Desde hace tres semanas Stepanakert, la capital de Nagorno-Karabaj, sufre un bloqueo a manos de efectivos azerbaiyanos. En una clara operación de guerra híbrida y so pretexto de la defensa del medio ambiente, agentes azerbaiyanos han cortado la única carretera que une la ciudad con Armenia. 120.000 armenios de Nagorno-Karabaj están atrapados. En Stepanakert faltan alimentos, medicinas y otros bienes de primera necesidad. La intención del régimen de Aliyev resulta clara: hacer imposible la vida en el territorio armenio de forma que sus habitantes lo abandonen o se rindan. La guerra que comenzó en 2020, pues, ha entrado en una nueva fase.
La coyuntura parece propicia a Bakú. Los Estados Unidos ven en Azerbaiyán un socio. La Unión Europea, un proveedor insustituible de gas. La Federación de Rusia, un vecino y un cliente. El marco de negociaciones de Minsk, dinamitado por Azerbaiyán en 2020, ha quedado sustituido por un juego de intereses que está triturando a los armenios de Nagorno-Karabaj. Hace años, ningún agente azerbaiyano se hubiese atrevido a desafiar la autoridad del Kremlin a la hora de respetar un alto el fuego. Hoy Aliyev sabe que Moscú tiene mayores problemas que un conflicto sin resolver desde la década de los 90.
Sin embargo, hay un punto débil en la estrategia azerbaiyana. Bakú invierte notables recursos en construir una imagen internacional de país equiparable a las potencias regionales y a las democracias reconocidas. Su ascendiente en Washington y Bruselas es abrumador. Las acciones de comunicación estratégica en el campo de la cultura y el entretenimiento son costosas y, en cierto modo, efectivas: el festival de Eurovisión en 2012, el Gran Premio de Azerbaiyán de Fórmula 1 desde 2017, etc. Las acciones de influencia a través de relaciones públicas, lobby y propaganda tiene un nombre propio: la “diplomacia del caviar”.
Sin embargo, la agresión contra los armenios de Nagorno-Karabaj y el bloqueo de su capital están deteriorando esa imagen que tanto esfuerzo y dinero le ha constado construir al presidente Aliyev. A pesar de que sólo parezcan declaraciones y- en este sentido- sólo palabras, las resoluciones de los parlamentos y las acciones diplomáticas son un golpe al prestigio que Bakú pretende obtener mediante las relaciones públicas, la propaganda y la comunicación estratégica. A este respecto, el pasado 22 de diciembre el Congreso de los Diputados llegó a tiempo a su cita con la historia y aprobó por unanimidad una declaración institucional que decía seguir “con preocupación los diversos acontecimientos en torno al corredor de Lachin” y solicitaba “a las autoridades de Azerbaiyán que garanticen la libertad y la seguridad de circulación a lo largo del corredor, de conformidad con la declaración trilateral de 9 de noviembre de 2020”. El Congreso hacía “un llamamiento a las partes para resolver y abordar las diferencias mediante el diálogo y la negociación” e instaba “a las instituciones internacionales a prevenir una nueva crisis humanitaria en la región”. Ya el pasado mes de octubre la Cámara había manifestado su solidaridad con Armenia.
No cabe decir lo mismo, por desgracia, de una Unión Europea confundida y algo ofuscada. Josep Borrell celebraba el pasado día 24 la “conversación telefónica constructiva” con el ministro de Asuntos Exteriores de Azerbaiyán. Es evidente que, más de una semana después, el acceso a Stepanakert sigue cortado y ese espíritu constructivo ha quedado en nada. Es un error confiar en el régimen de Aliyev. Si hay un ejemplo de gobierno contrario a los valores de libertad, democracia y derechos humanos que la Unión pretende promover es el de Bakú. Desde la persecución de los opositores hasta la falta de libertad de expresión, el Azerbaiyán de Aliyev brinda ejemplos de todo lo que la Unión condenaría si no fuese por su desesperación energética y su confusión moral.
Podría decirse que la Unión no puede elegir sus amistades y que debe moverse sólo por sus intereses. Aceptemos la premisa: el interés de Bakú no es el de Bruselas. Hay algo extraño en esas exportaciones de gas que Azerbaiyán ha comprometido sin un aumento correlativo de la producción. Aliyev ha detectado la debilidad de la Unión y la exprimirá mientras pueda. Después, la abandonará cuando le convenga. Incluso el realismo político tiene ciertos límites.
Mientras tanto, se avecina una verdadera crisis humanitaria en Stepanakert y el resto de Nagorno-Karabaj. El pasado domingo 25 de diciembre más de cincuenta mil armenios se manifestaron en la ciudad asediada en protesta contra el bloqueo. En las redes sociales, empiezan a proliferar campañas que denuncian esta acción de guerra híbrida contra enfermos crónicos, ancianos de guerras pasadas y niños amenazados de hambre. Hay algo que no se ha comprendido en este conflicto: Nagorno-Karabaj no es una amenaza estratégica para Azerbaiyán, pero sí es un espejo que refleja el verdadero rostro de Bakú. No fueron los armenios los que hicieron saltar las conversaciones de Minsk por los aires. No fueron ellos los que atacaron en el verano y el otoño de 2020. No son ellos los que hostigan a tiros a cualquiera que pretende trabajar o desplazarse. Los armenios de Nagorno-Karabaj no pueden derrotar militarmente a Azerbaiyán mientras cuente con el apoyo de Turquía y de otros suministradores de material bélico que Nagorno-Karabaj no tiene. Sin embargo, esos armenios sí pueden mostrar al mundo lo que verdaderamente es el régimen de Aliyev.
En realidad, ya lo están haciendo.