Crónica económica
Argentina y España, el escorpión y la rana
viernes 13 de abril de 2012, 19:28h
Un anuncio de Aerolíneas Argentinas, de hace ya unos años, llevaba como titular: “Una compañía seria de un país serio”. Al parecer, no eran conscientes del efecto demoledor que producía en cualquier lector informado.
Argentina ha dado el penúltimo paso para quedarse con el control de YPF. Recordemos que esta empresa se ha convertido en el apellido de Repsol desde que la adquirió la empresa española. Era entonces una compañía importante, pero muy lejos de ser la primera empresa de energía de Iberoamérica, que es ahora. La empresa que ha obrado esa transformación es Repsol. Una compañía que es reconocida internacionalmente por la eficacia de su proceso de producción. Y que se ha convertido en una de las grandes petroleras del mundo, procediendo de un país que apenas tiene petróleo.
Pero Argentina es un país muy exigente. La gestión de Repsol no ha sido suficientemente buena. Y no cumple con unos compromisos de inversión que, presuntamente, habrían sido adquiridos por la empresa española. Como el nivel de exigencia es tan elevado, produce vértigo mirar hacia abajo. De modo que busca cotas aún más altas, exigiendo nuevos niveles de inversión en su país.
Pero mientras, el gobierno de Argentina ha ido utilizando métodos que vuelven a estar de moda, con la celebración del 40 aniversario de la película El Padrino. Región por región, le han ido quitando las licencias de explotación a la empresa YPF. Sin licencia, no hay producción ni negocio. Mientras, el gobierno de Cristina Fernández y su entorno político iban enseñando poco a poco su estrategia que, en realidad, era conocida desde hacía muchos meses. El objetivo era declarar los yacimientos de YPF de interés general, que es la fórmula jurídica habitual para el exprópiese bolivariano.
El cleptoparasitismo es el medio de vida de la clase política argentina. Tiene como aliado un discurso populista que está fuertemente enraizado en aquélla sociedad. Ya ha dado momentos que merecían esculpirse en mármol, para el eterno recuerdo de generaciones futuras de inversores, como precisamente Aerolíneas Argentinas. Este caso, el de Repsol-YPF, demuestra hasta qué punto invertir en Argentina se ha merecido convertirse en una atracción más de Eurovegas: un juego de enorme riesgo, válido sólo para los bolsillos más despreocupados.
Cristina Fernández ya dio la medida de sus dotes políticas cuando decidió quedarse, por decreto, con los ahorros de toda una vida de aquéllos argentinos que habían optado por el sistema privado de pensiones, importado a medias desde Chile. Lo que antes era de los ahorradores argentinos ahora pertenece al Estado. Continuamos para bingo.
Ya conocen la fábula. El fuego avanza por el bosque y sólo queda huir por el río, pero el escorpión no sabe nadar. Le pide a la rana que le lleve a la otra orilla, pero ésta se niega porque el escorpión le inyectará su veneno, y la matará. El escorpión le hace ver que si hace eso él también se hundirá, que no está en su interés, por lo que puede confiar en él. La rana acepta. Y a mitad de camino ocurre lo inevitable. Cuando la rana ve que se le escapan las fuerzas por el aguijonazo en su espalda, aún conserva las suficientes para preguntarle a su polizón “¿por qué lo has hecho”. “Es mi naturaleza”, es lo único que acierta a responder. Hoy, el arácnido tiene acento argentino.
Porque el robo perjudica a la víctima, de eso no cabe duda. Pero en este contexto, en el que todo el mundo conoce la cara del ladrón, y dónde vive, Argentina puede verse también perjudicada. No Cristina Fernández de Kirchner, que es la mitad de la pareja que más ha multiplicado su patrimonio en menos tiempo de la historia del continente americano. Pero sí los ciudadanos argentinos. Porque los inversores acabarán por convencerse de que aquél país no tiene remedio. Que sus trabajadores, laboriosos, instruidos, emprendedores, que asombran a quienes les conocen, sus condiciones naturales, generosas como sólo América puede darlas, no son suficientes para sobreponerse a una mentalidad peronista y a una clase política que se ha tomado su papel no se sabe si de forma irresponsable o demasiado en serio. La sequía de capitales, que sería la forma en que aparecería la justicia bíblica en el mundo de hoy, haría a los argentinos menos productivos, quién lo diría, y más pobres. La riqueza no es una acumulación de bienes, sino una disposición moral.