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Un año tras el terremoto de Tohoku

lunes 12 de marzo de 2012, 21:39h
Se acaba de cumplir un año del 3.11. Es una de las formas como se conoce al terremoto que tuvo lugar en la región de Tohoku, en Japón, hace ahora un año. El terremoto tuvo lugar a las 14:46 del 11 de marzo de 2011. Se le asignó una magnitud de 8.0 que luego se fue revisando hasta llegar a 9.0. Se sintió de forma violenta en Tokio, 373 km al sudoeste. Incluso en Sendai, la ciudad más cercana al epicentro, las victimas iniciales no fueron muchas. Pero el tsunami que siguió arrasó toda la región. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. La subida de unos 3 metros del fondo marino produjo una marea de unos 8 metros de altura. Suficiente para llevarse por encima edificios, coches, barcos, seres humanos. Seguramente las imágenes de los coches por las carreteras tratando de huir para caer en las fauces de la marea de espuma y escombros son los mayores testimonios de la impotencia humana grabados en movimiento. El terror, la impotencia, la compasión alcanzan las cotas más altas en aquellas anónimas y borrosas imágenes. El terremoto cambió el eje de la tierra entre diez y veinticinco centímetros. Alteró la duración de los días. Desplazó Japón 2 metros y medio. En algunos lugares, como Ofunato, la altura de las olas alcanzó los 30 metros. El terremoto dejó detrás unas 20.000 víctimas fatales (si sumamos muertos y desaparecidos). Meses después, cuerpos sin vida seguían llegando a las costas. En Japón los muertos son incinerados según el rito budista, y las plantas no daban abasto. Muchos cuerpos se enterraron en fosas comunes con la promesa de que en el futuro serán cremados. El terremoto colapsó el país emocional y econonómicamente.

Para colmo, al terremoto y al tsunami se unió la crisis de la central nuclear de Fukushima. El agua del mar inundó los sistemas de refrigeración de la central que dejaron de funcionar, lo que provocó el sobrecalentamiento de los núcleos. Japón luchó durante casi dos meses por controlar ese sobrecalentamiento. Hubo fugas radiactivas de gases y aguas, y la compañía y el gobierno gestionaron la información con retraso y opacidad. La compañía, TEPCO, pidió voluntarios para luchar de forma directa en la central. Se presentaron varios cientosa sabiendas de a qué exponían sus vidas. Varias decenas llevaron a cabo las labores. Durante un año, se ha detectado radiactividad en agua y algunos alimentos. Todavía no se ha dado una solución definitiva al problema de las centrales.

Estos días pasados se han sucedido en todo el mundo los minutos de silencio por las víctimas del terremoto. Los minutos de silencio son las flores de la impotencia. En Tokio, se llevó a cabo un acto en memoria de las víctimas al que asistieron el emperador Akihito y el primer ministro YoshihikoNoda. En la prefectura de Iwate, una de las castigadas por el terremoto, muchas familias se reunieron a rezar a las 14:46 del 11 de marzo pasado junto al “pino milagroso”, un pino que sobrevivió al tsunami. En Japón, los pinos simbolizan la eterna renovación. El jueves pasado, la Fundación Japón celebró en Madrid un acto en conmemoración de las víctimas del terremoto. Se pasó una película documental, 3.11, formada por veintiún cortos dirigidos por 21 directores internacionales bajo la coordinación de la directora japonesa Naomi Kawase. Entre ellos estaba Víctor Erice, de quien se leyó unas palabras. En ellas, ponía de manifiesto el hecho de que Japón ha sufrido dos tremendos desastres nucleares: la bomba de Hiroshima y los efectos del tsunami de Fukushima. En muchos países europeos y algunas ciudades norteamericanas, el 11 de marzo también hubo protestas contra el uso de la energía nuclear.

Lanzaco, en su libro “Los valores en la cultura clásica japonesa”, define el “mono-no-aware” como “el profundo sentimiento de empatía con la belleza perecedera de las cosas”. “Mono-no-aware” es la conciencia de las cosas, de su paso, de su tránsito, de su fluir, de su terminar. Los minutos de silencio que han florecido este 11 de marzo han estado llenos de ese sentimiento, han sido pequeños vasos de “lacrimae rerum”, de llanto por las cosas. Ante el dolor desmesurado, ni siquiera la empatía vale. Tan solo el sentimiento silencioso de que todos pasamos como astillas de madera arrastradas por las olas.

El viajero que se acerque a Japón estas fechas, comprobará que los japoneses siguen como siempre, risueños ante la adversidad, trabajadores ante la rutina, hedonistas ante las copas de sake, las jarras de cerveza y los pinchos de yakitori. Verá que la actividad económica brilla como los luminosos de Ginza, y que la vida no cesa de fluir por las tiendas de lujo y restaurantes. Si se atreve a acercarse a Tohoku, comprobará que la región se va limpiando y reconstruyendo a un ritmo asombroso para la magnitud de la tragedia. Que algunos mayores resisten en la zona de exclusión, seguros de que sus vidas no se van a acortar mucho. Pero por debajo de ese bullir de vida, de ese “niko-niko”, de esa sonrisa perpetua y abierta a lo imprevisto, de esa cordial resignación, hay un mayor “mono-no-aware”, una conciencia del pasar de las cosas más profunda, más fina, un terremoto de magnitud 9.0 más intensa.

Hay un poeta japonés, Ryokan, que vivió de 1758 a 1831 y que escribió algunos “haiku” memorables. Ryokan era un “loco sagrado”, un poeta zen que perseguía el humor y el sinsentido, otra forma de cultivo del “mono-no-aware”. Se cuenta que una vez un ladrón entró en su cabaña y se llevó todo lo que tenía, pero se dejó el cojín que Ryokan tenía para sentarse en el suelo. El poeta salió corriendo detrás del ladrón para darle el cojín que se había olvidado. Luego escribió el siguiente poema: “El ladrón vino a mi casa/ pero se dejó/ la luna en la ventana.” El ladrón se llevó todo, pero no pudo llevarse la luna. Así se mueven los japoneses un año después del terremoto: sonrientes, resignados, silenciosos y con algo dentro que el terremoto no ha podido quitarles: un rayo de luna.
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