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TRIBUNA

Bienvenida la Huelga General

lunes 12 de marzo de 2012, 08:56h
Lo de Fernández Toxo lo llevo mejor, porque aunque es clavado al gélido funcionario que en la frontera de uno de los paraísos del socialismo real retuvo mi pasaporte durante horas, al final entendí que el recuperarlo era sólo cuestión de dólares. Los de su coima y mi ruina de estudiante mochilero. Pero Méndez, don Cándido (humoradas de la onomástica), despierta todos mis terrores infantiles, porque es el vivo retrato del ogro que aparecía en un cuento ilustrado cuyo recuerdo se aloja en los más profundos estratos de mi memoria. Me hago cargo de que esta confidencia autobiográfica no tiene valor alguno y puede parecer improcedente. Pero si el fogoso sindicalista reaviva los miedos de mi infancia es porque siempre que le oigo hablar es para intimidarme y amenazarme, a mi y cualquier otro que no se preste a hacer lo que a él le parece oportuno. Y eso eleva lo trivial de la anécdota personal a la categoría de cosas serias de interés común.

Con la apariencia cansina y rutinaria de los directivos perpetuos de la comisión municipal que informan sobre el mismo programa de fiestas de siempre, Méndez y Toxo acaban de comunicar que han decidido hacerle a este país otro roto en forma de huelga general. Con ese entusiasmo por el lenguaje litúrgico que últimamente cunde han dicho además que es “justo y necesario”, probablemente queriendo dar a entender que es legítimo e inexcusable. Inexcusable tal vez para su razón de ser como correa de transmisión y tropa falcaria de la izquierda, y para preservar el modo de vida con cargo al dinero de otros que ellos y sus innumerables motineros llevan. Legal puede que lo sea, en ese limbo legal en que el ejercicio del derecho a la huelga se halla desde su reconocimiento constitucional por falta de oportunidad, es decir de arrestos para hacer frente a las reacciones sindicales, para reglamentarlo. Pero legítimo de ninguna manera. No ya por esa nula legitimidad moral que tantos señalan en quienes han sido parte complaciente en la cadena de despropósitos que durante los pasados años tanto ha contribuido a que nuestra mala situación económica y social haya llegado a ser pésima y tan enérgicos se ponen ahora con el gobierno que tratando de mitigar algo el desastre quiere rozar levemente algunos de los privilegios y sinecuras sindicales. Sino porque por mucho y muy alto que se diga lo contrario, no está nada claro que lo de la huelga general, como concepto, sea democrático. No lo es en su ejercicio, cuando la experiencia deja claro que la unanimidad que del paro se predica se impone, o se pretende imponer, por la intimidación y si llega el caso por la agresión pandillera. Y la suspensión de la actividad ordinaria se procura por sabotajes y daños a propiedades privadas y públicas, de forma que se vulneran por la fuerza la libertad individual y el derecho a la salvaguarda del patrimonio privado o común, cosas que la democracia se compromete a garantizar.

Pero es la idea misma de huelga general lo que resulta inconciliable con el principio de la ordenación democrática, es decir con la gestión del interés general y la resolución de los conflictos de acuerdo con el principio de la mayoría que se modifica o revalida periódicamente mediante un mecanismo de elección de representantes con garantías de limpieza. La idea de la huelga general cobró carta de naturaleza allá a mediados del siglo XIX, en los días de la primera Internacional, como un mecanismo para el alarde de fuerzas por los partidos obreros y como instrumento para la revolución social, el primer paso para la toma del poder por las fuerzas proletarias. Los sindicalistas revolucionarios franceses de finales de aquel siglo, con Tortelier y Pelloutier a la cabeza, la teorizaron como recurso frente a los sectores políticos obreristas que propugnaban y practicaban la lucha electoral y creían en la acción parlamentaria y reformista. La huelga general estaba, precisamente, para anular o al menos desafiar la legitimidad de los gobiernos de base parlamentaria, para oponer a la fuerza ordenada del sufragio y las mayorías la fuerza de las minorías extremistas, las que creen en la superioridad moral de sus razones por ser suyas. Como hoy.

Pese a lo que traerá consigo en pérdidas materiales, trastorno para muchos y vulneración del derecho de los más a trabajar, desplazarse o hacer lo que les pete dentro del respeto a la ley, hay razones para celebrar esta huelga. Hasta tal punto, sin precedente, se palpa el hartazgo de la gente con los privilegios de los sindicatos predominantes, hasta tal punto han llevado su oportunismo, que su prestigio sólo puede mermarse más y la desafección hacia ellos ampliarse. Lo saben y eso les hará ser más agresivos y extremistas, pero hay razones para pensar que su declive es ya irreversible y a no mucho tardar los desacuerdos laborales puedan resolver sin su intromisión y la vida pública verse libre de sectas a las que nadie ha votado y mediatizan abusivamente la vida política.
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