Opinión

“Soldados malditos”

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 03 de marzo de 2024

Cuando todo había pasado ya, los llamaron “los soldados malditos”. De alguna forma había que describir a aquellos hombres que empezaron a luchar contra los invasores de Polonia en 1939 y siguieron hasta muy entrada la década de 1950. Al último lo mataron las fuerzas de seguridad de la Polonia comunista en 1963. Se llamaba Józef Franczak (1918-1963) y llevaba combatiendo desde la invasión soviética de 1939.

En su momento de máxima actividad, estas unidades de resistentes anticomunistas llegaron a contar con decenas de miles de hombres. Algunos historiadores dan la cifra de 100 000. Es difícil saberlo porque eran unidades paramilitares que libraban una guerra de guerrillas. Sus refugios eran los bosques, las marismas, las montañas y los páramos. Se infiltraban en los pueblos y las ciudades. Asaltaban comisarías para hacerse con armas. Tenían informadores y apoyos entre los patriotas polacos. Llegaron a hacer incursiones en campos de prisioneros para poner en libertad a los presos, como la incursión contra el campo de Rembertów una noche de mayo de 1945, que lideró el coronel Edward Wasilewski (1923-1968) y liberó a más de 500 presos. Mantenían la disciplina militar. Los nombres de sus organizaciones siguen evocando los días gloriosos y terribles de la resistencia antinazi y anticomunista: Fuerzas Armadas Nacionales, Libertad e Independencia, Ejército Polaco Clandestino, Unión Militar Nacional, Libertad y Justicia… No veían grandes diferencias entre la ocupación nazi y la soviética. En realidad, las dos aspiraban a acabar con la Polonia surgida de la Gran Guerra e invadida en 1939 por las dos potencias.

En general, a sus miembros los fueron matando en batallas y escaramuzas o en operaciones policiales. A los detenidos les esperaba la tortura y la muerte acompañadas, a veces, de juicios que ineludiblemente eran una farsa. Desde que, en marzo de 1945, los soviéticos empezaron a juzgar a los líderes de la resistencia polaca entre 1939 y 1945 -el más famoso fue el llamado Juicio de los Dieciséis en Moscú- resultó claro lo que los polacos podían esperar del nuevo ocupante. A los acusados los secuestró el NKVD, la siniestra policía política soviética, mediante la argucia de convocarlos a una falsa reunión. Los torturaron durante meses. Los acusaron de colaborar con los nazis. Los condenaron a distintas penas de prisión -varios murieron entre rejas- y, de este modo, descabezaron la resistencia en Polonia.

En Polonia, el NKVD empezó a detener a los miembros de la resistencia nacional polaca incluso antes del fin de la guerra. Los hombres de Moscú iban tras los hombres que seguían leales a las autoridades polacas en Londres, que habían dirigido la resistencia entre 1939 y 1945. Quienes habían luchado juntos contra los nazis entre 1941 y 1945 estaban ahora en bandos opuestos y los comunistas cazaban a los patriotas. Éstos se echaron al monte, a los bosques, a las marismas. Cuando, en 1947, las autoridades comunistas ofrecieron una amnistía, más de 50 000 salieron de la clandestinidad. Como era de esperar, se trataba de una trampa. A muchos los detuvieron a pesar de la amnistía.

El número de “soldados malditos” fue menguando por la disparidad de recursos para la lucha -el Estado lo tenía todo y la resistencia casi nada- y por el terror que los comunistas emplearon contra los civiles. Centenares de miles de detenciones entre 1944 y 1956 fueron el pórtico a los fusilamientos, las deportaciones y los encarcelamientos. El NKVD y la UB -siglas en polaco de la Oficina de Seguridad- aunaron esfuerzos para destruir a la resistencia. Eran dos policías políticas trabajando juntas contra unidades guerrilleras que atacaban y se esfumaban en la noche. Aquellos tenían armamento, medicinas, comida, prendas de abrigo y vehículos. Éstos sólo contaban con el factor sorpresa y una voluntad de resistencia que parecía inquebrantable. Los comunistas polacos y soviéticos fueron diezmando, poco a poco, las unidades de guerrilleros. En 1945, en la actual región de Podlaskie, capturaron a unos dos mil, que acabaron muertos o deportados a campos de trabajo en la URSS. No fue suficiente. Los patriotas polacos siguieron combatiendo. A mediados de los 50 seguía habiendo unidades guerrilleras operativas.

El avance soviético de 1944 y 1945 no significó el regreso de la libertad a Polonia, sino el inicio del dominio comunista. La influencia de Moscú era abrumadora. El Partido Obrero Unificado Polaco, nombre del partido comunista desde 1948 hasta 1990, era, en realidad, un instrumento controlado por la URSS. La libertad de Polonia era no sólo una ficción, sino un insulto a la inteligencia. Los “soldados malditos” decidieron seguir luchando contra lo que era, a todas luces, una ocupación más.

El combate de estos guerrilleros no fue un caso aislado. En los países bálticos -Estonia, Letonia, Lituania- se los llamó “Los hermanos del bosque”. La inspiración patriótica era similar. También fueron similares las campañas propagandísticas que pretendieron desacreditarlos. Los acusaron de antisemitas, colaboracionistas y traidores. La llegada de la democracia a Polonia y a la región del Báltico rehabilitó su memoria. Sus condenas fueron declaradas nulas de pleno derecho. El 1 de marzo, día del asesinato del “soldado maldito” Łukasz Ciepliński (1913-1951) en la prisión de Mokotów a manos de la UB, es hoy el Día Nacional de Recuerdo de los Soldados Malditos.

Esta columna se suma hoy a ese acto de memoria.