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CRÍTICA

Haruki Murakami: 1Q84, libro 3

domingo 04 de marzo de 2012, 12:44h
Haruki Murakami: 1Q84, libro 3. Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets. Barcelona, 2011. 416 páginas. 22 €
En enero de 2011, Tusquets publicó los dos primeros libros de la versión española de 1Q84. Para aquellos que no lo leyeran en su momento, 1Q84 es un guiño al 1984 orwelliano, ya que Qse pronuncia en japonés igual que el número nueve, kyu. En los dos primeros libros, Murakami nos entregaba una buena dosis de su receta literaria: fusión de realidad y fantasía, ambigüedad de personajes y situaciones, marcas de productos, referencias a la música pop y a la culta, y referencias literarias. Todo ello alrededor de una historia de amor entre Tengo, un profesor de matemáticas y escritor furtivo, y Aomame, una entrenadora de gimnasia y asesina de maltratadores. 1Q84 es un año y es un mundo, es un momento en el tiempo y en el espacio en el que Aomame penetra bajo la mirada de un gato, de forma semejante a como Alicia entra en su mundo maravilloso. En 1Q84 hay dos lunas separadas por poco espacio, que de alguna forma simbolizan a Aomame (la habichuela azul) y a Tengo, también separados por un espacio reducido, y un entorno subvertido en el que la little people, unas pequeñas personitas de apenas cinco centímetros, tejen crisálidas de aire para atrapar álter egos, almas.

Las crisálidas del aire son creaciones de una escritora, Eriko Fukada o su acrónimo, Fukaeri, hija del líder de la secta y autora adolescente de La crisálida del aire, novela que Tengo ha corregido y convertido en un superventas. A su vez, Tengo está escribiendo otra novela. A medida que avanzamos en la lectura, las dudas sobre la realidad o unicidad del mundo narrativo aumentan: ¿qué es 1Q84? ¿A qué mundo corresponde? ¿A la novela de Fukaeri? ¿A la que está escribiendo Tengo? Los personajes de Murakami, ¿son personajes a su vez de novelas que escriben sus personajes? Entonces nos damos cuenta de que hemos caído en la trampa, en la red que Murakami hábilmente nos ha tendido de mundos y metamundos. ¿Dónde están Aomame y Fukaeri? ¿Dónde está Tengo? ¿Es Aomame un personaje de la novela de Tengo? ¿Depende su destino, y el de Tengo en última instancia, de lo que éste escriba? ¿De los azares inconscientes del autor? Y, en última instancia, ¿dónde estamos nosotros como lectores? ¿No somos al final otro personaje más de Tengo y, en última instancia, de Murakami? Estas preguntas se deslizan sutilmente, confusamente, con ambigüedad, mientras leemos, y nos llevan a ser presa gozosa de uno de los embaucadores literarios de mayor tonelaje del momento. Porque Murakami teje una red cervantina, un trampantojo de mundos mentales posibles en los que solo cabe abandonarse, volver al estado del niño que persigue a Alicia que a su vez persigue a un conejo que persigue algo que no sabemos qué es. Son muchas persecuciones.

Sin embargo, la novela, a pesar de la complejidad aristotélica espacio-temporal, no es una novela de acción. Murakami es un autor postmoderno en la estela de Genichiro Takahashi y de Yasutaka Tsuitsui, el capo de la metaliteratura nipona. La mezcla de realidades y mundos literarios junto con el uso masivo de símbolos culturales está ahí. Es la nueva literatura japonesa que surgió en los ochenta, entusiasmada por practicar un occidentalismo oriental que tuvo su cuna en el archipiélago nipón y que seguro que tendrá una proyección futura en la China continental. Pero, además, Murakami se deleita con ese estilo tan japonés magico-realista, similar, aunque más fantástico, al de algunas autoras niponas actuales como Hiromi Kawakami o Banana Yoshimoto, cuya esencia es la detención del tiempo. La detención del tiempo hunde sus raíces en el zen, pero su manifestación más espectacular se da en el kabuki. En la representación de una obra de kabuki hay un momento en el que los actores se detienen. Quedan congelados formando un cuadro particular en el escenario. La detención dura bastantes segundos, casi un minuto a veces. Los espectadores observan el cuadro en silencio y juzgan su valor artístico. Son momentos de deleite especial, extraño, introspectivo. Luego el público prorrumpe en un aplauso y la representación continúa. Murakami, en sus novelas, detiene el tiempo a menudo. La acción deja de existir y el narrador se desliza entre los personajes detenidos, alrededor de la acción congelada, y el autor la observa y describe como si fuera un paisaje submarino, carente de sonidos, de palabras, de vibración. Solo permanece la respiración de los personajes y la del lector, ese sonido rítmico, ese mantra primordial. Luego, la acción se retoma y el lector efectúa un aplauso imaginario.

Algo que agradecerán muchos lectores es que para leer este tercer libro de 1Q84 no es necesario haber leído los dos anteriores. Todas las claves están aquí, todas las explicaciones, todos los hilos. Los ecos de la secta Aum Shinrikyo que gaseó Tokio en 1996 o el sinsentido de los terremotos externos o el sentido de los internos; los animales como enigmas; el amor como misterio sobre el que gravitan todos los demás; la paternidad; la maternidad. De hecho, este tomo concentra los anteriores y los hace en cierta forma superfluos. Aunque las preguntas permanecen. En algún momento, Aomame piensa algo que bien puede resumir lo que siente el lector hacia el final del libro: “Nos adentramos en un lugar peligroso donde la lógica no tenía validez; superando duras pruebas conseguimos encontrarnos y juntos hemos salido de él.”

¿Respuestas? ¿Se puede esperar alguna respuesta de un mundo que, como un personaje del libro afirma, ha sobrevivido al nazismo, a la bomba atómica y a la música contemporánea? Aomame, sintetizando la necesidad que todo personaje tiene de encontrar un autor, o que todo ser humano siente de encontrar “al otro”, expresa un deseo: “¿Dónde estás, Tengo? Encuéntrame enseguida. Antes de que otro me encuentre.” En este sentido, el lector es quien construye 1Q84. Murakami y la lectura japonesa más actual ha aceptado la declaración de Duchamp por la que arte es todo lo que se define y se trata como arte: los pantalones vaqueros de la pared blanca del MoMA. El lector construye y reconstruye, juzga y crea. Se abandona y desconfía. Todo ello con final feliz, en la más pura escuela cinematográfica. Porque la clave de esta novela seguro que está en ella misma. Cada uno la encontrará a su manera. Para algunos quizá sean los versos de la canción que el líder de la secta tatareó aquella noche de tormenta: “Es un mundo circense, / falso de principio a fin, / pero todo sería real / si creyeses en mí.”

Porque el secreto mejor guardado de 1Q84 seguramente sea este, el de que sin fe nunca habrá arte.

Por José Pazó Espinosa
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