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La destrucción de un hotel

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 09 de marzo de 2012, 21:52h
Una de las calles más conocidas pero no más transitadas del Madrid de los Austrias ofrece una tonalidad sorprendente. En su no largo recorrido, la España cañí tiene en la profusa cartelería taurina de sus tabernas y en sus tablaos flamencos la mejor muestra. Paredaños con ellos, en aceras opuestas, dos hoteles de modesto rango albergaron durante varias décadas de la centuria pasada, respectivamente, a los concursantes y jueces provincianos de buen número de las oposiciones a cátedras universitarias. El ruido de las animadas fiestas de la gitanería y el fragor de las espaciadas peleas entre algunos amantes desencantados no perfilaban, desde luego, la mejor atmósfera para el estudio y la reflexión; pero, con la ayuda muy ocasional de conserjes y serenos, la coexistencia entre unos y otros establecimientos era ordinariamente apacible. Una ley no escrita, sutil pero de fuerte simbolismo, desaconsejaba que, incluso los más acaudalados moradores del primero de los hoteles, se aposentaran en el segundo, de mayor empaque. El sueño de los clientes del primero estribaba en mudarse al Hotel Inglés, venerable reliquia de los días de plenitud isabelina, allá por los comedios del siglo XIX. Tal acontecimiento implicaba no sólo la materialización del más entrañado de sus deseos vocacionales, sino también, con la realización personal, el comienzo de una actividad consagrada al avance del país, a través de la investigación ahincada y la docencia ilusionada en una acogedora capital de provincias, o, en los más ambiciosos, en las mecas madrileña o barcelonesa…

La desventura de los tiempos ha traído, pese a la frecuente y masiva visita de chinos y nipones, la indeclinable decadencia de los tablaos entre el público indígena, y la destrucción del vetusto mas aún señorial Hotel Inglés. Terminología ésta, sin duda, bien expresiva de los anhelos de modernidad y progreso que alentaban en sus promotores. Como en otros muchos lugares de España –San Sebastián, Burgos, Sevilla, Reus, Valencia…-, sus primitivos dueños indicaban con dicha denominación la aspiración del mejor destino para el local, al tiempo que también para su patria. Uno y otra no podían, por supuesto, encomendarse a más alto patrocinio que el de la nación elevada en la era victoriana al liderazgo mundial. Gran Bretaña cifraba el porvenir más halagüeño que podía imaginarse para una España que, tras haber perdido su estatus imperial y de primera potencia, encontraba en ella el modelo más acabado de desarrollo pacífico y convivencia fecunda, a la sombra de la revolución industrial y el encumbramiento liberal.

En su arquitectura y atrezzo el madrileño Hotel Inglés estuvo nimbado por cierto halo británico. Estancias y decoración semejaban esforzarse por imitar los usos anglosajones, adaptados a los de la burguesía provinciana que constituía el núcleo de su clientela. Nombres muy ilustres, y hasta esclarecidos, de la cultura y la ciencia española de los últimos ciento cincuenta años vivieron en periodos generalmente breves en el hotel ha poco destruido. En coyunturas en que, sorprendente, se hermanaban la inquietud con la esperanza, el cronista vio o visitó en su espacioso vestíbulo a dii maiiores de una Universidad también desaparecida para siempre: D. Ramón Carande, D. Antonio Domínguez Ortiz -éste, como opositor…-, D. Jordi Nadal, D. Joan Reglá Campistol…, asiduos huéspedes de él, como igualmente muchos otros, a la manera, por ejemplo, de D. Mariano Baquero Goyanes o D. Emilio Alarcos. Maestros todos de un Alma Mater que, por la justa memoria de la institución y aun del propio país, es acreedora al recuerdo agradecido de unas generaciones quizá más propensas a la crítica que al reconocimiento.
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