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Crónica cultural

Chus García-Fraile en la Galería Álvaro Alcázar

viernes 02 de marzo de 2012, 19:21h
Hasta el 7 de abril, se puede visitar la exposición Megalópolis, de Chus García-Fraile, en la Galería Álvaro Alcázar, en Madrid. Además, se publica por primera vez en español Claraboya, (Alfaguara) un manuscrito perdido que José Saramago escribió con treinta y un años. Por Jacinta Cremades
Hay artistas a quienes les gusta un tipo de soporte y se atienen a él, otros tienen temas predilectos de los que no se desprenden durante toda su vida creativa, la madrileña Chus García-Fraile, que ayer inauguró su exposición en la Galería Álvaro Alcázar, no se queda encasillada ni en un mismo soporte, ni en un mismo tema. Su deseo es investigar las diferentes maneras de crear y de “proyectar” sus ideas, o, como en esta muestra, su visión de la ciudad.

Después de haber utilizado los objetos de la vida cotidiana, tuppers, contenedores de basura, carteles, etc., que, por medio del color y del alineamiento llena a su insignificancia de alegría, en esta muestra llamada Megalópolis, se decanta por el blanco y negro. Grandes telas al carboncillo y manchas de pintura blanca, sus ciudades, son inmensos rascacielos que llegan, literalmente, a invadir el cuadro, sin un solo ser humano. Tan solo las luces encendidas, en esas torres oscuras, nos indican su presencia, a modo de ausencia.

Un animado mundo artístico acudió a la cita. Entre ellos, el pintor Simon Edmondson, los arquitectos Jacobo Alonso, Lourdes Manzano y Jaime García Valcárcel, el artista y actor Iván de Lucas y la escritora Lucía Montojo. También estuvo entre los asistentes, el artista, arquitecto de formación, Ignacio Alcázar que, con su sonrisa característica y sabiduría cultural, nunca deja de acudir y animar las inauguraciones de la galería de su hermano.

Además, si nos vamos hacia temas literarios, un retorno al pasado. En 1957, una editorial portugués rechazó el segundo libro del hoy premio Nobel José Saramago. A veces, un rechazo o una mala contestación pueden hundir a una persona. Y más, si se trata de un artista. Con tan solo 31 años, un joven y desconocido Saramago entregaba un manuscrito en una editorial. Era su segundo libro, después de que en 1947, Saramago publicaba Tierra de pecado.

No solo se lo rechazaron sino que perdieron el manuscrito que fue encontrado, treinta y siete años más tarde, durante una mudanza de la misma editorial. “¿Sería un honor publicar ahora su manuscrito, Sr Saramago?”, “Obrigado, ahora no”, les contestó el autor, perplejo, no sólo de la osadía de la editorial, sino también de la falta absoluta de visión de aquellos que controlan el mundo editorial.

Ayer se presentó en Madrid, la novela Claraboya publicada en español por Alfaguara. Lo único que pidió el autor es que el libro se editara después de su muerte. La obra se sitúa en 1952, en Lisboa, en un bloque de vecinos, de los muchos levantados en cada barriada, en una ciudad que bien podría ser la de cualquiera. Empieza un nuevo día, uno de tantos, y los vecinos se apresuran a sus trabajos, se desperezan en sus camas, se acicalan en sus baños o se afanan en sus cocinas. Un microcosmos con la dictadura de Salazar como telón de fondo.
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