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Argentina y la palabra dada

José Eugenio Soriano García
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josesorianoelimparciales/11/11/23
miércoles 18 de abril de 2012, 21:36h
Hay pueblos condenados a fracasar perennemente, aunque sus poetas y escritores sean los mejores del mundo, aunque tengan clases profesionales que sobresalen por encima de muchos otros pueblos, aunque sus riquezas sean inmensas. Porque fracasan en su Derecho. Sus Instituciones no son tales, sino el hazmerreir, y la clase política domina a un pueblo indefenso en consecuencia, liquidando cuanto de bueno puedan tener sus profesionales y artistas, sus poetas y escritores, sus buenos recursos. Todo queda al albur de la Política, y la sociedad carece casi por completo de protagonismo, salvo el que se le reconozca, precisamente, desde fuera, desde el exterior.

Cuando Adam Smith escribió su monumental Tratado sobre economía, inaugurando así esa “lúgubre ciencia” lo que se planteaba era la eterna pregunta, la gran cuestión, de porqué unos países y civilizaciones van hacia adelante y otros caen en un pozo del que no se levantan. Luego esta pregunta ha estado y sigue estando en el corazón, en el centro de todo pensamiento que reflexione sobre cómo mejorar la condición humana, la cual, siempre ha estado dividida, quizás necesariamente, por fronteras que determinan una concreta cultura.

El fallo grande de Argentina, con mucha diferencia sobre cualquier otra explicación, se encuentra en su grave incultura política y en su incapacidad como sujeto de derecho internacional público para generar una clase política fiable.

Argentina no fracasa internacionalmente por falta de preparación de sus clases profesionales ni mucho menos por carecer de recursos. Fracasa y volverá a hacerlo, por falta de Instituciones, porque ha generado una cultura política tramposa donde, mucho más exacerbado que en otros sitios, el político de turno es un parásito ocioso que vive de no hacer nada. Nada bien ni nada bueno, se entiende. Y, además, está falto por completo de usos y tradiciones políticas que establezcan índices éticos y valores y virtudes exigibles. Nada hay en la política Argentina que merezca la pena ni que haga que sea un país confiable. Nada se sostiene. Así por ejemplo, la actual populista en el Gobierno, ni reúne su gabinete, esto es, no hay Consejo de Ministros. Hay, solamente, un Presidente y unos cuantos monaguillos o mariachis, a cada cual más truhán, pendientes solamente de atender a su propia panza y entregados al dictado de la Presidenta. A diferencia de Chile o de Brasil, el camino que recorren en Argentina es el de un populismo atrasado, en el que la única lección a aprender es que es un país maravilloso para ir a verlo, a disfrutar de su paisaje, de la elegancia y simpatía de sus clases urbanas y del frescor de su paisaje. Ir, mirar y volverse. Para eso están. No para quedarse. Porque te roban, te esquilman, y por ello hay que ir solamente de turista, con el dinero justo y saber que no es un país para trabajar ni para invertir. Es un país de ocio, y solamente de eso. Se puede admirar su literatura y de la agudeza e inteligencia teórica de muchos de sus cualificados personajes, pero en modo alguno puede usted quedarse ahí. Le engañarán. Viven del engaño. Porque no tienen Instituciones, solamente creen en la trampita del corto plazo, de cómo robarle la cartera o algo más al vecino.

Y si por alguna razón imperiosa tiene que invertir ahí, cuídese mucho de disponer, con toda dureza al principio, de técnicas de internacionalización de los posibles conflictos sobre la propiedad, porque seguro que tales conflictos aparecerán.
En fin, vayamos de paseo a Argentina, divirtámonos con su teatro, sus cafés, sus paisajes. Pero que ni se nos ocurra pensar que es un país para quedarse. En realidad, es que, falto de instituciones, ni siquiera es un auténtico país. Es, otra cosa, un patio de Monipodio excesivo y grandilocuente. Poco más.

José Eugenio Soriano García

Catedrático de Derecho Administrativo

JOSÉ EUGENIO SORIANO GARCÍA. Catedrático de Derecho Administrativo. Ex Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia. Autor de libros jurídicos.

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