www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

entre adoquines

Sectas en tiempos de crisis

viernes 04 de mayo de 2012, 10:27h
Los tiempos de crisis, como el que atravesamos en la actualidad, han constituido desde siempre un escenario idóneo para el florecimiento de sectas y grupúsculos varios. Si el ser humano ya goza por naturaleza de un marcado carácter social, es lógico que, precisamente en épocas de complicaciones insospechadas, dicha característica se vea acentuada y lleve a un número más elevado de personas a buscar refugio y consuelo dentro de un grupo que les acoja y les haga sentir que tienen mayor valor juntos que caminando por la vida de forma individual. Hemos escuchado tanto hablar de sectas, que quien más y quien menos ya tiene en su disco duro un retrato bastante preciso de lo que puede suponer adherirse a una. O por lo menos, tiene claro que existen ciertos elementos que son comunes a todo este tipo de organizaciones, a pesar de que sus idearios, sus formas de vida o, simplemente, sus excusas puedan resultar diametralmente opuestas.

Uno de esos elementos es, sin duda, la pérdida de la individualidad. En principio, esto parece una obviedad: si alguien se une a un grupo compacto y cerrado que se rige por sus propias normas, es porque está dispuesto a abandonar su carácter personal para abrazar el colectivo. La razón puede ser la de que no haya encontrado en lo personal ese sosiego que, consciente o inconscientemente, todos anhelamos. Por el contrario, ha llegado al convencimiento de que las respuestas no residen en su interior más profundo, aquel lugar que, según cuenta una bonita leyenda, eligieron los sabios creadores del mundo para esconder los secretos del universo con el convencimiento de que los hombres jamás se atreverían a echar un vistazo allí dentro. Y como al final, en el juego de la vida, a una respuesta siempre sigue otra pregunta nueva, a algunos les puede parecer más cómodo y, desde luego, mucho menos doloroso, esperar a que sea otro el que responda que andar siempre liado haciéndose haraquiris mentales y, sobre todo, emocionales para encontrar las claves de nuestra existencia.

El posible error reside, por tanto, en la mismísima raíz del asunto, porque ¿quién dice que las especificaciones técnicas y las instrucciones de uso que los sabios introdujeron en el tejido de las almas y los cuerpos humanos sean las mismas para todos? ¿No está quien se une a una secta limitándose a dar por buenas las respuestas del líder como si las mismas valieran para todos por igual? Está claro que sí y, por ello, nunca puede adherirse a la misma y encontrar la paz quien no borra antes y de forma definitiva su número de bastidor y renuncia por completo a los extras añadidos durante su niñez y su adolescencia.

Por eso, los familiares de aquellos que ingresan en sectas más o menos secretas y, en todo caso, celosas de la privacidad que necesitan para jugar a ser un mundo aparte gobernado por un régimen absolutista, de lo primero que se quejan es de la falta de noticias de su ser querido, a veces durante largos años. Y lo segundo que les sorprende, y les duele profundamente, si por fin tienen la fortuna de dar con ellos y verles bajo estrecha vigilancia durante unos minutos, es que ese hermano, amigo, tío, padre o marido ya no se parezca en nada a la persona que un día conocieron. El soberano absoluto de la secta y su guardia de corps ya se han encargado de realizar un buen lavado de cerebro y lo han vuelto a guardar en el armario del cuerpo tan eficazmente almidonado que ya no queda ni una arruga por la que pueda colarse un pensamiento propio.

En definitiva, la persona que ahora no reconocemos se ha limitado a permitir que alguien piense por él y, en consecuencia, viva por él. La pregunta que desde fuera siempre nos hacemos es la de cómo esa persona llegó hasta allí, quién demonios se cruzó en su camino haciendo un proselitismo capaz de buscar una emoción escondida o un miedo agazapado para acertar de pleno en la diana de la confianza. Y a continuación, se preguntan si todavía existe la posibilidad de que un día esa persona descubra que está en ese mundo de mentira a cambio de gripar su propio motor interior para que no haya peligro de interferencias con el engranaje de un universo en el que quien piensa, sobra.

La película titulada “Martha Marcy May Marlene”, estrenada el pasado fin de semana en nuestro país y premiada en el Festival de Sundance durante su última edición, ha sabido retratar con una inteligencia que precisamente invita al espectador a pensar y a extraer sus conclusiones personales, la historia de una chica que pasa dos años en una pequeña secta reunida en torno a un líder, a quien, fuera de ese perverso mundo irreal, no seguiría ni una rata por mucho que la flauta se la hubiera prestado el de Hamelín. La esperanza que los espectadores perciben al principio del filme, cuando Martha escapa de la pesadilla, se torna muy pronto en incertidumbre al descubrir la incapacidad de la protagonista para recuperar su alma. Más tarde, el sentimiento es de desánimo, porque su libertad parece haber quedado rota para siempre. En todo caso, merece la pena ver la película para seguir apreciando el valor de la libertad de pensar, de sentir, de decidir. O de no hacerlo. Y aunque, a veces, el precio sea alto y cotice en dolor, desasosiego, incertidumbre y soledad, la individualidad es, seguramente, el camino menos escabroso para intentar encontrar alguna de las respuestas que siempre andamos buscando.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios