RESEÑA
Manuel Vilas: Los inmortales
domingo 25 de marzo de 2012, 14:32h
Manuel Vilas: Los inmortales. Alfaguara. Madrid, 2012. 224 págs. 18,50 €
La palabra “Antiguamente” es un término que se utiliza para designar un tiempo que no existe, sino que ha sido construido a posteriori y que posee algún tipo de perfección, normalmente ejemplar. Decimos, por ejemplo, que “antiguamente” escribir era otra cosa, que antiguamente se escribía como Flaubert, por ejemplo, como si nos olvidásemos de que que hubo un tiempo, paralelo cronológicamente a esa antigüedad, pero mucho más imperfecto, en el que Flaubert no reinaba en el siglo XIX, sino que compartía territorio con mediocridades realistas que, muy pronto, aspirarían a convertir la narración es una especie de geometría de lo sentimental, con las catastróficas consecuencias que eso acarreó para la literatura de los siglos XX y XXI.
La historia -que es un tipo de narración que no puede ser del todo funcional cuando aspira a un acabado demasiado preciso- nos dice que antiguamente los carnavales eran la fiesta de la subversión. Quizás esos carnavales no existieron nunca, al menos de la manera en la que los describen los historiadores de la cultura pero, si hubo un carnaval, no debía de ser algo demasiado distinto de lo que hace Manuel Vilas. Igual que Magia España o Aire nuestro, (trabajos anteriores del autor) Los inmortales es un libro que se lee deprisa, incluso muy deprisa. Es una obra desenfrenada, arrebatada. Es una lectura casi lisérgica en el que uno se cruza a la carrera con personajes disparatados, de esos que hoy se llaman pop y también posmodernos y que ya hace años que se vienen llamando kitsch y que toda la vida se han llamado absurdos, grotescos, estrambóticos o chocarreros. Personajes que apuñalan árboles o se ven mezclados en una orgía de gordas vampiras -que no vampiras gordas– y de los que, poco a poco, vamos destilando paralelismos, conductas paralelas y un poso de humanismo que, sorprendentemente, puede llegar a ser hasta sentimental, aunque, desde luego, nunca, ni mucho menos, sensiblero.
La vida es una tragedia si se contempla de cerca, pero una comedia si se contempla desde cierta distancia y en un plano mas general. Esto es lo que Chaplin, que del asunto sabía algo, opinaba sobre la comedia. Si el humor es distancia, entonces Manuel Vilas tiene razón al escribir una comedia de inmortales -no puede haber distancia mucho mayor que la que separa a dos seres a ambos lados de la muerte– y eso explica una frase extraída de uno de los últimos capítulos del libro, cuando Ponti (Juan Pablo II) ha recibido de su novia Mother T (la madre Teresa) un coche fantástico con una fabulosa función llamada Santo Grial que funciona, básicamente, como un aleph borgesiano: “Ponti ve el pensamiento de Dios, que era esencialmente un pensamiento que adoraba la comedia y aborrecía la inexactitud de la tragedia, ve que el Universo es una broma infinita”.
Por Miguel Carreira