Desde ultramar
Centenario del inhundible Titanic
lunes 16 de abril de 2012, 08:37h
Este mes de abril de 2012 se cumple un siglo de haber naufragado el mitificado transatlántico RMS Titanic, que sumergido, es imposible extraerlo. Cien años han transcurrido desde aquella atroz tragedia marítima de la madrugada del 15 de abril de 1912, que superó a todas las sucedidas antes. Alardeando su poderío, aquel vistoso buque –dibujando una silueta con cuatro chimeneas, una de ellas falsa– no alcanzó su meta en el viaje inaugural. No apabulló a los ciplópeos rascacielos de Nueva York que jamás lo vieron aparecer en su horizonte, por tragárselo el mar helado frente a las costas canadienses. Perecieron 1523 pasajeros y yo, como quienes nacimos en el siglo XX, crecí curioseando y sabiendo de aquel gigante más como si se tratara de una leyenda; de un pecio cuajado de tesoros indescriptibles. Decíase que fue un navío enorme y lujoso que zozobró sin trozarse. Nunca volvió a saberse de él, desconociéndose su paradero y alimentándose así el imaginario colectivo. Nadie regresó a recuperarlo. El inhundible yacía en algún punto del fondo marino, sin más.
Así, Hollywood filmó en 1958 una peli quizá superior a la de Cameron (“La última noche del Titanic”) en que contó la historia de la nave ida a pique entera (yo diría casi intacta) y reparando en muchos detalles sobre aquel catastrófico suceso. Desconocían otros importantes pormenores que después arrojó el prodigioso ‘Argo’, el increíble buscador robótico que lo encontró en el abismo y que lo alumbró desde la lobreguez submarina para el asombro del mundo entero, que se quedó pasmado, boquiabierto y enmudecido ante lo que se sigue considerando como un cementerio a honrar. Corría el año 1985.
Aún recuerdo la plana mayor de un extinto diario mexicano del 2 de septiembre, avisando de la extraordinaria noticia de su descubrimiento un día antes, matando de paso a la leyenda. Bien que recuerdo la estupefacción, el estupor, la incredulidad, pero también la alegría y el extraño alivio que nos embargó a muchos aquella mañana, al conocer la develación de sus restos partidos, compuestos de herrumbrosas estructuras muy deterioradas; el hallazgo todavía fue ilustrado con viñetas antiguas que mostraban su cuerpo integro deslizándose a las profundidades del negro océano gélido, en medio de aquella noche estrellada y que describieron sus sobrevivientes, que tan bien recordaban la gritería de desesperación del resto y la angustia e incapacidad de no poderles ayudar. Era como una ovación beisbolera, dijo una de ellas.
Siempre me ha resultado angustiante y atrayente aquel dramático episodio. Posiblemente obedezca a que reúne todas las terroríficas y funestas condiciones para hacerlo demoledor y acaso, solo le han faltado los tiburones esperando a sus presas. No me lo tome a mal. Pero si leemos y releemos la basta crónica de este espantoso lance, siempre nos queda una sensación de impotencia y nos parecen tan evidentes las muchas soluciones a cada una de las calamidades que acompañaron al paquebote insignia de la White Star y por ende, lo injusto de que ocurrieran. Y es que el siniestro merecía conocerse al detalle y la tecnología nos lo permitió. Comprobamos que el Titanic nació y murió envuelto en la mentira, un anticipo nefasto, un mal fario de su muerte negligente. Cien años después debemos de admitirlo: es una historia terrible.
No obstante que es inconcebible los pocos testimonios fotográficos de aquel barco descomunal con los que contamos, Titanic reúne en sí una concepción de toda una época y del poco valor de la vida concedido por el gran capital. La empresa naviera resultó de lo más petimetre al pagar a precio de primera una construcción de quinta, que facilitó la rasgadura mortal de la embarcación y que precipitó su apresurado hundimiento, sin equipo salvavidas suficiente. La huída y salvación del vicepresidente de la compañía y su idea de acelerar la velocidad en aguas peligrosas, para aumentar prestigio y ventas o el abandono de los pasajeros, dan cuenta del negocio ante todo, sin importar la vida de nadie. Después, esa soberbia del ardid publicitario por llamarlo inhundible. A veces imagino el dedo de Dios posicionado en su proa oprimiéndolo, para demostrar cuán errados estaban, advirtiendo que no se le nombrara en vano.
Tanta incuria nos evoca tres cosas más: esa injusta, humillante y chocante clasificación de las personas (primera, tercera clase) y el crédito a la tecnología desmedida, que supuestamente nos hacía mejores. Adelanto premonitorio de que la confianza ciega en ella carecía de sustento real. Se le suma la esperanza truncada de migrantes que veían en América su salida y bienestar más anheladas y que encontraron por sepultura temprana a sus sueños, el inmenso y oscuro ponto. En resumen, el Titanic fue un reto al hombre y a Dios.
Titanic es una muestra triste que merece rememorarse. Transportó 10 españoles pero solo a un mexicano, el diputado Manuel R. Uruchurtu, que lo abordó por azares del destino “como DiCaprio”, cambiando su billete a un amigo para aprontar su llegada a México. Cedió su sitio a una estadounidense que hizo llegar una carta a su viuda meses después, en pleno golpe de estado huertista en febrero de 1913. Otro mexicano pasajero del rescatista ‘Frankfurt’, Gustavo Aguirre Benavides, testimonió la escena dantesca por la mañana, contando lo que más le impresionó: ver a un sujeto elegantemente ataviado con smoking, sentado en un témpano de hielo con un balazo en la sien, que prefirió suicidarse ante que morir congelado. Guardó una carta náutica que sí precisaba el punto exacto del naufragio. Pudo ahorrarnos 73 años de espera.
Por último, la cinta de 1997 rodada en Rosarito, Baja California, México, me agrada solo por su capacidad de reproducir a cabalidad aquel transatlántico. No me gusta su trama, que se pierde en arrumacos y corretizas innecesarias. Pierde mucho del quid del acontecimiento, no obstante que recordaré a nuestros amables lectores en ambos hemisferios, que es un filme que ha de verse en la gran pantalla para apreciar su grandiosidad escénica. No sabe igual verlo en casa por muy pantalla de plasma o de alta definición con que se cuente. ¡Qué no! que no es lo mismo. Me quedo con el tema que magistralmente interpretó la Dion, que es un ribete formidable para aminorar la aciaga sensación de pies mojados que nos deja este azaroso relato. La verdad es que no le recuerdo otro éxito musical a esta cantante, pero tanto monta.
El Titanic desapareció hace una centuria. Es un nombre mítico que involucró a infinitud de nacionalidades y que marcó indefectiblemente la memoria náutica del siglo XX. Al llegar al centenario de tan horrísono acaecimiento, guardemos un minuto de silencio por sus víctimas y reflexionemos en qué haríamos hoy en un caso similar, pues nunca hemos dejado de ser vulnerables a los caprichos de la fatalidad ¿no les parece? Titanic al menos nos dejó el S.O.S., hoy de obligada atención para quién lo reciba. Y es que hasta en eso fue precaria la voz de la embarcación en desgracia, al carecerse de un código de salvamento convencional. ¡Cuánta desventura acompañó su travesía y su inmersión para siempre!