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Andalucía rechaza el cambio

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 26 de marzo de 2012, 21:12h
Parecía que en Andalucía iba a apostar decididamente por el cambio. Así lo aseguraban una gran parte de los analistas y de los medios –salvo los de reconocida militancia socialista- y así lo ratificaban los sondeos que le daban al PP bien la mayoría absoluta o bien, en el peor de los casos, le dejaban al borde de la misma. Pero nada de eso ha sucedido. Han sido muchos más los andaluces que han apostado por la continuidad de las magras “seguridades” que les ofrece la izquierda social-comunista, que por los hipotéticos riesgos que podría implicar la oferta de reformas del centro-derecha. Y por eso la victoria del PP, siendo indiscutible, no tiene efectos políticos porque ganar sin poder gobernar no deja de ser una decepcionante situación. Ya le pasó a Fraga cuando se quedó en Galicia a un escaño de la mayoría absoluta: El PP había ganado limpiamente pero se veía relegado a la oposición, porque su adversario, el PSOE, siempre está dispuesto al pacto con quien sea, desde el Revilla de turno, al más radical izquierdismo o al nacionalismo más a la mano, cualquiera que sea su grado de soberanismo, como ahora se llama el separatismo.

Aquí han perdido validez muchos de los axiomas que parecían consustanciales con el sistema. Como aquel que aseguraba que el PP nunca podría alcanzar la mayoría absoluta o como ese otro según el cual un alto grado de abstención favorecía siempre al centro-derecha. Pero sigue teniendo plena vigencia ese otro axioma según el cual el PP, para gobernar, no solo tiene que ganar sino que tiene que obtener la mayoría absoluta. La única excepción a esta ley de hierro es el caso de Extremadura, en la medida en que se mantenga. Quizás en Asturias veamos un PP en el gobierno, a la sombra del Foro de Cascos, que no deja de ser una escisión del gran partido nacional. Por cierto que los altos niveles de abstención en las dos regiones, tan distintas, que han registrado en las elecciones el pasado domingo obligan a una reflexión profunda. Aquí no vale aquello que decían algunos en Estados Unidos en tiempos pasados cuando los niveles de participación difícilmente llegaban a la mitad del electorado: “Las cosas van tan bien que la gente no se molesta en ir a votar. Además las diferencias entre los contendientes son tan pequeñas que da igual que gane uno u otro”. Tras ocho años de catastrófica política socialista, con Andalucía como caso puntero, ni las cosas van bien ni es lo mismo el PP que el PSOE.
Solo los ciegos –y no todos- dejarían de ver esta evidencia. Pero se ve que en Andalucía hay muchos adictos a mantener sus pequeñas ventajas, que les permiten ir tirando, aunque se hunda España, Europa o el mundo. Quizás porque no se han parado a pensar que, en cualquier momento, hasta esa política de subvenciones se puede acabar del todo y para siempre.

La corrupción en España no había alcanzado nunca los niveles de escándalo a que ha llegado en Andalucía, pero una buen parte de los andaluces no tiene ningún reparo en renovar su confianza en quienes se han corrompido o han permitido que otros a sus órdenes se hayan corrompido impunemente. El rasgamiento de vestiduras es siempre universal pero si los corruptos son “de los nuestros”, de esos que nos mantienen las subvenciones y los enchufes, entonces todo es perdonable. Pelillos a la mar. Y es que en Andalucía está funcionando a pleno rendimiento el régimen clientelar establecido por el PSOE hace treinta años largos y que no es más que la versión actualizada de aquella vieja lacra de la oligarquía y el caciquismo que denunciaba hace más de cien años Joaquín Costa. De nada sirve que se les diga a los andaluces que se les va a mantener el PER, porque solo el PSOE tiene derechos de autor para todas las políticas de despilfarro público y mantenimiento del voto cautivo. No se fían de nadie más porque, quién sabe, lo mismo termina la siesta y me veo en la intemperie del esfuerzo personal. Y esa perspectiva a muchos les estremece.

Hay quien estima que la reforma laboral aprobada por el Gobierno ha influido en estos resultados tan decepcionantes. Puede que haya sido así, aunque resulta difícil sopesar las motivaciones de los electores. De lo que no cabe duda es de que la reforma laboral –absolutamente necesaria para salir del hoyo en que nos han dejado los socialistas- ha sido objeto de una virulenta campaña de oposición llevada a cabo a tambor batiente no solo por los sindicatos, cuyos abusivos privilegios se ven afectados sino por una extensa red mediática. Aparte de los bien conocidos medios que defienden siempre las posiciones socialistas, en esta ocasión se ha denunciado muy especialmente el papel jugado por TVE y por Canal Sur, los dos medios más influyentes en el electorado andaluz, según todas las referencias, y que han echado el resto en contra del PP y de la reforma laboral. Una muestra irrebatible de lo disfuncionales que son las televisiones públicas en una democracia que lo quiera ser de veras.

El caso de Asturias es bien distinto pero pone de relieve cómo los conflictos internos de los partidos –como el que ha afectado al PP asturiano- pueden tener soluciones más o menos complicadas pero, desde luego, la peor de todas es la escisión. En una democracia madura, configurada por grandes partidos, los personalismos pueden tener un vuelo más o menos corto, pero están irremisiblemente abocados al fracaso. Pero antes de que se estrellen hacen un daño que a menudo resulta irreparable, al menos durante un prolongado periodo de tiempo. Y entretanto le dan gratuitamente al adversario unas bazas con las que ni siquiera había soñado.

España hizo el 20 de noviembre una decidida apuesta por el cambio, en la línea que exige, además, nuestra condición de miembros de la UE y de la moneda común. No hay otro camino más que el que ha empezado a recorrer el Gobierno. Andalucía rechaza el cambio y se convierte en un lastre en ese esfuerzo que comparten todos los españoles de buena fe. Es malo para la empresa común, para todos, pero muy especialmente será malo para los propios andaluces.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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