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Un viaje en avión

lunes 09 de abril de 2012, 20:52h
Viajar en avión es de lo más apasionante. Todo empieza por llegar al aeropuerto tras un agradable viaje en un vehículo llamado taxi –cuya tapicería se confeccionó en la época de Atapuerca- guiado por un conductor que, después de darte abundante conversación sobre lo mal que están las cosas, te sopla treinta eurazos del alerón.

Una vez alcanzado el destino aeroportuario, te topas con los mostradores de facturación en los que aproximadamente sólo suele haber -formando una cola en zigzag, lo que te plantea la dificultad añadida de adivinar dónde colocarte- unas trescientas personas que caminan como animalitos camino del degolladero a subir en una báscula una (o varias) maletas con el terror de ser advertidos de que has de pagar que pagar una tasa por el sobrepeso y, eso sí, volver a hacer cola. O como alternativa, empezar a sacar todo tipo de ropajes arrugados y zapatos que no se pondría ni el tal Jimmy Choo. Algunos de los presuntos pasajeros, por cierto, concurren a semejante acto, que las agencias llaman de check-in, previo emplastecimiento de sus maletas en una máquina mareante, tras ser advertidos del serio peligro de que les sean abiertas las maletas en el proceso de handling. Bueno, también las maletas pueden no llegar a su destino, lo que explica las caritas de horror en las cintas (también llamadas belt) de retirada de equipajes. A medida que se vacían, el horror va derivando en terror porque la premonición puede cumplirse y dejarte no sólo sin la muda sino sin el bañador de color caribeño y el cepillo de dientes.

Pero el paso más sobresaliente es el del arco de detección de productos metálicos superando una nueva cola, esta vez de unos mil, en forma de serpiente pitón. Al llegar a la zona de seguridad integral se somete a los incautos viajeros al previo acto de ridicularización consistente en quitarse el cinturón (con algún peligro), los zapatos (con la sorpresa sobre algunas estaturas), la chaqueta y demás productos de abrigo, el reloj, la bisutería de mano y cuello, el móvil, el monedero, los líquidos y cremas, el ordenador, etc… A veces ni siquiera basta. Por cierto todos esos productos deben acomodarse en una bandeja tamaño 2 x 2 que requiere de las dos manos para su manejo, con lo que debes agarrar con la boca cualquier bolsita complementaria. Esa bandeja debe ser depositada en una cámara obscura de rayos x tras la que está situado un propio que vela porque no se cuele el cortaúñas, la crema hidratante o las tijeritas de la barbye. Las personas han de pasar, con los pies helados, envueltos en plástico si acaso, por un arco plagado de luces que se encienden a la mínima y que dan lugar a que manos enguantadas de uniformados –que han superado algún curso de formación on line- empiecen a abrirte los brazos y a darte severos sobetones en búsqueda de esa bomba de mano, de ese revólver o de esa daga toledana que casi todo el mundo suele llevar en cualquier viaje.

Las actuaciones anteriores pueden llevar una hora y media con suerte contando con la recomposición de la figura poniéndote los zapatos a la pata coja o el cinturón al revés. Y ello, claro siempre y cuando se tenga suerte y no se te haya ocurrido llevar una botella de vino del país o una colonia que supere las de muestra pues puedes ganarte el calabozo. Ya estás dentro, albiricias! Y ahora a buscar la puerta en unos paneles parpadeantes ante los que el público en general se sitúa durante no menos de diez minutos con cara de incredulidad pues la puerta indicada en el mostrador de facturación no se suele corresponder con la del luminoso. Y vienen las dudas, y las preguntas o las carreras…

Continuará.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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