Los antisemitas de izquierda y derecha están uniendo esfuerzos. Por un lado, los que denuncian a Israel como estado colonial, racista y genocida. Por otro lado, los que rescatan los viejos mitos judeófobos que van desde el judío asesino de niños hasta la conspiración judía mundial. Norman Cohn, León Poliakov y los demás estudiosos de la historia del antisemitismo han recobrado actualidad mientras la exposición “El espejo perdido. Judíos y Conversos en la España Medieval”, que se puede visitar hasta el 14 de enero en el Museo del Prado nos recuerda que, en realidad, el antisemitismo nunca se fue por completo de nuestra tierra.
El silencio sepulcral en torno a las responsabilidades de Hamás es el primer motivo de sospecha. La operación militar israelí está recordando muchas cosas que ya se habían denunciado: desde la complicidad de ciertas ONG hasta el uso torcido de la ayuda y las organizaciones internacionales. Sirva de ejemplo el hallazgo de docenas de cohetes enterrados bajo cajas de la UNRWA, la Agencia de la ONU para los palestinos, que ha sido la última revelación de unas semanas en que el mundo ha podido ver la extensión de la red de túneles de Hamás o la situación de los centros de mando, los puestos de observación y los arsenales junto a edificios de viviendas o en los bajos del hospital Al-Shifa. No faltan pruebas de cómo Hamás utiliza a su propia población como escudos humanos.
Sin embargo, el problema no es tanto de pruebas como de marco informativo, es decir, de la narración en torno a la cual se construye el relato de la actualidad. En esa narración, hay protagonistas, antagonistas, giros de guion, apariciones y desapariciones y todos los demás elementos de una historia. En ella, desde hace décadas, Israel ha ocupado el puesto que, desde antiguo, le venía correspondiendo al judío. El Estado judío democrático ha pasado a ser el judío entre los Estados y a sufrir los intentos de deslegitimación, demonización y aplicación de doble rasero que padecieron en el pasado los judíos. El nuevo antisemitismo, tal como lo denominó Pierre-André Taguieff, era esto.
En el año en que se conmemora el 80º aniversario del alzamiento del Gueto de Varsovia (1943), uno esperaría cierta claridad moral en los líderes europeos a la hora de pronunciarse sobre los atentados del 7 de octubre de este año y sobre la operación militar para rescatar a los rehenes -más de 240- y acabar con Hamás. Más de quince años de continuos ataques con cohetes y misiles requerirían cierta prudencia en el juicio acerca de la reacción israelí. Más de 1 200 israelíes muertos demandarían, al menos, unos minutos de silencio antes de ponerse a dar lecciones.
No entraré a calificar las acciones y declaraciones de Pedro Sánchez, sino sólo a subrayar el doble rasero que supone su silencio sobre Hamás. Ha condenado el atentado del 7 de octubre y ha afirmado el derecho de Israel a defenderse, pero sólo como coartada para reafirmar el relato de que Israel es responsable de las muertes de civiles. No ha dicho una palabra sobre el uso de su propia población por parte de Hamás. No ha condenado el uso de escudos humanos. Ha soslayado que el uso de instalaciones civiles para fines bélicos priva a éstas, según el Derecho de la Guerra, de la protección que tendrían. Ha pasado de puntillas sobre el absurdo de pedir proporcionalidad en una lucha asimétrica en que Hamás no respeta regla alguna.
Vivimos en un tiempo en que los antisemitas de ambos extremos del espectro político se dan la mano. Los tópicos de Mein Kampf y de Krokodril se mezclan en textos que rezuman el viejo odio al judío, ese odio que escribió las páginas más espantosas de la historia de Europa.
Releo en estos días las palabras de Juan Pablo II durante su visita al campo alemán de Auschwitz-Birkenau en 1979: «Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbocroata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano.
En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de "no matar", ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia».
Los muertos israelíes sufren hoy esa indiferencia. Las organizaciones feministas han callado en general ante las violaciones y asesinatos de mujeres israelíes. Los organismos de defensa de la infancia han vuelto el rostro a los niños israelíes muertos a manos de los terroristas del 7 de octubre. Las instancias de derechos humanos, que toleran que Hamás utilice a su propio pueblo como escudo, han guardado un clamoroso silencio cómplice ante la matanza de hombres, mujeres y niños perpetrada por los terroristas. La sombra de esa indiferencia las acompañará siempre.