El bosque desanimado
sábado 14 de abril de 2012, 22:31h
Hasta hace poco, los enamorados, para demostrar su voluntad de permanecer unidos de por vida a la persona amada, solían grabar sus nombres en tres lugares distintos: la corteza de los árboles, los monumentos y su propia piel. Probablemente confiaban en que cada una de estas cosas duraría tanto como un sentimiento que creían eterno. La defensa del patrimonio, los incendios y los progresos del arte del tatuaje, quizás también el aumento de divorcios, han vuelto anacrónicas esas prácticas. Aunque ahora haya más pintadas y tatuajes que nunca, cada vez son menos las debidas a Eros. Cuando yo era joven –una época en la que excepto Popeye el marino y los legionarios de Melilla nadie se servía de su pellejo como pergamino-, inscribirse el nombre de la pareja era casi como cortarse las venas: una prueba de amor incontestable. En la actualidad, hay que ser un insensato para hacerlo. A poco que uno tenga el corazón caliente se arriesga a convertirse en un palimpsesto. El amor se ha vuelto muy incierto y evoluciona con más rapidez que las técnicas consagradas a eliminar sus huellas. Esta es la razón, por cierto, de que se vean en la playa tantos bañistas que tienen la espalda o los brazos como una pizarra de colegio cuando falta el borrador y se recurre al pañuelo.
De las tres opciones mencionadas la inscripción arbórea fue siempre la más civilizada y romántica. Por desgracia, cada vez se ven menos corazones traspasados por una flecha en los bosques. La causa no es sólo la crisis del romanticismo, sino también la de los bosques, pasto frecuente de la barbarie. El último ha sido las fragas del Eume, un parque maravilloso que ayer ocupaba las portadas de los periódicos y hoy duerme en un triste silencio de cenizas. Pasado el momento de la noticia, el hecho se olvida y la atención vuela a otro asunto. Siempre hay algo más importante que unas hectáreas calcinadas por culpa del descuido o la perversidad. Si no fuera porque alguno se soliviantaría, citaría ahora una frase de Jünger que pone en conexión incendios y ateísmo. Los dioses del bosque en los que pensaba el escritor alemán no son, sin embargo, los mismos que enojan a Richard Dawkins y su parroquia, pero son dioses y ya nadie los toma en serio. Entiéndanme, no digo que para salvar los bosques debamos volver a alguna suerte de animismo. Más que una idolatría, propongo una forma de respeto, ciertamente poco meritoria porque dependemos de ellos para respirar. Se trata no más que de querer que haya trozos de tierra donde el hombre, grandísimo depredador, no meta sus manos. Mientras los animales tengan un sitio a donde ir para evitarnos, también lo tendremos nosotros.
Destruir deliberadamente un bosque exige poseer un espíritu sin perspectiva, ser más que un bárbaro o un enfermo. Se me vienen a la memoria las atrocidades de los mogoles en la época de los sucesores de Gengis Khan. Ciudades prosperas, rodeadas de jardines arrebatados al desierto gracias a costosas obras de ingeniería, se cubrieron de polvo para siempre por culpa de aquellos salvajes. Sus nombres aún resuenan en los libros: Samarcanda, Bamiyan, Organdi. Pero el salvajismo no ha decaído con la civilización. Hace algunos años, cuando el frenesí de la construcción, nuestros incorruptibles políticos se desvivían por convertir cualquier arboleda en una zona verde. El sueño de la recalificación volvió a más de uno loco. Si por ellos hubiera sido España sería hoy una pradera verde concienzudamente sulfatada en beneficio del swing. Por uno de esos azares que tiene el destino, todo aquello coincidió con un rebrote de la piromanía, enfermedad que alcanzó rango de epidemia. Detrás de ella, el sempiterno negocio. Después se maquillaban las cifras recurriendo a la estadística y la repoblación (ejemplares centenarios por otros de quita y pon) y todos felices. A pesar de los incendios, las autoridades siempre dicen que la superficie vegetal del país sigue intacta. La impresionante devastación que sobrecoge al viajero que contempla desde el cielo la península, tierra de la que dijo Estrabón que estaba tan llena de árboles que una ardilla podía cruzarla de parte a parte sin poner pie en el suelo, es, ya se lo pueden figurar, propaganda de la oposición, sea cual sea.
Montaigne escribió que la ventaja de vivir en una época depravada es que uno se ve estimado como virtuoso a poca costa. La nuestra ha conocido manifestaciones tan horrorosas de malignidad que ciertos desmanes se miran como si no fueran nada. La extinción de la vida vegetal y animal sigue siendo algo secundario pese a que se produce hoy en el planeta a una velocidad de pánico. A este ritmo, el hombre no va a tener nada que envidiar a los meteoritos que impactaron contra la Tierra y echaron a perder a los dinosaurios. Un observador imparcial diría que pertenecemos al género de las calamidades. Sólo siendo muy ingenuo puede creerse, sin embargo, en un cambio. El hombre es como es. Yo, de todas formas, sugiero empezar por el refranero: no son los árboles los que no nos dejan ver el bosque, sino los árboles calcinados.