Opinión

Dos mártires de Barcelona

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 24 de noviembre de 2024

El 13 de abril de este año Su Santidad el Papa aprobó el decreto por el que se reconoce el martirio del padre Cayetano Clausellas Ballvé (1863-1936) y del laico Artonio Tort Reixachs (1895-1936), asesinados por odio a la fe.

Al padre Clausellas Ballvé, capellán de una residencia de ancianos, le pegaron un tiro en la cabeza. Cuando lo detuvieron el 14 de agosto de 1936 para matarlo, caminó sereno rezando el Te Deum. Al día siguiente dejaron tirado su cuerpo en una cuneta cerca de la ermita de San Julián de Altura. A Tort Reixachs, padre de 11 hijos, lo mataron junto a su hermano Francesc, por haber escondido en su casa a Manuel Irurita, obispo de Barcelona, a su secretario y a cuatro religiosas. Al obispo y a su secretario los detuvieron por sacerdotes; a Antonio Tort Reixachs por esconderlos y a su hermano Francesc porque constaba en una lista de tradicionalistas. La noche del 3 de diciembre unos milicianos los tirotearon en el cementerio de Montcada.

El sábado 23 de noviembre, víspera de la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, se celebró en la basílica barcelonesa de la Sagrada Familia la beatificación de estos dos mártires. Son tantos los sacerdotes, monjas, frailes y laicos asesinados durante la persecución religiosa que se vivió en España durante la II República y la Guerra Civil que uno podría llenar el año entero con sus testimonios -un mártir es un testigo- y faltarían días para contar sus historias. Por desgracia, en España se ha impuesto desde hace décadas un olvido que sólo pretende recordar a ciertas víctimas de la guerra, pero no a otras. La Iglesia, por supuesto, recuerda a sus mártires, pero en la sociedad española se ha ido erigiendo en torno a ellos un muro de silencio.

En efecto, las industrias culturales españolas siguen sin prestar demasiada atención a la memoria de aquellos a quienes mataron no por sus acciones, sino por sus creencias; mejor dicho, por las vidas que su fe en Cristo inspiraba y sostenía. No abundan las películas sobre los curas y monjas muertos en el Madrid bajo control republicano. Faltan cómics y novelas sobre los católicos miembros de la Adoración Nocturna detenidos y «paseados» hasta la tapia de un cementerio o la cuneta de algún pueblo de España. No hay obras de teatro ni museos que traigan al recuerdo, por ejemplo, al sacerdote pasionista y los ocho hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle) asesinados durante la Revolución de Asturias en la parroquia de Turón (Mieres). No se han dado subvenciones para producir una serie de televisión que cuente la historia de Florentino Asensio Barroso (1877-1936), obispo de Barbastro, beato, torturado y muerto mientras perdonaba y bendecía a sus asesinos. Tampoco las hay, por cierto, sobre los otros obispos mártires.

Este silencio es atronador en su elocuencia. El predominio del progresismo en las industrias culturales ya desde la década de los 80 significó el olvido de la persecución religiosa. La hegemonía cultural de socialistas, comunistas y nacionalistas vascos y catalanes significó el olvido de todo lo que pudiese manchar la memoria de la República que se trataba de construir y que, desde el 2004, se pretendió imponer mediante leyes. Las campañas de supresión del recuerdo de los mártires de los callejeros y los monumentos fueron jalonando la ofensiva en favor del olvido de aquellos crímenes. A medida que se intentaba socavar la reconciliación entre españoles, se iba arrinconando a las víctimas que incomodaban en aquel relato de una república democrática y moderada asediada por sus enemigos. Evocar los conventos en llamas en mayo de 1931 parecía de mal gusto. Mencionar los asesinatos, las violaciones, las profanaciones y los robos sonaba directamente a insolencia.

La tarea de memoria de la Iglesia resulta valiosísima. No en vano, la Iglesia ama la Historia, redimida por Cristo y de la que Él es Señor. Estos dos nuevos beatos no sólo se erigen en ejemplos y testigos, sino también en advertencia de que algo así jamás debe repetirse. La II República no terminó con edificios en llamas, sino que comenzó con ellos. El anticlericalismo y, más en general, el odio a la fe, marcaron unos años que conducirían a que hermanos se matasen entre sí, familias se desgarrasen y nuestro pueblo viviese su noche más oscura.

En su famoso discurso del 18 de julio de 1938, en el Ayuntamiento de Barcelona- la ciudad de estos dos mártires y de tantos otros- Manuel Azaña, presidente de la República Española, pronunció unas palabras que se han citado muchas veces: «[…] es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón».

Estos dos beatos y tantos otros mártires en toda España hicieron buenas aquellas palabras que pronunciaría quien tantas responsabilidades tuvo en aquellos años (ministro de la Guerra, presidente del Consejo de Ministros, presidente de la República). Murieron perdonando a sus enemigos sin necesidad de discursos ni proclamas.

Hoy esta columna los recuerda.