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CRÍTICA

Nicanor Parra: Obras completas & algo †

domingo 08 de abril de 2012, 21:48h
Nicanor Parra: Obras completas & algo †. Edición supervisada por el autor; asesorada y establecida por Niall Binns; al cuidado de Ignacio Echevarría. Prefacio de Harold Blomm. Prólogo de Federico Schopf. Galaxia Gutenberg-Círculo de lectores. Barcelona, 2011. 2 volúmenes. 1.224 y 1.170 páginas. 55 y 58 €
A la luz del reciente Premio Cervantes concedido a Nicanor Parra en diciembre de 2011 se publican las Obras completas II & algo † (1975-2006) y se ponen de nuevo en circulación las Obras completas I & algo † (1935-1972), editadas en 2006. El adjetivo “completas” del título casa mal con la noción rompedora de antipoesía manejada por el autor chileno cuyo tanteo y ejercicio comenzará a finales de los años 40, aunque fue, con Poemas y antipoemas en 1954, cuando adquirió carta de naturaleza. Forzado por tal concepto, abandonó en el camino su primer poemario, Cancionero sin nombre, excluido de las reuniones de obra realizadas por el propio autor, quien lo veía ajeno a su trayectoria. Aquí, sin embargo, con consentimiento del poeta, queda recogido y nos permite observar la “prehistoria” del chileno. Es nota predominante de estas Obras completas el carácter abarcador, a pesar de la terca querencia de Nicanor Parra de saltarse cualquier convención, incluida la libresca. En el deseo de ser fiel a su pie de letra reúnen no solo “todos los libros con entidad independiente publicados por Parra a lo largo de su vida”, sino también los textos recogidos en Artefacto, de 1972, así como una buen representación de las tarjetas postales de Chistes par(r)a desorientar a la policía poesía, por poner unos pocos ejemplos de la meritoria labor de los editores. Por tanto, se agrupa al fin parte muy considerable de la obra dispersa de Parra, sin ánimo de exhaustividad, pero sí lo suficientemente relevante para mostrar el itinerario poético de tan peculiar y transgresora escritura.

Las Obras completas quedan escindidas en dos gruesos libros separados por la infausta fecha de 1973, aquel golpe militar que derrocó a Salvador Allende y que vertebra también la vida cultural de Chile. Cada volumen se divide a su vez en tres secciones. La primera reúne la obra canónica recogida en libros; en la segunda y con elocuente título, Los trapos al sol, tenemos una representativa selección de lo condenado por el autor al margen de su trayectoria “oficial”, donde yace, por ejemplo, el Cancionero antes citado. Mención aparte merece la última sección que, como complemento, se ofrece. Con un criterio dudoso se agolpan anejos que van desde la traducción de El problema de la causalidad, último capítulo del libro Fundamentos de Física moderna, de R. Bruce Lindsay y Henry Margenau, a la edición que preparó el poeta chileno de Poesía rusa contemporánea (1964-1972) así como la traducción de Lear, Rey & Mendigo. Podríamos discutir la inclusión de tales materiales que, en cualquier caso, complementan la visión del poliédrico autor.

Durante los años de posguerra y apagado el fuego de las vanguardias, en aquella época convulsa de constantes revueltas sociales y precursora de la guerra fría, se gestó la contracultura, amenaza constante para las élites dominantes. De forma consecuente y especular, la aparición de nuevos y radicales movimientos artísticos provocó la ruptura con el legado cultural entronizado. Buenos ejemplos son el teatro del absurdo de Ionesco y Beckett o el nouveau roman que practicara Robbe-Grillet. Ambos venían a suplantar los métodos tradicionales de composición proponiendo una alternativa más drástica por definitiva. Se cuestionaba entonces el significado, la falta de secuencia, de sentido... En tal ambiente surge la antipoesía, deseosa de romper también con cierto modo establecido de escribir poesía y mostrando a las claras las incongruencias del individuo moderno en el cierre del sintomático poema “Soliloquio del individuo”: “Pero no: la vida no tiene sentido”. Muy atrás quedaba el primer poemario de Nicanor Parra inspirado solo en parte en el Romancero gitano de Lorca, donde estilizaba las canciones tradicionales chilenas pero, además, se colaba de rondón una neblina del caos que dejaba entrever el conflicto permanente de un mundo violento y sangriento. Los laureados Poemas y antipoemas plantean el rechazo frontal ante cualquier tradición poética establecida. El antipoeta quedó configurado como el opuesto del creacionismo de su coterráneo Vicente Huidobro, al ser ahora “un hombre como todos” y con el deseo claro de restaurar la poesía al pueblo. Sin embargo, al intentar escapar de cualquier tradición, en cierto modo, se instaura subrepticiamente otra, aun epigonal y no canónica, pero bien asentada, cuyo antecedente más remoto sería la poesía goliardesca y, más al fondo aún, el burlesco Cátulo.

Tras los antipoemas, el poeta disimulará con ropajes de folclore chileno la continua e intensa experimentación poética de La cueca larga, de 1957, que le conducirá a Versos de salón, donde la falta de sentido y cierre de todos los poemas dejan al lector petrificado en el vacío, sin asidero alguno. Ejemplo paradigmático es el poema “Montaña rusa”. Tras Obra gruesa, los años setenta representan años de logros como el estupendo poema largo Los profesores, de 1971, y los Emergency poems. Convertidos ya en moda los antipoemas, Parra busca nuevas fórmulas, bien halladas en sus famosos Artefactos. Estas tarjetas postales representan la atomización del antipoema, lógica deriva de quien fue, además de poeta, profesor de Física en aquellos años de fiebre atómica. En la línea de la poesía visual de Joan Brossa, los poemas parrianos se tornan visuales, al modo del caligrama que hiciera famoso Apollinaire, aunque fuese insinuador prematuro ya Mallarmé, génesis de cualquier juego tipográfico. La progresión cabal de estos artefactos conduce sin remedio a los famosos murales de Nicanor Parra. Con los estupendos Sermones y prédicas del Cristo de Elqui presta su voz a un alter ego con el cual elude la censura de Pinochet. Todavía cercanos en el tiempo quedan los Discursos de sobremesa, donde plantea la contradicción de la institucionalización del autor a través de premios, homenajes, y normalización de la obra al fin y al cabo. Cabe preguntarse con qué Discurso responderá al intento de cosificación que plantea el Premio Cervantes.

Inserto en la contradicción de ser, nos llega del pasado y se encamina al futuro este clásico que trasciende géneros y atraviesa iracundo el tiempo. Al conjugar opuestos gracias al método dialéctico de la antipoesía, refleja su propia contradicción, incluso al límite de ir contra sí mismo. Habitual para quien es considerado clásico y a la vez moderno, poeta de culto para algunos y heterodoxo para otros. El autor chileno responde con distanciamiento mordaz: “No soy tan Parranoico”, pues el humor cáustico desarrollado por la violenta conciencia de Parra aprieta su escritura “persuasivamente irreverente”, según prologa el anglófilo Harold Bloom, quien lo estima “poeta esencial”.

Allá en su casa de Las Cruces y a orillas del implacable océano Pacífico un anciano mordaz, modelador del lenguaje, desmitifica cualquier “establecimiento”, de lo poético a lo económico, de lo ideológico a lo popular. Tan leído como Pablo Neruda y tan rompedor como Vicente Huidobro resulta este provocador tercer pilar sobre el que se asienta la poesía chilena e hispana. Gracias a estas Obras completas -que felizmente nunca lo serán- podemos desmenuzar la riqueza y necesidad de su palabra. Toda poesía iberoamericana posterior debe confrontar el legado de Parra. Trasfronteras, cada libro nuevo suyo provoca discusiones entre profesionales, apasionados debates entre lectores de a pie. Instaurar una tradición y demandar un inmediato posicionamiento frente a la obra, es privilegio de unos pocos escogidos creadores. Amplísimas se antojan las dimensiones de este “meteorito oscuro”, al decir de Roberto Bolaño, que chocó con fuerza en el planeta lírico. Con Nicanor Parra “Los poetas bajaron del Olimpo” para quedarse mucho tiempo entre nosotros.


Por Francisco Estévez
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