La Carta de los Doce
lunes 27 de febrero de 2012, 21:14h
Hasta las medicinas más indispensables para curar una enfermedad pueden ser fatales si se sobrepasan las dosis correctas. No es infrecuente que lo que sirve para remediar un determinado mal produzca otros daños; de ahí que la sabiduría de un buen médico consista, precisamente, en mantener la atención respecto de los aspectos positivos y negativos que puede llegar a causar un remedio, para potenciar a los primeros y reducir al máximo los segundos. Los prospectos que acompañan a los fármacos son, en ese aspecto, una interesante literatura porque a veces el ingenuo lector tiene la impresión de que solo se va a curar del mal que le aqueja al precio de un enorme cúmulo de daños y perjuicios en otros aspectos de nuestra compleja y delicada biología. Seguramente ahí tiene su origen la vieja máxima popular según la cual, en ciertos casos, “es peor el remedio que la enfermedad”. El doble filo que tienen ciertas medicinas no es un problema exclusivo de la sanidad, ya que también puede producirse en el ámbito de la economía, sobre todo en una circunstancia como la actual en la que se trata, ante todo, de salir cuanto antes y con el menor daño de la crisis en que estamos instalados desde hace ya tantos años. Cuando se ha despilfarrado como se ha hecho aquí durante le etapa socialista y se ha llevado tanto el déficit como la deuda pública hasta niveles de bochorno es de sentido común que no cabe sino apretarse el cinturón: Se impone la austeridad que estremece a esos gobiernos que solo piensan en la elección siguiente y en seguir derramando beneficios sobre sus clientelas.
Se trata por lo tanto de, sin pasarse, asumir la dosis justa de austeridad. Y ese ha sido el consejo de la mayoría de los expertos y la política de la mayor parte de los gobiernos de la UE, especialmente después de que el caso de Grecia, pero también los de Irlanda y Portugal y, a mucha mayor distancia, la situación de Italia y España, han impuesto, por la propia necesidad de las cosas, el obligado recurso a duras medidas de austeridad que, en nuestro caso, no han empezado a ser una realidad creíble hasta que no llegó –todavía no hace ni dos meses- el nuevo Gobierno que preside Rajoy. La austeridad, con mayúsculas y con el máximo rigor, se ha impuesto como la política indispensable. Pero, desde hace algún tiempo los expertos vienen advirtiendo que una dosis excesiva de austeridad, hace imposible el crecimiento, produce la caída del PIB, afecta seriamente a la demanda y puede incidir negativamente en el desempleo que, en un país como el nuestro, alcanza ya niveles inaceptables. Se explica así que amplios sectores europeos, en los gobiernos y en las sociedades, empiecen a pensar que hay que hacer algo para que, sin abandonar la obligada política de austeridad, se tomen medidas que puedan favorecer el crecimiento y, en consecuencia, aceleren la salida de la crisis.
A eso obedece la “Carta de los Doce” como se ha denominado al documento que, a principios de la semana pasada, han dirigido a los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión Europea, una docena de jefes de gobierno de la UE, entre ellos Mariano Rajoy. Los ocho puntos de la Carta merecen una atención y una reflexión que, aparte de dar la noticia, no le han prestado muchos medios informativos. Algunos ni se han molestado en transcribir íntegro el documento que contiene interesantes ideas para fortalecer el mercado único; hacer efectiva la directiva de servicios, que muchos miembros de la UE ignoran, hacer realidad el mercado único digital, abordando los complejos problemas que plantea; conseguir que en 2014 exista en la UE un mercado energético único; fomentar la innovación creando un Área Europea de Investigación; abrirse a los mercados de este mundo globalizado, haciendo realidad un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos; reducir el peso de las reglamentaciones excesivas, lo que redundará en beneficio de las empresas medianas y pequeñas y abordar la creación de, literalmente, “un sector de servicios financieros robusto, dinámico y competitivo que cree puestos de trabajo y provea un apoyo vital a ciudadanos y empresas”.
El programa no puede ser más ambicioso y estimulante y, con toda seguridad, por ahí pasan las líneas del necesario crecimiento que no nos condene a la recesión cada poco tiempo. Evidentemente no va firmada la Carta por todos los miembros de la UE pero sí por un número suficiente como para que ya en el Consejo Europeo de junio –como se pide expresamente- se aborden a nivel institucional europeo sus propuestas. Es notable señalar que entre los firmantes hay miembros de la eurozona, exactamente siete y cinco que no lo son. Más notable todavía es que los dos países motores de la UE, Alemania y Francia, no figuran entre sus firmantes. Las especulaciones se han disparado y quizás todo se deba a que “Merkozy”, como se denomina ahora al tándem formado por los dos dirigentes de esos países, no quieren que, por el momento se desvíe la atención de la obligada austeridad y de la norma comunitaria de estabilidad que, no hay que olvidar, fueron ellos los primeros en transgredir, hace algunos años. Pero nadie quiere hacer sangre con estas disquisiciones y por eso el ministro de Guindos ha dicho que no quiere que se hagan “interpretaciones” del documento. Pero al propio ministro le ha parecido oportuno señalar, tras afirmar que “la austeridad es importante y el Gobierno español está absolutamente comprometido con la austeridad presupuestaria”, que “lo básico” y lo que quieren los ciudadanos europeos es volver al crecimiento y a la generación de empleo”. La cuestión ahora es combinar adecuadamente austeridad y crecimiento, desmintiendo a los que estiman que eso es la cuadratura del círculo.
Aunque el contexto era totalmente diferente, es inevitable recordar la “rebelión” contra el eje franco-alemán que se produjo en enero de 2003 cuando, a propósito de la guerra de Irak, Schröder y Chirac se permitieron asumir una representación de la UE que nadie les había dado. La respuesta fue también una carta firmada inicialmente por ocho miembros de la UE -incluidos tres candidatos como Polonia, Hungría y la República Checa- que, entre otros argumentos, resaltaba la importancia del vínculo transatlántico. Pocos días después se sumaron a aquella carta los diez primeros ministros de otros tantos países de Europa central y oriental, candidatos o precandidatos a entrar en la UE. Aquel incidente provocó una tormenta entre lo que se llamó la “Nueva Europa” y la “Vieja Europa” que no fue positiva para la cohesión de la UE. Pero queda una lección que no hay que desaprovechar y es que, aunque nadie puede negar el papel motor de Alemania y Francia, la actual UE con 27 miembros no pude ya funcionar como, en sus orígenes, cuando solo la formaban seis países. Habrá que escuchar a todos aunque, ciertamente, no todos tengan el mismo peso. Como, con cierto cinismo, comentó Giscard, en privado, en cierta ocasión: En Europa, todos los ciudadanos son iguales, pero no lo son todos los países. Era cuando decía que el núcleo duro de la UE eran cinco países que ya estaban (Francia, Alemania, Italia, Reino Unido y España) y un sexto que, entonces, todavía no estaba, Polonia. Después nos la jugó a los españoles, como ya lo había hecho cuando el proceso de integración… Cosas.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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