En busca de Leonardo
sábado 14 de abril de 2012, 20:33h
La obra de arte, de ser tal, se emancipa de su autor. Vuela sola. Se explica por si misma. No requiere de intermediarios, aunque éste pueda ser, ni más ni menos, que su mismísimo hacedor. Nacida, adquiere, como el nasciturus separado del claustro materno, personalidad propia. Se hace sujeto, y no meramente objeto, e independiente de todo y de todos. Lo más, nos apunta, en ciertas ocasiones, el camino seguido, la manera de actuar, las idas y venidas de su creador. Pero siendo lo afirmado cierto, no lo es menos que hay artistas que desbordan la norma. Hay excepciones que confirman la propia regla, por muy áurea que ésta sea. Que no se ajustan al canon. Que finalizada la obra, siguen reclamando impenitentemente nuestra atención. En ellos el interés por la persona rebasa, en mucho, el mejor de sus trabajos y el más conseguido de sus logros. Y si esto es así, Leonardo Da Vinci es, desde los dorados años del Cincuecento, el paradigma del hombre que nos atrae aún más que sus formidables obras. Leonardo, siempre Leonardo.
Estos días leyendo una excelente biografía de Leo Castelli, el afamado galerista norteamericano agente cultural y económico del expresionismo abstracto, El galerista Leo Castelli y su círculo, de Annie Cohen Solal, llamaba mi atención una cita de Marcel Duchamp, cierta para casi todos los mortales, pero que no se puede aplicar al autor de la Gioconda. Decía el gran transgresor de los readymades, de quién se acaban de publicar aquí hace unos días sus Escritos más relevantes, que “no ponemos suficiente énfasis en que la obra de arte es independiente del artista. La obra de arte vive por si misma, y el artista que casualmente la ejecuta es como un medium sin responsabilidad alguna. Ningún artista puede decir en un momento debido: Soy un genio”. Voy a pintar una obra maestra.” Una argumentación que no casa con el hijo natural de un notario de la Florencia del siglo XV. Y que no sería, sin duda, del gusto de Leonardo. ¡Claro que el artista, apuntaría el autor de La Virgen de las Rocas, es mucho más que un artesano e intermediario; es su único y genial creador! Y menos aún, podría compartir, que él no fuera un genio, ni que no pintara obras maestras. Ahí estaba su paso por la historia y sus formidables lienzos y tablas. Aunque que si la máxima genialidad de Duchamp, afirmaría Leonardo, consistía en ponerle bigotes a su Monna Lisa, y pintorojear en su base la infamante expresión de L.H.O.O.Q., que más se podía esperar de semejante personaje de la modernidad.
Y si parece que desvanece el interés por su obra, pero no menos por su persona, aquí está la historia para echar una mano, y volver a situarlo en el centro del huracán. Ahora se descubre una versión de la Gioconda en el Museo del Prado. La National Geography publica el presente mes de marzo un artículo titulado, precisamente, La batalla perdida de Leonardo”, que indaga sobre la posibilidad de que La Batalla de Anghiari pueda ocultarse tras el lienzo de La batalla de Marciano de Giorgio Vasari en el Salón de los Quinientos del Palacio Vecchio en Florencia. Y, para que nada falte, un retrato a tiza y tinta, de la joven Bianza Sforza, que aparecía hace unos quince años en una subasta en Christiés en Nueva York sin despertar expectación alguna, podría ser del autor italiano.
De nuevo, lo dicho: Leonardo, siempre Leonardo. Así las cosas, si siguen interesados no sólo en su obra, sino en el personaje, tienen la oportunidad de leer una excelente biografía recién aparecida, de Charles Nicholl, con el sugestivo nombre de Leonardo. El viajero de la mente. Un título que, desde luego, le habría gustado también a Duchamp, reconocido jugador de ajedrez. Y seguramente también al biografiado: el eterno Leonardo.
|
Catedrático de Derecho Constitucional
|
|