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El problema del canon del periodismo

David Felipe Arranz
domingo 11 de marzo de 2012, 21:08h
Las modas son pasajeras, dice el adagio popular, siempre simplista y de arquitectura eminentemente preconcebida. ¿Quién crea los valores y las tendencias en un mundo tan cambiante? ¿Qué garantía de permanencia posee un texto –en sentido semiótico– en la era de las TIC? ¿Cómo se elabora la agenda mediática?

El periodista e intelectual neoyorquino Walter Lippmann le dijo en una ocasión a un joven reportero que se afanaba en perfeccionar una pieza aquella célebre frase que ha pasado a los anales de la teoría de la comunicación: “No olvides, muchacho, que tus exclusivas de hoy servirán para envolver el pescado mañana”. Después, el periodismo se convirtió en una de las profesiones más etéreas y efímeras: prácticamente en un ejercicio de melancolía. Si alguien, un día, en algún lugar recóndito de la cada vez más escasa España rural, es capaz de matar un pollino de un guantazo, un jefe de redacción decidirá o no transformar ese hecho noticioso en portada o apenas una noticia breve a una columna. Un texto nuevo es aceptado y hace que los receptores retiren el favor a los que ya considera antiguos.

Pero… ¿quién decide la creación de valores y la circulación de ideas, más allá de la generalista teoría del gatekeeping? ¿Qué intereses manejan los grupos de poder y con qué objeto diseminan los textos, informativos y de ocio, políticos y culturales, en la sociedad global? Una sociedad pendiente del miedo al ostracismo y de la moda es el campo de cultivo idóneo del estereotipo, la degeneración en la era industrial del arquetipo mítico. Lippmann, que fue un filósofo agudo y pionero de los estudios de recepción que emparentó magistralmente la pulpa de papel y la tinta con los peces siguiendo la tradición anglosajona del fish & chips, escribió que el líder de opinión que se haga con los símbolos imperantes de la sensibilidad pública en un momento determinado de una sociedad, manejará a su antojo esa opinión, su horizonte de expectativas y su dinámica de cambio textual.

Los maestros de la manipulación y directores de gabinetes institucionales y políticos y de las grandes corporaciones conocen qué cuerda tienen que pulsar para modificar sutilmente (o no) el inconsciente colectivo. Pocos receptores se atreven a levantar las alfombras de ese complejo proceso que funciona con una máquina de precisión: eso supondría asumir una responsabilidad personal que poca gente es capaz de afrontar. La basura informativa, la intoxicación… conlleva un análisis duro de las condiciones de la emergencia de textos informativos que nadie discute, pero que oculta cada vez más cadáveres: alianzas obscenas entre la empresa y el Poder, manipulación de procesos democráticos, los periodistas de pesebre que cobran dinero negro de partidos políticos para lanzar mensajes supuestamente imparciales, el peligroso mariposeo de las falsas informaciones que terminan por convertirse en una cruda realidad contagiando a las “sanas”…

La podre informativa, el comercio propagandístico e interesado de las noticias, no es un fenómeno nuevo, sino que extiende desde hace décadas su perniciosa marea sobre el sistema de medios: “las malas noticias se venden mejor porque las buenas no son nunca noticia”, dice el periodista sensacionalista de El gran carnaval (Ace in the Hole, 1951), Chuck Tatum, que deniega su ayuda a un accidentado y entorpece su rescate para obtener una mayor difusión del periódico durante varios días.. y así conseguir medrar en el escalafón de la redacción. Billy Wilder, antes reportero en Berlín que cineasta en Hollywood, sabía de lo que hablaba. Como en aquel relato de Martínez Menchén de Veinticinco instantáneas y cinco escenas infantiles, “Y esto es lo que vengo a denunciar, señor cabo: que nos han robado el colchón. Tiene que haber sido una partida de gitanos que siempre anda rondando por allí, pero asegurar no puedo asegurarlo. El colchón no creo que pueda recuperarlo, y bien que lo siento porque era un colchón de matrimonio nuevecito. Pero lo que sí quiero es que quede constancia de que dentro iba el cadáver de mi suegro”.

El verdadero periodismo descubre los cadáveres en el envoltorio del colchón de las noticias intoxicadas que producen muchos colegas, indignos representantes del newsmaking que ni siquiera han recibido la más mínima formación académica en una disciplina tan necesaria para una sociedad que funcione democráticamente. Algunos predicadores de la postelevisión telecinquera y berlusconiana, showmen y presentadores que han prostituido una de las profesiones más hermosas que existen y que no pillaron la ironía de Lippmann, han querido hacernos creer que el canon del periodismo consiste simplemente en una cuestión de elección… entre pollo o pescado. Que el patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, que escribía hojas clandestinas y las colaba por debajo de las puertas de los poderosos de noche, los confunda.
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