Curso de civismo para terroristas
sábado 05 de mayo de 2012, 21:20h
En España, no sé si en otros lugares, desde hace por lo menos un par de décadas, todo se soluciona con un cursillo. Yo creo que fue la Iglesia quien comenzó con esto. Las catequesis vinieron a sustituir lo que no hacía la familia. Luego la costumbre cundió hasta el punto de que cada vez que surge un problema alguien propone convertirlo en materia escolar. Hay gremios en los que la promoción o la mensualidad dependen incluso parcialmente de ellos. El docente, por ejemplo. Se trata de una de esas cosas asombrosas que tiene nuestro país: aquellos cuya misión es instruir a los demás se pasan el día recibiendo cursillos, como si alguien desconfiara de su propia instrucción.
La idea de que alguien pueda aprender en unas horas cualquier cosa que valga la pena, el cristianismo o los buenos modales, sólo se le puede ocurrir a un profesional de la pirotecnia, sacerdote o pedagogo, da igual. Hay que tener una idea demasiado frívola de lo que se intenta transmitir para confiar en esa posibilidad. Oscar Wilde, quien, según Borges, se pasó la vida intentando ser superficial sin conseguirlo, sostenía que si algo merece ser aprendido, no puede ser enseñado. Yo dudo de que sea así, pero estoy convencido, en cambio, de que nada esencial puede aprenderse de un día para otro. La proliferación de libritos que prometen convertirnos sin esfuerzo en catadores infalibles u horticultores autosuficientes –no digamos aquellos que franquean en veinte páginas las puertas de la metafísica o la fenomenología-, prueba la escasa estimación que se tiene en nuestra patria por el saber. Suponer que éste se adquiere como se leen las noticias del periódico es otra de esas creencias que confirman el derrotero banal por el que va la cultura, un fenómeno inquietante sobre el que acaba de escribir Vargas Llosa un libro que les recomiendo, La civilización del espectáculo.
La afición por los cursillos revela a mi juicio dos cosas: una, que lo importante no es la formación, sino el título, algo muy arraigado en un pueblo de hidalgos y cristianos viejos; otra, lo enraizada que sigue estando en la sociedad española la costumbre del paripé, hacer como que se cree en algo en lo que en realidad no se cree. Claro que también hay que referirse a un tercer factor: el uso que de estas cosas hacen las autoridades. A falta de unas galeras a las que enviar a los remisos, los cursillos tienen también una función intimidatoria. Si usted no hace lo que se espera lo mandaremos al cuarto de los pedagogos (Nietzsche los llamaba “tenebrosos”, por su afición a envenenar todo lo excelente emponzoñándolo con reproches sustentados en el mediocre denominador común). De todas maneras, se trata de un progreso. No es lo mismo la tortura que el aburrimiento. Pero como ocurre con muchos de los avances de los que tanto se presume: ser un avance no significa por fuerza ser nada bueno.
El cursillismo, considerado patológicamente, es un síndrome al que están expuestos en particular los espíritus progresistas. La razón hay que buscarla en su voluntad de enmendar la plana a la realidad, objeto habitual de sus reproches. Cuando el cursillo es organizado por este tipo de gente se llama “taller”. El más famoso de los últimos años ha sido el de masturbación organizado por la Junta extremeña en la anterior legislatura. Sus responsables pensaban que la masturbación debe ser enseñada. Una chuscada desopilante, de una gazmoñería que produce vergüenza ajena.
Los conservadores, si tiene sentido llamar así a gente que no está dejando títere con cabeza, prefieren hablar de cursos y cursillos, aunque con la boca pequeña, pues confían poco en ellos. El primero anunciado, pero de forma semioficial, es uno de civismo para terroristas. La idea da también mucha risa. Pretender debilitar la posición de esta gente con soflamas de tipo educación para la ciudadanía, como si las diferencias con los etarras fuera cuestión de principios y no de fuerza, es como querer matar un elefante a escupitajos. ¿Hasta cuando esa confianza bobalicona en el poder persuasivo de la razón? Recuerden lo que le dijo Diógenes a un molondro que lo seguía: “si pudiera convencerte de algo mediante razones, te convencería de que te ahorcaras”. Pero no hay que llegar a ese extremo. Hay opciones intermedias. Podría emplearse, por ejemplo, la táctica de La Naranja Mecánica, aunque en vez de Beethoven, las imágenes de carnicería terrorista se acompañarían con el sonido del chistu, la vuvuzela vasca. El único problema sería Amnistía Internacional. En cualquier caso, cuidado con los cursillos de civismo, pues entre civismo y cinismo media solo una letra, y gente que cree que la historia ha desvirtuado su paradisiaca realidad original y que hay que volver a ella aunque sea matando al ángel de la espada flamígera, apenas necesita pretextos para cambiarla.