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ORIENT EXPRESS

Memoria de Paracuellos

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 06 de noviembre de 2022, 19:19h

Desde que José Luis Rodríguez Zapatero convirtió la división de los españoles en una política de Estado, la imposición de una pretendida “memoria histórica”, que en realidad es un pretexto para intentar reescribir la historia, ha determinado qué se recuerda y qué se olvida desde las instancias públicas: el sistema educativo, los medios de comunicación, los ministerios y las consejerías autonómicas que controla la izquierda, etc.

El intento de imponer un relato político sobre la II República y la Guerra Civil ha chocado, sin embargo, con la terrible verdad histórica de las matanzas de Paracuellos del Jarama y la persecución religiosa que sufrió la Iglesia católica en España en el siglo XX. Frente a ella, la formidable propaganda de la “memoria histórica” debe guardar silencio. Los mártires muertos a manos del Frente Popular por su fe católica siguen hablando con una voz que acalla todos los discursos complacientes con la República, benevolentes con la represión y cómplices de este intento de imponer el olvido.

La II República tuvo una dudosa legitimidad de origen y una evidente ilegitimidad de ejercicio. Llegó incendiando iglesias y conventos. Entre 1931 y 1939, la Iglesia sufrió un acoso desde el poder que supuso la culminación de una larga historia de anticlericalismo. Hay un camino que va desde el laicismo del siglo XVIII que difundieron ciertos ilustrados, pasando por la matanza de frailes en Madrid en 1834, las desamortizaciones de Mendizábal (1835-1837), Espartero (1841) y Madoz (1854-1856) y el anticlericalismo republicano. Más de un siglo de odio a la Iglesia terminó conduciendo a los “paseos”, las checas y las matanzas. Ante eso, no hay “memoria histórica” ni “democrática” que valga.

Ese odio a la Iglesia no se dio sólo en España, sino que afectó a toda Europa. En Francia, la Revolución se impuso a sangre y fuego en territorios como La Vendée (1793-1796). Ya antes había sucedido lo mismo, por cierto, con la Reforma Protestante en Alemania, Suecia, Islandia y otros países. A partir de 1789, el ideario de “libertad, igualdad y fraternidad” significó, para los católicos de Europa, la persecución y la violencia. En todo el siglo XIX español, el odio a los católicos y el anticlericalismo será una de las líneas de fractura de nuestro pueblo.

Todo esto yace, en general, arrinconado en la memoria colectiva. Es políticamente incorrecto recordar que la II República Española abrazó el ideario laicista y anticlerical que, desde el siglo XVIII, venía inspirando revoluciones y guerras civiles. Es incómodo advertir que, desde el primer momento, se trató de arrinconar a los católicos y de sumir a la Iglesia en el silencio. Es peligroso, hoy, decir la verdad sobre ese periodo que condujo a los españoles a una guerra fratricida que jamás, jamás, debe repetirse. El terrible grito “¡A por ellos como en Paracuellos!” contiene terribles resonancias que superan la mera exaltación política. No es un grito de crítica, sino un llamamiento al asesinato.

En estos días, la Asociación Católica de Propagandistas ha lanzado una campaña que recuerda que “España es el país donde más personas han muerto perdonando a sus verdugos. En nuestro país han sido asesinados más de 10.000 cristianos por no renunciar a Jesucristo. 2.053 ya están en los altares. Hoy más de 360 millones de cristianos en todo el mundo siguen siendo perseguidos y discriminados por su fe”. Es una iniciativa valiente y esperanzadora.

En efecto, en torno a los cristianos perseguidos, y en particular los católicos, se ha intentado levantar un muro de silencio. Las persecuciones pasadas se sepultaban en el olvido. Las presentes, se silenciaban. Todas se escondían bajo eufemismos o se descalificaban como exageraciones.

Sin embargo, los mártires siguen interpelando a las personas de buena voluntad en nuestro tiempo. Su muerte -radicalmente injusta- sigue clamando al cielo. Ellos siguen siendo testigos del horror de nuestro siglo, aquel en que yo nací, y a cuya sombra seguimos viviendo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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