Opinión

Quién controla a Hezbolá

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 28 de julio de 2024

El pasado sábado Hezbolá, la organización terrorista que controla el sur del Líbano, lanzó un ataque con más de 200 cohetes contra poblaciones civiles en el territorio israelí. Varios de esos proyectiles se dirigieron contra el pueblo druso de Majdal Shams, al pie del monte Hermón, y cayeron sobre un campo de fútbol en el que jugaban niños y adolescentes. Los terroristas mataron a doce chavales de entre 10 y 20 años. Otros 19 resultaron heridos; seis de ellos, de gravedad.

Los cohetes empleados eran de fabricación iraní. Fue la República Islámica de Irán la que impulsó la creación de la organización terrorista. En julio de 1982, cuenta Ronen Bergman en «The Secret War with Iran. The 30-Year Covert Struggle for Control of A Rogue State», una delegación militar iraní llegó a Damasco para estudiar con sus colegas sirios cómo organizar a los chiíes del Líbano y emplearlos para combatir al ejército israelí. Así, de la movilización política que había liderado Musa al Sadr (1928-1978?) se pasó al terrorismo dirigido desde Irán. A aquel encuentro en la capital siria acudieron Mohammad Salimi, ministro de defensa iraní; el coronel Sayed Shirazi, comandante del Ejército; y Mohsen Rezai, comandante de la Guardia Revolucionaria, a quien acompañaba el agente de inteligencia Ali Reza Askari. Al poco tiempo de aquella visita, 3 000 hombres de la unidad Mohammad Rasulallah viajaron a Beirut a través de Damasco. El siguiente paso fue crear una organización que, bajo la apariencia de un partido político, movilizase a los chiíes del Líbano y terminara haciéndose con el control del Estado. Así vio la luz Hezbolá, el Partido de Dios, a mediados de 1983.

Desde entonces, Hezbolá es el árbitro de la vida política libanesa. Depende por completo de Teherán y recibe de allí sus instrucciones. Cuando el régimen sirio necesitó ayuda en la guerra civil, Teherán envió efectivos de Hezbolá a luchar codo con codo con su aliado sirio. Si es preciso dar un golpe en la mesa y demostrar quién manda en el Líbano, ahí están sus terroristas para desafiar al ejército libanés, a quien supera en todos los campos. Hassan Nasrallah (Beirut, 1960), secretario general de Hezbolá, no pierde oportunidad de amenazar a Israel. Desde el inicio de la operación militar contra Hamás en la Franja de Gaza, Hezbolá ha incrementado su actividad terrorista contra el norte de Israel, miles de cuyos habitantes han tenido que ser evacuados.

Sin embargo, quienes manejan los hilos de Hezbolá no están en Beirut ni en Damasco, sino en Teherán. Los ayatolás están desestabilizando toda la región a través de las organizaciones terroristas que trabajan para ellos en El Líbano, en Gaza y en el Yemen. Hezbolá, Hamás y los hutíes trabajan para los mismos jefes. Mientras esto no se entienda, será imposible retomar el proceso de normalización de la región que comenzó con los Acuerdos de Abrahán y que saltó por los aires con los atentados del 7 de octubre de 2023. Fue Teherán quien se encargó de impedir la posibilidad de que Israel y el mundo árabe entrasen en una nueva fase histórica.

Israel ya ha librado varias guerras contra Hezbolá, que al igual que el Estado Islámico combina tácticas de combate en campo abierto con las más habituales del terrorismo (el coche bomba, por ejemplo). La única democracia estable del Oriente Medio ha combatido ya contra el grupo que tiene como rehén a los libaneses y amenaza a otros vecinos como Chipre, a quien Hassan Nasrallah lanzó una advertencia el pasado mes de junio a propósito del uso de las bases chipriotas por parte de Israel.

Sin embargo, el conflicto que parece avecinarse -y que Hezbolá comenzó hace meses con sus ataques contra el norte de Israel- tiene visos de ser diferente de la guerra de 2006 o de las operaciones sectoriales del pasado. Los medios con que cuentan los terroristas después de años de suministros iraníes son formidables. A los cohetes se suman los drones. Sus hombres están atrincherados en el sur del Líbano y controlan a la población civil. Una operación terrestre supondrá muchas bajas militares y civiles.

Mientras tanto, la República Islámica de Irán se beneficia de la inestabilidad en la región y de la extensión del antisemitismo y el odio a Occidente. Su programa nuclear sigue progresando al amparo de la ingenuidad y la confusión moral de la comunidad internacional.