Putin vuelve al Kremlin
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 05 de marzo de 2012, 08:10h
Con el aire cansado de lo “déjà vu”, la medio noticia del día es que Vladimir Putin ha ganado sobradamente las elecciones presidenciales rusas –ni siquiera necesitará la segunda vuelta, al haber obtenido más del 50 por ciento de los votos- y como presidente de Rusia volverá a instalarse en el Kremlin, donde ya a finales de siglo le colocara Boris Yeltsin. El interregno como primer ministro no ha sido otra cosa que la treta constitucional para permitir su vuelta al poder real y Medvedev el interino consentido para calentar el banco mientras se producía el regreso. Un juego casi británico de “musical chairs” en el que nada falta por saber, si no es el destino que el indubitado zar de todas las nuevas Rusias deparará a su predecesor, en alguna ocasión inclinado a darse algunos aires de independencia. ¿O formaba ello también parte del juego?
Según las posibilidades constitucionales rusas, Putin podría ahora inaugurar un doble mandato que, de ser reelegido en 2018, le llevaría a regir los destinos del país hasta 2024. Algo que haría soñar a los Kirchner en Argentina, a Chavez en Venezuela -siempre que la Parca lo permita- o a Ortega en Nicaragua: una continuación indefinida de mandatos otorgados bajo la apariencia de una democracia multipartidista que celebra periódicamente elecciones dicen que libres. La fórmula es tan perfecta que ya no necesita de espadones anticuados tipo Castro, Gadafi o Assad, practicantes abiertos del partido único y la porra siempre a mano.
Siendo todo relativo, injusto sería negar la magnitud de la victoria o proyectar sobre ella, según todos los datos disponibles, un manto generalizado de irregularidad. Los rusos prefieren a Putin y han votado por el de manera mayoritaria, por mucho que no quepa desconocer la protesta y el descontento de abundantes clases ilustradas urbanas. A Putin y sus seguidores se les veía algo inquietos ante las manifestaciones de sus adversarios, en señal de que no todo en Rusia es una marea inmatizadamente pro putinista. En la hora de la verdad, con todo, y sabiendo que a diferencia de lo que pensaba Tierno Galván en democracia no existen votos de calidad, la ciudadanía ha optado por la forma post soviética que el reelegido ha hecho suya: un modicum de recuperación económica –a la que poderosamente ayudan los precios petrolíferos-, un rotundo quantum de nacionalismo chovinista, un trato de favor para los corruptos adictos al sistema, una vigorosa imposición de un orden que no guarda muchas contemplaciones con el respeto a los derechos humanos o a las normas básicas del Estado de Derecho. La verdad es que imaginar que una población sometida durante setenta años a las sevicias del comunismo se adaptara de inmediato a las costumbres de las democracias occidentales era un puro desvarío. Putin lo sabía y hasta ahora lo lleva interpretando a la perfección. Bien se encargará él y sus seguidores de mantener sobre el sistema la mezcla adecuada de incentivos y castigos para que no falle la composición de la psique popular. No lo ha hecho en los más de veinte años transcurridos desde que despareciera la Union Soviética.
Cierto es también que Putin nunca ha hecho ocultación de su nostalgia por la desaparición del imperio, a la que ha llegado a calificar de “la mayor tragedia geoestratégica de los tiempos modernos”. Las claves de muchas de sus acciones se encuentran precisamente en ese recuerdo dolorido de la perdida grandeza de la patria a la que el tan fielmente y sin ningún remordimiento sirvió en las filas de la temida KGB. La reelección le permitirá ahondar en lo que evidentemente constituye la línea maestra de su acción: recuperar para Rusia el “status” de gran potencia que llegó a tener la Union Soviética. Es en realidad un juego de complicadas apariencias: ni la economía, ni la demografía, ni la fibra social permiten suponer que ello sea posible, mas allá de las satisfacciones que depara el seguir ocupando un puesto de miembro permanente en el Consejo de Seguridad y poderse permitirse el lujo, como antaño, de vetar algunas iniciativas americanas en la arena internacional.
Sólo el tiempo nos dirá si el reelegido como moderno zar utilizará su renovado mandato para acabar con los excesos de las fuerzas de seguridad, para promover una injusticia independiente e imparcial, para acabar con la corrupción que anida en los aledaños del poder, para luchar contra los separatismos en los márgenes de la ley, para respetar la libertad de prensa y opinión, para conducir una política exterior que no pretenda ser una reedición de la soviética. Pero sea el viejo o el nuevo Putin no habrá más remedio que entendérselas con él como resultado de unas elecciones cuya normalidad nadie podrá poner seriamente en duda. Así es la democracia. O al menos parte de ella.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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