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tribuna

Llorar por Argentina

miércoles 18 de abril de 2012, 08:40h
Se consumó la cacicada de la presidenta argentina, Cristina Fernández, segunda de esta peculiar dinastía kirchneriana, que parece decidida a seguir los pasos de sus homólogos de Corea del Norte. Porque nos hallamos ante un patente desafuero, digno, no tanto de una república bananera como de una dictadura soviética. Los optimistas decían que –tras las serias advertencias del Gobierno de España, de la UE y de los Estados Unidos- la presidenta Fernández no iba a tener más remedio que negociar con Repsol y, por una vez, someterse a las exigencias del Derecho internacional. Pero han tenido razón los pesimistas que afirmaban que acabaría saliéndose con la suya, esto es que quedándose con lo que no es suyo, sino de Repsol y del resto de los accionistas. Se basaban en que, dada la caótica situación de la economía argentina, agotadas las arcas del Estado, las posibilidades de obtener crédito y con una inflación del 30 %, la sultana del Río de la Plata se tenía que agarrar a lo ajeno para intentar conservar lo que considera propio, esto es el poder, todo el poder, que ha revalidado el pasado mes de octubre arrolladoramente.

Una curiosa elección, sin duda, que le hace a uno desconfiar de ese curioso aserto, que algunos siguen reiterando, muy convencidos, según el cual los pueblos no se equivocan nunca. Estaba yo en Ezeiza, de paso, la mañana de aquel domingo electoral y era notable comprobar cómo todos los periódicos de Buenos Aires, cuando todavía no se habían abierto los colegios electorales, daban por descontada la barrida kichneriana. ¡Qué razón tenía Robert Michels cuando hablaba de “la objetiva inmadurez de las masas!”. Ciertamente, la oposición estaba muy dividida y no había acertado a presentar un candidato a la altura del reto que se iba a dilucidar, pero las perspectivas producían una inevitable melancolía y conducían a la conclusión de que, no siempre, pero sí muy a menudo, los pueblos son los primeros responsables de las desgracias que caen sobre ellos. Los españoles sabemos algo de eso, después del ominoso septenato que empezó en 2004. Los argentinos, desde mucho antes.

Si los planes de la presidenta Fernández se llevan, a cabo, se tratará de un intolerable agravio, con una clara dimensión delictiva, contra Repsol y los demás accionistas que, sin duda, acudirán a los tribunales. Y por supuesto contra España. Pero, sobre todo, será un golpe, quizás definitivo, contra la noble nación argentina que no acaba de salir de la vía muerta en que la metió el peronismo hace ya más de medio siglo. En los años veinte del pasado siglo, Argentina era uno de los países más prometedores del mundo y, desde luego, de Iberoamérica, ya que contaba con los recursos y la voluntad para ser un modelo de prosperidad y éxito económico y cultural. Pero como si fuera una nefanda peste, el peronismo parece haber acabado con el sistema inmunológico del país. Hasta Raúl Alfonsín, que era líder de la oposición al peronismo, la Unión Cívica Radical y fue presidente entre 1983 y 1989 afirmaba en ese primer año: “Yo creo en la libertad política, pero la libertad de mercado en economía es el zorro libre con las gallinas libres”. ¿Cómo va a prosperar un país con estas ideas?

Y es que en Argentina el peronismo parece que lo contamina todo. Recuerdo una película argentina, titulada significativamente “No habrá más penas ni olvido” que relata los enfrentamientos políticos en una lejana provincia de aquel país y cuya última secuencia no podía ser más ilustrativa. Las dos facciones que se disputaban el poder se tiroteaban mutuamente desde sendas barricadas. “Viva Perón!”, gritaban desde una de aquellas barricadas, “¡Viva Perón!”, les contestaban desde la otra. Y así ha ido la pobre Argentina, dando tumbos de un peronismo a otro, incapaz de consolidar, medianamente, un auténtico sistema democrático para el que, por tantas razones, está perfectamente dotada. Desde que llegó al poder el fallecido Néstor Kirchner, se practica allí una de las peores y más corruptas variantes del peronismo, ahora, además, con patentes incrustaciones montoneras, que sólo puede deparar desgracias para aquel país. Mientras Chile, Colombia, México (pese al grave problema del narcotráfico) e incluso Brasil –el gigante de la zona- son el espejo que muestra que se pueden hacer bien las cosas, Cristina Fernández parece sentirse más a gusto con Chávez y sus consocios del grupo ALBA que quieren imponer un imposible “socialismo del siglo XXI”, con los resultados que están a la vista: Más corrupción en beneficio de unos pocos y más miseria para el pueblo.

Por desgracia, sigue teniendo vigencia un libro publicado en 1996, Manual del perfecto idiota latinoamericano, cuyos autores son Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Explican estos autores cómo se ha conformado esa peculiar elite intelectual latinoamericana, que parece salida de las profundidades de los años sesenta del siglo pasado –por no decir del XIX- que, como literalmente escriben no ha superado “la vulgata marxista de sus tiempos universitarios”, aderezada, eso sí, con todas clase de ingredientes, “una extraña mezcla de tesis tercermundistas, brotes de nacionalismo y demagogia populista” porque, añaden, “el pensamiento político de nuestro perfecto idiota se parece a esos opulentos pucheros tropicales, donde se encuentra lo que se quiera, desde garbanzos y rodajas de plátano frito hasta plumas de loro”.

Estos tres autores hacen un interesante recorrido por lo que han sido, hasta el momento de publicar el libro, las principales figuras del pensamiento y la práctica política de esta peculiar escuela iberoamericana. Tendrán que hacer una nueva edición para ocuparse de Cristina Fernández. Es casi estremecedor constatar que en sesenta o setenta años no han cambiado nada. Juan Domingo Perón, por ejemplo, decía en 1952: “El tema del cálculo económico no nos interesa; nosotros proclamamos los derechos sociales de la jubilación del ama de casa; las cuestiones actuariales que las arreglen los que vengan dentro de cincuenta años”. Habrá que reconocer que Cristina Fernández sigue al pie de la letra el pensamiento del “padre fundador”. La única –e importante- diferencia es que ya han pasado los cincuenta años a que aludía Perón y a la actual presidenta “las cuestiones actuariales” la han cogido de lleno y no sabe cómo torearlas. Pero de la igual y tira por la calle de en medio, como acaba de hacer con YPF. Del mismo Perón es otra perla, datada en 1955: “Para los amigos, todo. A los enemigos, ni justicia”. Unas ideas que, posiblemente, les suenen a algunos porque no son exclusivas de aquel hemisferio.

Pero Cristina Fernández no se va a salir cómodamente del embrollo en que se tan voluntaria como tontamente se ha metido. Porque ni volviendo a esgrimir el contencioso de las Malvinas (aquel problema “distinto y distante” que dijo Leopoldo Calvo Sotelo) ni dando mordiscos a Repsol, va a poder remediar el caos político, social y económico en que se debate Argentina. Lo que está claro es que ella está decidida a seguir y hasta ya parece tener designado al sucesor. De la familia, por supuesto.
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