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crítica de cine

La fría luz del día: Bruce Willis espía en Madrid

sábado 07 de abril de 2012, 11:25h
Bruce Willis y Sigourney Weaver encabezan un reparto en el que el verdadero protagonista es el joven actor británico Henry Cavill, a quien acompañan dos actores españoles: Verónica Echegui y Oscar Jaenada. Todos ellos interpretan a unos personajes que, por obra y gracia de un guión incomprensiblemente desacertado, más que aparentar estar al borde de un sinfín de situaciones peligrosas que amenazan la vida de todos ellos, parecen elefantes perdidos en medio de una cacharrería. Ni siquiera los dos grandes nombres consagrados en Hollywood logran salvarse del increíble desastre aunque, por supuesto, sus breves roles acaben por ser lo mejor de un filme tan desaprovechado. Bruce Willis interpreta en el filme a un severo padre de familia que vive junto a su mujer en España, su último destino como agregado cultural de la embajada norteamericana. Con motivo de unas vacaciones en la costa reúne a sus dos hijos y a la novia del más pequeño para pasar una semana a bordo de un velero. No llegan ni a pasar un día: cuando Will Shaw, el hijo mayor, a quien da vida Henry Cavill, regresa al barco después de hacer unas compras su familia ha desaparecido.

Este es el momento en el que empieza la acción y, por desgracia, también la incesable cadena de despropósitos; y no sólo por la aburrida ristra de lugares comunes que el joven director francés ha decidido incluir para retratar a nuestro país, sino por la impensable falta de calidad y de congruencia en un guión cuyas frases llegan a producir risa en los momentos supuestamente más intensos. En todo caso, el protagonista, después de comprobar que la policía española, además de no hacerle caso porque interrumpe su partida de cartas, resulta que es corrupta y que pretende apresarle en vez de ayudarle, llega desde la costa a la capital para averiguar dónde se encuentra su familia y rescatarla. Típico argumento de hombre “normal” que se ve, de repente, metido en una trama de espías y asesinos y que funcionaría como han funcionado antes muchas otras cintas con este mismo tema central si los guionistas Scott Wiper y John Pedro no hubieran sucumbido a escenas delirantes. En ellas, el espectador a veces no tiene ni idea de lo que está ocurriendo a causa de la confusión del planteamiento, aunque al final tampoco importe demasiado porque todo resulta en extremo predecible.

Las persecuciones de corte hollywoodiense tampoco consiguen ayudar a la cinta. Y no sólo en relación a aquellos que conocen un poco Madrid y se quedan alucinados cuando el protagonista llega corriendo desde la Plaza Mayor al parque de El Retiro en pocos segundos o sale de la estación de metro de Sol que es, en realidad, la estación de Atocha. Las licencias de imagen e imaginación están permitidas y son parte del séptimo arte.

Además, es de suponer que al público en general no le causarán la mala impresión que producen a los que transitamos por estos lugares cada día. Se trata, en definitiva, de una falta de credibilidad muy difícil de entender e impensable para una cinta en la que han decidido intervenir dos grandes de Hollywood, cuyos nombres sólo sirven para atraer a un público que no se merece perder una hora y media en un thriller tan mediocre.
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