Los Lunes de El Imparcial

Yasunari Kawabata: Lo bello y lo triste

Novela

Lunes 11 de mayo de 2026

Traducción de Nélida M. de Machain. Seix Barral. Barcelona, 2026. 240 páginas. 18.90 €. Se recupera la última novela del Premio Nobel de Literatura japonés, una gran historia que entrelaza amor y destrucción

Por José Pazó Espinosa



Muchas veces, se adjetiva la prosa de Yasunari Kawabata como etérea, elegante, enigmática, misteriosa. Sus obras, en general, tienen un desarrollo que se escapa de las normas occidentales: finales que no terminan nada, sino que, en todo caso, comienzan otras cosas; temas románticos o sexuales que se salen de la norma de lo habitual, de lo aceptado, de lo convenido.

No solo es políticamente incorrecto para los estándares actuales, sino también para los de la suya: hombres mayores que pagan por yacer junto a una mujer joven desnuda sin tocarla, mujeres que muerden los dedos de los hombres hasta hacerles sangre como muestra de su amor, padres que se enamoran de la mujer de su hijo o hijos que se enamoran de la amante del padre.

Un maremágnum de sentimientos y conductas que vienen en gran medida del gran Saikaku, el escritor dieciochesco del mundo flotante japonés, pero que Kawabata pasa por la poesía clásica y la gran tradición lírica y dramática nipona. Kawabata, para los japoneses, supuso la irrupción del esteta clásico adaptado al siglo XX: un hombre solitario, exitoso pero alejado de la actualidad, un escritor que miraba la sociedad contemporánea desde la atalaya de su japonismo antiguo y de su refugio en Kamakura, a la sombra del gran Buda.

En el siglo XV se escribió una obra de teatro noh, con argumento muy simple, que ha quedado para la historia como una de las más queridas por el público y la crítica. Nos referimos a Matsukaze, o “Viento entre los pinos”, recientemente publicada por la editorial Satori. Trata de un monje que, en un viaje a Suma, la playa de los destierros poéticos del Japón Heian, se encuentra con dos salineras trabajando a la luz de la luna.

El monje decide pasar allí la noche, y las dos salineras le confiesan ser en realidad dos hermanas, Matsukaze y Murasame, amantes de un poeta de hace varios siglos, Ariwara no Yukihira, que sufrió destierro en esa playa. En definitiva, que las dos salineras son en realidad espíritus de dos amantes que esperaron en vano la vuelta de su galán, quien les había prometido que volvería, pero nunca lo hizo.

Tras esa confesión, una de las hermanas, Matsukaze, se viste con la ropa que dejó el poeta antes de partir, y entra en un trance de celos, reproches y anhelos. Tras ello, las dos hermanas desaparecen y solo quedan la luna y el monje, que no sabe si lo que ha vivido es un sueño o una realidad.

Kawabata, en Lo bello y lo triste -hermoso y melancólico título--, traza un argumento con similares premisas. Un hombre casado, Oki, que vive en Kamakura (como Kawabata en la realidad), decide ir a Kioto a escuchar las campanadas de Año Nuevo y visitar de paso a una antigua amante, Otoko, a la que dejó embarazada con un bebé que murió al nacer cuando ella tenía 16 años y Oki más de treinta.

Tras el suceso se separaron, y ahora él viaja a Kioto en busca de esas campanadas de año nuevo y de su antiguo y culpable amor. Allí la encuentra convertida en una pintora de fama, viviendo en un viejo templo reconvertido en vivienda con una mujer más joven, discípula y amante, Keiko.

Oki vuelve a despertar la antigua pasión en Otoko, pero sobre todo lo hace en Keiko, la amante de Otoko, una joven aprendiz de pintora bella, salvaje y dada a la crueldad física y emocional. Solo que, en este bello y triste relato, la protagonista femenina, Otoko, no va a llevar a cabo una danza de redención, como en la pieza de noh, sino que va a ser víctima de las pasiones que Keiko va a despertar en Oki y en el hijo de este. Keiko, la mujer que quiere ser Otoko, llevará a cabo un plan desesperado y fatal de forma exitosa.

Kawabata escribió Lo bello y lo triste entre 1961 y 1963, y lo publicó como libro en 1965. Las obras que le llevaron a la fama estaban ya atrás: La bailarina de Izu, La pandilla de Asakusa, País de nieve, El sonido de la montaña, La casa de las bellas durmientes… En todas ellas, Kawabata se mostró fiel a ciertos patrones: el desdén por lo moderno, la observación del cuerpo y del alma de sus personajes con una objetividad profundamente subjetiva, el gusto por las pasiones oscuras y desviadas de la norma, el placer descriptivo de detalles que otros pasarían por alto, el apoyo en el lirismo clásico japonés.

No hay que olvidar que en Japón convive la poesía máxima (Ise monogatari, por ejemplo) con el antes mencionado Ihara Saikaku y sus historias bizarras y populares de amantes, cortesanas y sexo. Kawabata une esas tendencias en Lo bello y lo triste, nos lleva de la mano de la poesía a la anormalidad de lo normal. Algo que Tanizaki también practicó, aunque de una forma más discursiva y formalmente más occidental.

Yukio Mishima admiraba y amaba a Kawabata, y lo proclamó su maestro. Kawabata lo aceptó de buen grado, y el gran japonólogo Donald Keene contaba que el premio Nobel de literatura que la Academia Sueca concedió a Kawabata en el año 1968 tuvo como consecuencia dos muertes: la de Mishima con su melodramático suicidio en el Cuartel General de Autodefensa en Tokio en 1970, y la del propio Kawabata por un presunto suicidio por inhalación de gas en 1972.

La primera, según Keene, la precipitó el hecho de que el premio no se lo concedieran al propio Mishima, quien lo ansiaba y esperaba; la segunda, el sentido de culpa del propio Kawabata al ser él quien recibiera primero el premio, y por la muerte de su discípulo y amigo.

Kawabata practicó la soledad toda su vida. Tuvo dos grandes amores no correspondidos, el primero, con 17 años, hacia un compañero de escuela, un amor no físico; a los 21, se enamoró de Hatsuyo Ito, una belleza que lo rechazó estando ya comprometidos. Diez años después se casó con Hideko Matsubayashi, la mujer que ya no le dejaría y con quien, en 1934, se retiró a Kamakura, en una bella y escondida casa que se puede visitar.

Pero esos amores no correspondidos, fracasados, le acompañaron toda su vida. En Lo bello y lo triste, forman el poso de espera y deseo en el que actúan los personajes durante los nueve capítulos que conforman la novela. A esos sentimientos se unen los de abandono y rencor, deslizándose siempre sobre el fatalismo que desembocará en tragedia.

El final de esta novela se lee como una resolución un tanto ad hoc, lo que quizá sea una muestra de debilidad melodramática que Kawabata no tuvo en obras suyas anteriores. Podría haber dejado el final abierto, como en La casa de las bellas durmientes u otras, piensa uno. Y digo debilidad porque todos sabemos que ni lo bello ni lo triste tienen en realidad final alguno, esa es su enorme fuerza y a la vez su condena.

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