas.
Muy importantes han sido también los incendios que se han producido este año en La Granada de Riotinto (Huelva) en septiembre (3.852 hectáreas quemadas) y el de Yeste-Sierra del Segura, en Albacete, que durante los últimos días de julio y primeros de agosto quemó unas 3.300 hectáreas, y fue necesario el desalojo de 190 personas.
De acuerdo a los expertos, la sequía ha jugado un papel importante en todos estos incendios. No sólo porque no haya llovido, sino porque las elevadas temperaturas que se han dado hasta bien entrado el otoño son el caldo de cultivo perfecto para desastres como estos. Pese a que las lluvias de las últimas semanas han ayudado, no son ni mucho menos suficientes para reparar una temporada nefasta en términos hídricos, que ha traído la peor sequía en 20 años.
Según los datos del último boletín hidrológico, la reserva hidráulica española se encuentra al 38,1 por ciento de su capacidad total. Los embalses almacenan unos 21.391 hectómetros cúbicos (hm³) de agua, cifra que sólo en la última semana ha aumentado en 285 hectómetros cúbicos (el 0,5 por ciento de la capacidad total actual de los embalses). Con todo, las reservas parecen a todas luces insuficientes si se comparan con la media de agua acumulada en los últimos 10 años, que ascendía hasta los 31.691 hectómetros cúbicos, un 56,4 por ciento.
2017 ha sido un año de temperaturas récord. Durante el verano se han sucedido varias olas de calor, que han elevado el mercurio por encima de los 40º centígrados en diferentes puntos de la geografía española. Por ejemplo, durante el mes de junio en Madrid se alcanzaron los 39,5ºC, la temperatura más alta registrada nunca en ese mes en la capital.
Las olas de calor y su duración sitúan a España entre uno de los diez países más cálidos del mundo. Lo dice una investigación publicada en la revista especializada Environmental Health Perspectives, en la que un grupo de científicos (en colaboración con el CSIC) ha estudiado los 18 países donde las olas de calor son más comunes.
La sequía, al igual que las inundaciones o los incendios, son consecuencias directas del cambio climático en general, y del efecto invernadero en particular. Los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, el metano o los clorofluorocarbonos, impiden que la radiación del Sol sea reflejada correctamente por la corteza terrestre y vuelva al espacio, aumentando en consecuencia la temperatura global del planeta.
A mediados de agosto, antes de la catástrofe de Galicia, el físico José Miguel Viñas ya advertía en EL IMPARCIAL: “Urge reconducir nuestro propio desarrollo como sociedad si no queremos colapsar. El clima ya nos está avisando y si la magnitud del calentamiento global sigue aumentando, empezaremos a sufrir de forma más acusada las consecuencias”.