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El duelo Sarkozy-Hollande

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 30 de abril de 2012, 21:18h
A solo cinco días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas todos los sondeos le dan a Hollande una ventaja entre seis y diez puntos sobre su rival, el presidente Sarkozy. Persisten, sin embargo, muchas incógnitas pues no está nada claro cómo se repartirán los votos de los electores del ultraderechista Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen y del centrista MoDeM de Bayrou. Durante las décadas doradas del gaullismo, en Francia funcionaba con una increíble precisión la bipolaridad. Tanto los votantes de la derecha (fundamentalmente, el partido gaullista, -que ha tenido diferentes nombres- y los centristas de UDF), como los de la izquierda (fundamentalmente socialistas y comunistas) formaban en las segundas vueltas dos bloques enfrentados y sin fisuras. Pero aquella bipolaridad ha volado por los aires y el panorama político se ha hecho mucho más complejo. Extrema derecha y centro son ahora dos entidades volátiles que no se sienten encajadas en las viejas categorías de derecha o izquierda, sino que las sobrevuelan, sin que se sepa muy bien dónde van a posarse.

El FN ha obtenido los mejores resultados de su historia (19 por ciento), que empezó en los años ochenta del pasado siglo gracias al “padrinazgo” de Mitterrand cuando, para restar fuerza electoral al centro-derecha, introdujo para las legislativas el sistema proporcional. Aquella “trastada”, que indignó incluso a algunos socialistas como Rocard, se aplicó sólo en unas elecciones, pero convenció a la extrema derecha de sus posibilidades. Y desde entonces hay que contar con su incómoda presencia en la escena política francesa, nutriéndose del rechazo a la inmigración, a las consecuencias de la globalización y a los compromisos europeos de Francia como miembro de la UE. Aunque debe quedar claro que –pese a su ubicación política en la extrema derecha- una buena parte de sus electores no son los sucesores políticos del régimen pro-nazi de Vichy, ya que proceden de los distritos donde ganaban tradicionalmente los comunistas. Se prevé que quizás la mitad de esos electores den su voto a Sarkozy en la segunda vuelta. Pero un tercio, volviendo a aquellas raíces, podría inclinarse por Hollande, según algunos sondeos. Y no se puede descartar, tampoco, que una parte de esos votantes opte ahora por la abstención.

Aún más complicado es adivinar a quién darán su voto los que en la primera vuelta se inclinaron por Bayrou. La incompatibilidad personal de éste con Sarkozy hace casi imposible que el líder centrista recomiende el voto al actual presidente. Por otra parte, Bayrou no es en absoluto un liberal, como se ha escrito por aquí. En Francia, donde lo tradicional es el estatismo, el proteccionismo y un indisimulable nacionalismo económico, los liberales no son una especie muy abundante, como muestran los fracasados intentos de Alain Madelin, uno de los pocos políticos franceses a los que se podría asignar con justicia la etiqueta liberal. En el partido de Bayrou hay bastantes excrecencias socialdemócratas y es muy probable que una buena parte de sus votantes opte por Hollande. Ciertamente, algunos conocidos centristas han anunciado ya que darán su apoyo a Sarkozy, pero no parecen ser los más genuinos representantes de ese extraño fenómeno político centrista que, por primera vez en medio siglo, no ha querido sumarse a la derecha, propiciando con esa conducta una muy probable derrota de Sarkozy. No hay que olvidar que Bayrou ha sido varias veces ministro, siempre con presidentes de centro-derecha. Su actual aventura personal, como todas las de este tipo, no parece que pueda tener mucho recorrido pues practica una estrategia sin demasiado sentido: como el famoso perro del hortelano no gobierna, porque con su escaso 10 por ciento es algo totalmente inimaginable, pero tampoco deja gobernar. A diferencia otros centros, como los liberales alemanes, carece de flexibilidad suficiente para inclinarse a un lado o a otro, convirtiéndose en un factor decisivo.

Leyendo la prensa francesa se percibe que los partidos ya está preparándose para las elecciones legislativas que tendrán lugar en junio. Entonces el juego político será más intenso pues, salvo en los distritos donde algún candidato obtenga mayoría absoluta, se pondrá en marcha el mecanismo de los desistimientos: los partidos intercambian apoyos y retiradas. Tradicionalmente, en virtud de la bipolaridad a que aludíamos al principio, en la segunda vuelta quedaban solo dos contendientes, uno por la derecha y otro por la izquierda. Ahora las cosas son más complicadas pues, en principio se puede presentar cualquier candidato que en la primera vuelta haya obtenido al menos el 12’5 por ciento de los votos. Normalmente quien obtiene la presidencia consigue también una mayoría en la Asamblea Nacional, pero no es imposible la hipótesis de la cohabitación: Un presidente con una mayoría parlamentaria de un color distinto al suyo. Sarkozy, por lo pronto, ya tiene que contar con un Senado dominado por la izquierda. Una derrota que se ha producido antes incluso de las elecciones, en virtud del peculiar sistema electoral que rige para el Senado francés, cuyos miembros no son elegidos directamente por los ciudadanos.

Sondeos aparte, lo peor para Sarkozy es que se ha cargado con la fama de que no ha hecho nada de lo que prometió. No hace mucho el fino analista que es Guy Sorman escribía que “es de temer que la campaña electoral sea una terapia demasiado breve para permitir a Sarkozy volver a ser Sarkozy, después de de que dejara de serlo durante sus cinco años de presidencia”. Es una manera de decir que Sarkozy ha decepcionado incluso a sus partidarios. Por eso lo tiene muy difícil el próximo 6 de mayo, pero no imposible, sobre todo porque Hollande solo suscita entusiasmos impostados. Muchos franceses piensan que un cambio como el que se les ofrece carece de especiales atractivos. Y puede funcionar aquello de “más vale lo malo conocido…”

Por otra parte, las elecciones del domingo próximo no son, tampoco, un asunto exclusivamente francés porque van afectar a toda la UE. Hollande insiste en que no va a aceptar el reciente tratado sobre el “pacto fiscal” si no se le añaden medidas para el crecimiento y la creación de empleo. Pero Merkel, por su parte, repite, que lo firmado, firmado está y no está dispuesta a ninguna renegociación. Sería un precedente poco serio. Al final, seguro que habrá alguna solución que evite la ruptura interna entre los dos socios europeos más importantes. En todo caso, no está la UE –ni ninguno de sus Estados miembros, incluido el nuestro- para discrepancias internas que pueden ahondar la crisis y retardar la recuperación. Sarkozy no hace más que avisar que con Hollande Francia pasará por el mismo calvario en que Zapatero ha metido a España. Que nos pongan como el mal ejemplo a evitar no deja de ser molesto. Pero lo peor es que tiene razón.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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