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[i]Siempre nos quedará Oxford[/i]

domingo 26 de febrero de 2012, 11:10h
En tiempos de crisis, no sólo económica, alivia un poco la noticia de la celebración de un debate científico y teológico seguido por miles de personas en directo y a través de internet. El lugar: el teatro Sheldonian de la Universidad de Oxford. Los participantes: Richard Dawkins, biólogo agnóstico, y Rowan Williams, arzobispo de Canterbury. El moderador: Anthony Kenny, profesor de Filosofía. El asunto: “la naturaleza de los seres humanos y la cuestión última de nuestro origen”. Ha sido algo así como una reedición del debate que tuvo lugar en la misma Universidad, hace siglo y medio, entre el biólogo Thomas Henry Huxley y el obispo Samuel Wilberforce, recién publicado El origen de las especies de Darwin. Me viene a la memoria el debate celebrado en los cuarenta del pasado siglo en la BBC entre Bertrand Russell y Frederick Copleston sobre la existencia de Dios.

Acaso no haya cuestión más relevante hoy como la que trata de las relaciones entre ciencia y religión. En el siglo XIII, las principales Universidades europeas disputaban sobre las relaciones entre el pensamiento cristianismo y el aristotelismo redescubierto. Algunos pensaron hace unas décadas que el debate de nuestro tiempo era la relación entre el cristianismo y el marxismo. Hoy sabemos que eso es algo viejo y superado. La verdadera cuestión es la relación entre religión y ciencia (quizá, sobre todo, la biología, más aún que la física). De eso se ha disputado en el teatro universitario, con profundidad y elegancia. Escribo de oídas, ya que aún no lo he leído, y sólo he tenido noticia a través de la Prensa. De esta noticia, destaco lo siguiente. En primer lugar, ganó el que tenga razón, y eso no se sabe todavía. Dawkins reconoció, como es evidente, que la ciencia no contesta a todas las preguntas, pero piensa, creo que sin ella, que algún día lo hará. Así, reconoce que ignoramos, entre otras cosas, el origen del ADN y la explicación de la conciencia. Por otra parte, admite que no es imposible, sino sólo altísimamente improbable, que existan fuerzas sobrenaturales. Por lo tanto, la ciencia no excluye absolutamente lo sobrenatural.

Pero lo fundamental reside, si no me equivoco, en una afirmación no demostrada ni, por ello, científica, del científico: “Invocar a Dios como creador del Universo va contra toda lógica científica. Todo ha surgido de la nada”. Aquí el científico se extralimita y va más allá de la ciencia. La idea de un Dios creador no es científica pero tampoco anticientífica; es acientífica. La ciencia no dice nada de Dios, ni a favor ni en contra, porque no se ocupa de Él. Como no se ocupa de la belleza ni de la bondad. ¿Cabría afirmar que no existe la bondad porque la ciencia no se ocupa de ella o no puede conocerla o describirla? Tampoco puede afirmar la ciencia que todo haya surgido de la nada. Esta no es una afirmación científica.

La ciencia se ocupa sólo de aquello de lo que el método científico puede ocuparse. De lo demás, debe callar; nunca negar, ni tampoco afirmar. Los límites de la ciencia no prueban lo metafísico, pero tampoco lo niegan. La limitación de la ciencia no abre el ámbito de la superstición, pero también se puede convertir a la fe en la ciencia en una superstición. Leibniz y Heidegger sostuvieron que la pregunta metafísica fundamental es ¿por qué hay algo y no nada? Esta pregunta no es científica. Su respuesta, por tanto, tampoco puede serlo. La ciencia no puede desentrañar el misterio de la realidad.

Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña la ciencia. Probablemente nada es lo que era. Tampoco Oxford. Pero ante la oscuridad de la actualidad, cabría remedar la célebre frase cinematográfica y afirmar, con un punto de nostalgia: siempre nos quedará Oxford.
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