Mario Vargas Llosa ha presentado “La civilización del espectáculo” este miércoles en el Instituto Cervantes de Madrid acompañado por el filósofo francés Gilles Lipovtsky. El escritor ha reflexionado sobre la banalización de la cultura y de que la cultura como mero entretenimiento conducirá a la sociedad contemporánea al conformismo y a la resignación
Junto al filósofo francés Gilles Lipovtsky, el escritor
Mario Vargas Llosa ha presentado este miércoles su ensayo
La civilización del espectáculo en el
Instituto Cervantes de Madrid. A través de una conexión en directo, EL IMPARCIAL se ha hecho eco de las reflexiones del premio Nobel, quien ha explicado que “la desaparición de la alta cultura ha significado el triunfo de una gran confusión”, ya que con ella “se han desplomado ciertos valores estéticos sobre los que no existe un canon o un orden de relación que habían sido establecidos”.
Eso hoy en día “prácticamente no existe”, ha dicho el novelista, quien ha matizado que pese a considerarse este aspecto como algo “extraordinario porque supone libertad”, no hay que olvidar que “también podemos ser víctimas de los peores embaucos”. Quizá el más dramático, ha dicho, es el caso de las artes plásticas, donde
“todo puede ser arte y nada lo es”. En el mundo del arte se han llegado a unos “extremos cómicos”, ha afirmado.
Si la cultura es puramente entretenimiento, no pasa nada. Pero si la cultura significa mucho más, entonces
“sí es preocupante”, ha argumentado Vargas Llosa, quien es de la opinión de que la cultura no sólo está para entretener “no sólo por el placer que produce leer una obra literaria o escuchar una hermosa sinfonía”, sino porque cree que “el tipo de
sensibilidad, imaginación, apetitos y deseos que la alta cultura y el gran arte producen en un individuo lo arman y lo equipan para vivir mucho mejor y para ser mucho más consciente de la problemática en la que está inmerso, así como para ser más lucido respecto a lo que anda bien y mal en el mundo en el que vive”.
Esa sensibilidad le permite
“defenderse mejor contra la adversidad y sufrir menos”, ha dicho el premio Nobel, quien ha explicado que habla desde su experiencia personal: “Haber podido leer a Joyce o a Góngora ha enriquecido mi vida enormemente. Me hizo entender mejor la política, las relaciones humanas, además de lo que es justo y lo que es injusto”.
Sobre el capitalismo, del que se ha mostrado defensor, Vargas Llosa ha recorado que “todos los grandes pensadores siempre dijeron que se trata de un mecanismo muy frío, que crea riqueza, pero también egoísmo”. Eso debe ser contrarrestado, según el novelista, “por una muy rica vida espiritual, que muchos pensaron que había que encontrarla en la religión y otros, en la cultura”. A su juicio, “contrarrestar el egoísmo, la soledad y la competencia exige una muy rica
vida cultural si no queremos llegar a algo a lo que la sociedad contemporánea está próxima: a un vacío espiritual”.
Vargas Llosa ha querido matizar que no tiene nada contra el espectáculo, a lo que ha añadido que, en caso de que la cultura se vuelva “sólo eso”, lo que va a prevalecer va a ser el
“conformismo y la resignación”. En la sociedad capitalista, “la pasividad significa el desplome de las instituciones democráticas porque es algo que va contra la participación del individuo en la vida política y cívica”, ha comentado. A este respecto, el autor de
Conversación en la catedral, ha afirmado que le preocupa la “desmovilización de los intelectuales frente a los temas cívicos, así como su desprecio a la vida política”.
Sobre el autoritarismo, Vargas Llosa ha afirmado que “todas las
sociedades autoritarias han establecido sistemas de censura por la desconfianza que les transmitía la cultura”. La Inquisición “se creó para impedir la libre emisión de las ideas y las creencias, y también para encasillar el pensamiento; algo que también han hecho el comunismo, el fascismo o el nazismo”.
“Si desaparece la vida cultural ha desaparecido la
libertad. Puede desaparecer por razón de un régimen autoritario brutal, pero también a través de la frivolidad y el esnobismo. Puede ir degradándose si creemos que para gente Joyce o Eliot son innecesarios. Ese tipo de pensamiento es muy peligroso”, ha reflexionado el escritor, quien ha ahondando una y otra vez en la idea de que “la alta cultura es inseparable de la libertad porque ha sido siempre crítica”.
“No se puede leer a Tolstoi o Flaubert sin convencerse de que
el mundo está mal hecho, es decir, de que el mundo real es mediocre en comparación con el mundo maravilloso creado por escritores y artistas como ellos”. Eso crea en nosotros “un sentimiento enorme de inconformidad”, según el novelista, para quien ahí reside “la fuente de la libertad y del progreso”.